El último verano. Prólogo

Tenía dieciséis años. El cabello rubio le caía hasta los hombros, y lo llevaba parcialmente recogido en una pulcra coleta. Su frente, amplia y despejada, daba paso a dos pequeños ojos de color azul celeste, tímidos y nerviosos, que miraban en todas direcciones buscando un punto de referencia. Su nombre era Mary Kerry, y era alumna de cuarto grado del colegio Gaylands.

Vestía con sobriedad, como correspondía a una chica de su edad, con una blusa blanca de verano, una ligera rebeca rosa y una falda gris. Aún no llevaba medias, pero en aquella parte de Inglaterra hacía tanto calor que habría sido impensable ponérselas, incluso por la mañana. Se hallaba sentada a la sombra en el jardín y junto a ella, sobre la mesa de piedra, se hallaba un vaso lleno de un líquido naranja. La tía Judy, que salía de la casa en zapatillas, se fijó en ese detalle.

—Oh, Mary. ¿Todavía no te has tomado el zumo?

Arrancada de sus pensamientos, Mary dio un respingo y alargó la mano para tomar el vaso.

—Lo siento, tía Judy —murmuró.

La mujer se sentó con un suspiro en la silla de al lado. Llevaba una labor de punto entre las manos y se puso a tricotar. Mary dejó el vaso vacío en el mismo sitio que antes; una mosca gorda aprovechó para posarse en el borde y chupar los dulces restos. Al poco, tía Judy comentó:

—Al menos hace un tiempo estupendo. Podréis acampar dondequiera que os apetezca, ir a la playa y bañaros sin preocuparos por la marea. A veces puede ser peligrosa aquí. Yo siempre le digo a Jordan que no se meta en el agua cuando hace viento.

Mary no dijo nada. Tía Judy dejó de tricotar y preguntó:

—¿Qué noticias tenéis de Jordan?

La casa era grande y hermosa. Mary fue consciente de las paredes de ladrillo, las orquídeas en el jardín y la verja que lo rodeaba. Todo en ella transmitía una sensación de paz que difícilmente podía ser alterada.

—Dylan ha ido a buscarla.

—Oh —tía Judy regresó a su labor de punto—. Entonces, probablemente estará en el pueblo. Esta chica. ¿Sabes, Mary? A veces desearía tener una hija como tú. Sí, tú tendrías que haber sido mi hija. Estoy segura —se levantó de pronto— de que tus padres están orgullosos.

Mary no se atrevió a responder. Tía Judy recogió el vaso y volvió a entrar en la casa, cerrando la puerta tras ella. Justo en ese momento, Mary observó que Bob entraba por la puerta del jardín.

Se levantó, se puso las manos en el regazo y le miró expectante. Era el único de los hermanos que no había heredado los ojos claros de su madre. Bob tenía el cabello oscuro, como su padre, y los ojos castaños y cálidos.

Él se detuvo delante de ella y le sonrió, ajustándose la correa de la mochila parda que llevaba a cuestas. Mary vio que le temblaba la comisura del labio.

—¿Estás preparada?

Era el mismo tono animoso que había utilizado durante tantos años antes de una excursión. No había cambio ninguno. Mary no supo si debía sentirse aliviada o todavía más alterada al escucharlo. Por lo pronto, tenía ciertas ganas de llorar.

—Yo sí —balbuceó—, pero ¿dónde está Jordan?

—Dylan cree que es mejor salir directamente. Podemos seguir buscándola por el camino. Y en cualquier caso, Jordan ya sabe dónde tenemos previsto acampar.

—¿Quieres decir que nos vamos a ir sin ella? —Mary no daba crédito a lo que oía.

—Es muy tarde —respondió Bob—, y Jordan ya sabe dónde queríamos acampar.

—Pero…

Bob se giró y echó a andar hacia la casa. Mary trotó detrás de él. Ambos entraron; tras cruzar unas palabras con tía Judy, Bob se despidió, tomó la mochila de Mary, el saco de dormir de Jordan (que yacía abandonado junto a la puerta de entrada) y abrió la puerta para que su hermana pudiese salir. Mary obedeció. Durante un instante, las orquídeas del jardín resplandecieron bajo el sol como si tuviesen algo que decir, y las hojas de los arbustos, las hierbas del césped, todas se movieron por el impulso de una ráfaga de viento.

Pero fue breve.

—Vamos —dijo Bob.

Dylan se hallaba junto a la casa, preparando el coche. Recibió la mochila de Mary con el brazo extendido, la metió en el maletero y cerró el capó con fuerza. A Mary ni siquiera la miró. Sostenía un cigarrillo entre los labios.

Últimamente Mary le había visto fumar a menudo, aunque siempre había manifestado su desinterés por el tabaco. Recordó que cuando Dylan había ido a recogerla a Victoria Station, llevaba una pequeña pipa en la mano, y con esa misma mano le dio un golpecito cariñoso en el brazo. “Ya está aquí mi hermanita”, había dicho. Con la otra mano había agarrado el asa del baúl. “Por fin juntos. Todos no… pero juntos”.

—¿Podemos volver a pasar por el pueblo? —dijo Bob.

—¿Por qué? —masculló Dylan, mientras se dirigía al asiento del conductor—. ¿No tiene Jordana piernas? ¿No tiene bicicleta?

Bob titubeó. Dylan se giró a mirarlo. Era un chico rubio de dieciocho años, alto y bien parecido. Por alguna razón, el parecido con su hermana pequeña era mucho mayor que con Bob: tanto Mary como él tenían el mismo tono de piel, de cabello, y los mismos ojos claros. Dylan era la viva imagen de su madre, solo que en masculino. Quizá también sus ojos tuviesen una cualidad penetrante y distante que no se hallaba presente en los de Mary.

—Yo creo… —comenzó Bob, pero entonces Dylan le hizo una seña y le apartó cuidadosamente.

Una figura se acercaba por el camino, acompañada de un alegre perro mestizo. El perrillo levantaba polvo con las patas y, cuando vio a Mary, Bob y Dylan, echó a correr hacia ellos con un ladrido de contento. Mary trató de protegerse, pero el perro se deslizó entre sus piernas y saltó para pedir atención. Bob lo acarició.

Jordan llegó hasta donde se encontraban sus primos y tomó al perro entre los brazos. Era más o menos de la edad de Bob. Llevaba el rizado pelo corto y tenía una complexión atlética. Vestía pantalones vaqueros, sandalias y un jersey de chico. Y aunque Mary a veces tenía que recordárselo para creerlo, también era alumna del colegio Gaylands.

Su prima Jordana.

Jordan se esforzó por sonreír, de la misma manera que lo había hecho antes Bob. Fue a abrir el maletero y dejar la mochila en él, pero se encontró con Dylan.

—¿Sabes qué hora es? —dijo él.

Jordan no contestó.

—Teníamos que haber salido a primera hora de la mañana. Ahora nos va a caer encima todo el sol del mediodía. Y habrá que montar las tiendas a toda prisa.

—Lo siento —dijo Jordan—. Tenía que despedirme.

Pero tampoco miraba a Dylan, y este se puso en medio de la chica y el maletero. Jordan hizo una mueca de disgusto, se giró y, con el perro todavía en los brazos, se encaminó al asiento trasero. Dylan le sujetó la puerta.

—¿De quién, Jordana? —Mary le oyó murmurar.

Hubo un silencio. Jordan miraba a los ojos de Dylan. Dylan miraba a los de Jordan. Los dos eran desafiantes, gélidos unos, burbujeantes los otros. Jordan tenía los ojos azul oscuro, casi gris, como ese mar que tanto amaba y junto al que vivía. Exceptuando, por supuesto, las largas temporadas que pasaba en el colegio.

—No me llames Jordana —respondió Jordan mientras se acomodaba en el asiento, y dejó de prestarle atención a su primo.

Dylan no dijo nada durante largo tiempo. Luego se apartó y cerró con fuerza la puerta del coche. Dio la vuelta y se montó en el asiento del conductor. Bob y Mary entendieron que era hora de entrar también en el coche y así lo hicieron.

Mary se recogió la falda para sentarse y miró de soslayo a Jordan. Su prima le dirigió una rápida sonrisa y volvió a mirar hacia adelante. Se había sumido otra vez en sus pensamientos. ¿Estaba triste o contenta? Mary no sabía. Hacía tiempo que interpretar a Jordan era demasiado complicado para ella, y cuando no lo era, lo que veía resultaba tan abismal que Mary sentía deseos de dar la vuelta y marcharse a toda prisa, como si hubiese asomado la cabeza sobre un pozo de aguas demasiado profundas.

Amplias ojeras se marcaban bajo los párpados de Jordan, y parecía seca y demacrada. También tenía aspecto desaliñado, como si no se hubiese duchado aquel día. Mary se estremeció. Jordan olía a sal y a sudor, y quizás, solo quizás, a otras cosas que ella no conocía pero que le resultaban muy familiares.

Su prima Jordana.

El coche comenzó a moverse. Justo entonces, la tía Judy salió por la puerta del jardín y comenzó a agitar la mano. La señora Khan apareció detrás de ella y también saludó. Dylan y Bob devolvieron el saludo, y Jordan, en cuanto fue consciente de la situación, también. Mary recordó que a veces les hacían fotos antes de irse de excursión, guapos y equipados, sonrientes, con las mochilas demasiado cargadas para los niños que eran. O que habían sido.

Mary recordaba una foto en particular. La guardaba en Gaylands bajo su almohada, sin que Jordan (ni ninguna de sus otras compañeras) lo supiese. En la foto estaba ella, bajita, tímida, poca cosa, con los cabellos recogidos por detrás —como había sido obligatorio en el colegio hasta hacía poco—, junto a dos muchachotes guapos y bien arreglados que eran sus hermanos. Dylan le había pasado el brazo sobre los hombros y Bob sonreía a la cámara. Al lado de Bob, mirando hacia Dylan, estaba también Jordan. Era el verano de 1952, hacía apenas cuatro años.

Liberada del uniforme del colegio, Jordan vestía como un chico. Había sido así desde que Mary la había conocido. La primera vez, casi se había confundido; ¿eres Jordana?, había preguntado sin comprender. Aquello había ocurrido muchos años atrás, en la infancia… pero todavía recordaba esa mirada de furia en los ojos de su prima si alguien empleaba su verdadero nombre.

No soy Jordana, dijo. Soy Jordan.

Mary tuvo muchas oportunidades más para que Jordan se lo explicara. Las chicas eran aburridas, aseguraba. Ella podía hacer todo lo que hacen los chicos y mejor que ellos. Quería ser un chico. Mary no podía entenderlo.

—¿No te gustan los vestidos? —le había dicho de niña.

—¡No!

—¿Ni las muñecas… ni las cocinitas?

—No. Me gusta subirme a los árboles, correr por la playa y nadar. Me gusta todo lo que hacen los chicos. Por eso tienes que llamarme Jordan. Si me llamas Jordana, me enfadaré muchísimo contigo.

—Oh, no hace falta —se apresuró a contestar Mary—. Te llamaré Jordan. Creo que te sienta mucho mejor.

Dylan y Bob nunca le dieron importancia. Les gustaba mucho Jordan y no les preocupaba como fuese. Se llevaban con ella mejor que con Mary. “Jordan, Jordan”, le decían, entre risas. “Algún día cambiarás”. Y Dylan añadía, sonriendo:

—Hay cosas a las que no podrás darles la espalda.

Hacía cuatro años de aquella fotografía, y sus rostros en blanco y negro eran las caras rechonchas y sonrientes de aquellos tiempos. Mary se maravillaba de lo mucho que habían cambiado. Bob se esforzaba por mantener su barba bajo control y el primer botón de la camisa abrochado. Dylan se peinaba ahora con raya al lado, su mandíbula era más firme y recta y llevaba chaquetas. Mary había crecido un poquito. Y Jordan, efectivamente, había cambiado.

Quizás no en el sentido que Dylan y Bob esperaban.

Jordan era más alta y delgada y tenía el pelo algo más claro, pero seguía llevándolo corto. Resultaba difícil confundirla con un chico… y sin embargo, tampoco parecía una chica. Había algo diferente en ella. Era como si, de alguna forma, en algún rincón de su ser, no hubiese crecido: y eso, el no crecimiento de Jordan, les había sacudido a todos en su propio proceso.

Mary, que compartía habitación con ella en Gaylands, había sido muy consciente de la evolución. Primero los pechos, que Jordan trató de sujetar con una sábana prieta. Y por fin llegaron las manchas. Jordan trataba de hacerlas desaparecer antes de que nadie supiese nada. Avergonzada de sí misma, a medio vestir, de rodillas en el suelo y frotando su ropa con jabón, era más Jordana que nunca.

—¡No entres! —gritó una vez al ver a Mary.

Mary se quedó paralizada, con una mano en el pomo de la puerta. Su prima se hallaba inclinada sobre un barreño, acalorada y con lágrimas en los ojos. Mary sintió tanta compasión que tuvo ganas de ir hasta ella y abrazarla, pero no lo hizo. Sabía que a Jordan no le gustaban esas cosas.

—Jordan, es… normal. Lo que te pasa —murmuró.

Jordan sollozó. Y Mary se sorprendió mucho, porque Jordan nunca lloraba.

—No para mí.

—Después de todo, eres una chica —dijo Mary.

—¿Vas a empezar tú también como tus hermanos? —dijo Jordan con furia—. “Jordan, tienes que admitirlo. Jordan, ríndete ya. Eres una chica, a pesar de todo”. ¡Malditos seais todos!… Oh, cielos. ¿Qué he dicho? Lo siento —dijo, mientras se llevaba una mano a la boca.

Mary no contestó.

Hacía tres años de aquello. O quizás algo menos. Los últimos años habían transcurrido rápido. Pero Mary guardaba la foto religiosamente bajo la almohada y, cuando Jordan no estaba en el cuarto, la sacaba para mirarla. Echaba de menos aquellas sonrisas, aquellos abrazos.

Un aire de verano limpio y libre de secretos.

La figura de la tía Judy, agitando la mano frenéticamente, se iba haciendo más pequeña en el espejo retrovisor, hasta que al final desapareció tras una curva. Tommy, el pequeño perro de Jordan, gimoteó y se acurrucó en su regazo. Todo era como antes, y sin embargo…

Dylan encendió la radio. Entre interferencias se escuchó la melódica voz de Petula Clark, cantando una suave canción. Bob, que adoraba la música, comenzó a canturrearla. Mary esperaba ver unirse a Dylan y a Jordan, pero ambos permanecían en silencio. Sin que nadie la oyera, ella cantó por los dos.

When the heart is a distant rainbow
And you think you can’t find a friend
Suddenly there’s a valley
Where hope and love begin.

——

Y hasta aquí lo que se daba, al menos de momento. ¿Te gusta? ¿Te emociona? ¿Te repugna? ¿Te interesa, aunque sea por una curiosidad inexplicable? Contáctame y puede que te envíe la propuesta editorial en PDF y/o la novela completa.

Tenía dieciséis años. El cabello rubio le caía hasta los hombros, y lo llevaba parcialmente recogido en una pulcra coleta. Su frente, amplia y despejada, daba paso a dos pequeños ojos de color azul celeste, tímidos y nerviosos, que miraban en todas direcciones buscando un punto de referencia. Su nombre era Mary Kerry, y era alumna de cuarto grado del colegio Gaylands.

Vestía con sobriedad, como correspondía a una chica de su edad, con una blusa blanca de verano, una ligera rebeca rosa y una falda gris. Aún no llevaba medias, pero en aquella parte de Inglaterra hacía tanto calor que habría sido impensable ponérselas, incluso por la mañana. Se hallaba sentada a la sombra en el jardín y junto a ella, sobre la mesa de piedra, se hallaba un vaso lleno de un líquido naranja. La tía Judy, que salía de la casa en zapatillas, se fijó en ese detalle.

-Oh, Mary. ¿Todavía no te has tomado el zumo?

Arrancada de sus pensamientos, Mary dio un respingo y alargó la mano para tomar el vaso.

-Lo siento, tía Judy -murmuró.

La mujer se sentó con un suspiro en la silla de al lado. Llevaba una labor de punto entre las manos y se puso a tricotar. Mary dejó el vaso vacío en el mismo sitio que antes; una mosca gorda aprovechó para posarse en el borde y chupar los dulces restos. Al poco, tía Judy comentó:

-Al menos hace un tiempo estupendo. Podréis acampar dondequiera que os apetezca, ir a la playa y bañaros sin preocuparos por la marea. A veces puede ser peligrosa aquí. Yo siempre le digo a Jordan que no se meta en el agua cuando hace viento.

Mary no dijo nada. Tía Judy dejó de tricotar y preguntó:

-¿Qué noticias tenéis de Jordan?

La casa era grande y hermosa. Mary fue consciente de las paredes de ladrillo, las orquídeas en el jardín y la verja que lo rodeaba. Todo en ella transmitía una sensación de paz que difícilmente podía ser alterada.

-Dylan ha ido a buscarla.

-Oh -tía Judy regresó a su labor de punto-. Entonces, probablemente estará en el pueblo. Esta chica. ¿Sabes, Mary? A veces desearía tener una hija como tú. Sí, tú tendrías que haber sido mi hija. Estoy segura -se levantó de pronto- de que tus padres están orgullosos.

Mary no se atrevió a responder. Tía Judy recogió el vaso y volvió a entrar en la casa, cerrando la puerta tras ella. Justo en ese momento, Mary observó que Bob entraba por la puerta del jardín.

Se levantó, se puso las manos en el regazo y le miró expectante. Era el único de los hermanos que no había heredado los ojos claros de su madre. Bob tenía el cabello oscuro, como su padre, y los ojos castaños y cálidos.

Él se detuvo delante de ella y le sonrió, ajustándose la correa de la mochila parda que llevaba a cuestas. Mary vio que le temblaba la comisura del labio.

-¿Estás preparada?

Era el mismo tono animoso que había utilizado durante tantos años antes de una excursión. No había cambio ninguno. Mary no supo si debía sentirse aliviada o todavía más alterada al escucharlo. Por lo pronto, tenía ciertas ganas de llorar.

-Yo sí -balbuceó-, pero ¿dónde está Jordan?

-Dylan cree que es mejor salir directamente. Podemos seguir buscándola por el camino. Y en cualquier caso, Jordan ya sabe dónde tenemos previsto acampar.

-¿Quieres decir que nos vamos a ir sin ella? -Mary no daba crédito a lo que oía.

-Es muy tarde -respondió Bob-, y Jordan ya sabe dónde queríamos acampar.

-Pero…

Bob se giró y echó a andar hacia la casa. Mary trotó detrás de él. Ambos entraron; tras cruzar unas palabras con tía Judy, Bob se despidió, tomó la mochila de Mary, el saco de dormir de Jordan (que yacía abandonado junto a la puerta de entrada) y abrió la puerta para que su hermana pudiese salir. Mary obedeció. Durante un instante, las orquídeas del jardín resplandecieron bajo el sol como si tuviesen algo que decir, y las hojas de los arbustos, las hierbas del césped, todas se movieron por el impulso de una ráfaga de viento.

Pero fue breve.

-Vamos -dijo Bob.

Dylan se hallaba junto a la casa, preparando el coche. Recibió la mochila de Mary con el brazo extendido, la metió en el maletero y cerró el capó con fuerza. A Mary ni siquiera la miró. Sostenía un cigarrillo entre los labios.

Últimamente Mary le había visto fumar a menudo, aunque siempre había manifestado su desinterés por el tabaco. Recordó que cuando Dylan había ido a recogerla a Victoria Station, llevaba una pequeña pipa en la mano, y con esa misma mano le dio un golpecito cariñoso en el brazo. “Ya está aquí mi hermanita”, había dicho. Con la otra mano había agarrado el asa del baúl. “Por fin juntos. Todos no… pero juntos”.

-¿Podemos volver a pasar por el pueblo? -dijo Bob.

-¿Por qué? -masculló Dylan, mientras se dirigía al asiento del conductor-. ¿No tiene Jordana piernas? ¿No tiene bicicleta?

Bob titubeó. Dylan se giró a mirarlo. Era un chico rubio de dieciocho años, alto y bien parecido. Por alguna razón, el parecido con su hermana pequeña era mucho mayor que con Bob: tanto Mary como él tenían el mismo tono de piel, de cabello, y los mismos ojos claros. Dylan era la viva imagen de su madre, solo que en masculino. Quizá también sus ojos tuviesen una cualidad penetrante y distante que no se hallaba presente en los de Mary.

-Yo creo… -comenzó Bob, pero entonces Dylan le hizo una seña y le apartó cuidadosamente.

Una figura se acercaba por el camino, acompañada de un alegre perro mestizo. El perrillo levantaba polvo con las patas y, cuando vio a Mary, Bob y Dylan, echó a correr hacia ellos con un ladrido de contento. Mary trató de protegerse, pero el perro se deslizó entre sus piernas y saltó para pedir atención. Bob lo acarició.

Jordan llegó hasta donde se encontraban sus primos y tomó al perro entre los brazos. Era más o menos de la edad de Bob. Llevaba el rizado pelo corto y tenía una complexión atlética. Vestía pantalones vaqueros, sandalias y un jersey de chico. Y aunque Mary a veces tenía que recordárselo para creerlo, también era alumna del colegio Gaylands.

Su prima Jordana.

Jordan se esforzó por sonreír, de la misma manera que lo había hecho antes Bob. Fue a abrir el maletero y dejar la mochila en él, pero se encontró con Dylan.

-¿Sabes qué hora es? -dijo él.

Jordan no contestó.

-Teníamos que haber salido a primera hora de la mañana. Ahora nos va a caer encima todo el sol del mediodía. Y habrá que montar las tiendas a toda prisa.

-Lo siento -dijo Jordan-. Tenía que despedirme.

Pero tampoco miraba a Dylan, y este se puso en medio de la chica y el maletero. Jordan hizo una mueca de disgusto, se giró y, con el perro todavía en los brazos, se encaminó al asiento trasero. Dylan le sujetó la puerta.

-¿De quién, Jordana? -Mary le oyó murmurar.

Hubo un silencio. Jordan miraba a los ojos de Dylan. Dylan miraba a los de Jordan. Los dos eran desafiantes, gélidos unos, burbujeantes los otros. Jordan tenía los ojos azul oscuro, casi gris, como ese mar que tanto amaba y junto al que vivía. Exceptuando, por supuesto, las largas temporadas que pasaba en el colegio.

-No me llames Jordana -respondió Jordan mientras se acomodaba en el asiento, y dejó de prestarle atención a su primo.

Dylan no dijo nada durante largo tiempo. Luego se apartó y cerró con fuerza la puerta del coche. Dio la vuelta y se montó en el asiento del conductor. Bob y Mary entendieron que era hora de entrar también en el coche y así lo hicieron.

Mary se recogió la falda para sentarse y miró de soslayo a Jordan. Su prima le dirigió una rápida sonrisa y volvió a mirar hacia adelante. Se había sumido otra vez en sus pensamientos. ¿Estaba triste o contenta? Mary no sabía. Hacía tiempo que interpretar a Jordan era demasiado complicado para ella, y cuando no lo era, lo que veía resultaba tan abismal que Mary sentía deseos de dar la vuelta y marcharse a toda prisa, como si hubiese asomado la cabeza sobre un pozo de aguas demasiado profundas.

Amplias ojeras se marcaban bajo los párpados de Jordan, y parecía seca y demacrada. También tenía aspecto desaliñado, como si no se hubiese duchado aquel día. Mary se estremeció. Jordan olía a sal y a sudor, y quizás, solo quizás, a otras cosas que ella no conocía pero que le resultaban muy familiares.

Su prima Jordana.

El coche comenzó a moverse. Justo entonces, la tía Judy salió por la puerta del jardín y comenzó a agitar la mano. La señora Khan apareció detrás de ella y también saludó. Dylan y Bob devolvieron el saludo, y Jordan, en cuanto fue consciente de la situación, también. Mary recordó que a veces les hacían fotos antes de irse de excursión, guapos y equipados, sonrientes, con las mochilas demasiado cargadas para los niños que eran. O que habían sido.

Mary recordaba una foto en particular. La guardaba en Gaylands bajo su almohada, sin que Jordan (ni ninguna de sus otras compañeras) lo supiese. En la foto estaba ella, bajita, tímida, poca cosa, con los cabellos recogidos por detrás -como había sido obligatorio en el colegio hasta hacía poco-, junto a dos muchachotes guapos y bien arreglados que eran sus hermanos. Dylan le había pasado el brazo sobre los hombros y Bob sonreía a la cámara. Al lado de Bob, mirando hacia Dylan, estaba también Jordan. Era el verano de 1952, hacía apenas cuatro años.

Liberada del uniforme del colegio, Jordan vestía como un chico. Había sido así desde que Mary la había conocido. La primera vez, casi se había confundido; ¿eres Jordana?, había preguntado sin comprender. Aquello había ocurrido muchos años atrás, en la infancia… pero todavía recordaba esa mirada de furia en los ojos de su prima si alguien empleaba su verdadero nombre.

No soy Jordana, dijo. Soy Jordan.

Mary tuvo muchas oportunidades más para que Jordan se lo explicara. Las chicas eran aburridas, aseguraba. Ella podía hacer todo lo que hacen los chicos y mejor que ellos. Quería ser un chico. Mary no podía entenderlo.

-¿No te gustan los vestidos? -le había dicho de niña.

-¡No!

-¿Ni las muñecas… ni las cocinitas?

-No. Me gusta subirme a los árboles, correr por la playa y nadar. Me gusta todo lo que hacen los chicos. Por eso tienes que llamarme Jordan. Si me llamas Jordana, me enfadaré muchísimo contigo.

-Oh, no hace falta -se apresuró a contestar Mary-. Te llamaré Jordan. Creo que te sienta mucho mejor.

Dylan y Bob nunca le dieron importancia. Les gustaba mucho Jordan y no les preocupaba como fuese. Se llevaban con ella mejor que con Mary. “Jordan, Jordan”, le decían, entre risas. “Algún día cambiarás”. Y Dylan añadía, sonriendo:

-Hay cosas a las que no podrás darles la espalda.

Hacía cuatro años de aquella fotografía, y sus rostros en blanco y negro eran las caras rechonchas y sonrientes de aquellos tiempos. Mary se maravillaba de lo mucho que habían cambiado. Bob se esforzaba por mantener su barba bajo control y el primer botón de la camisa abrochado. Dylan se peinaba ahora con raya al lado, su mandíbula era más firme y recta y llevaba chaquetas. Mary había crecido un poquito. Y Jordan, efectivamente, había cambiado.

Quizás no en el sentido que Dylan y Bob esperaban.

Jordan era más alta y delgada y tenía el pelo algo más claro, pero seguía llevándolo corto. Resultaba difícil confundirla con un chico… y sin embargo, tampoco parecía una chica. Había algo diferente en ella. Era como si, de alguna forma, en algún rincón de su ser, no hubiese crecido: y eso, el no crecimiento de Jordan, les había sacudido a todos en su propio proceso.

Mary, que compartía habitación con ella en Gaylands, había sido muy consciente de la evolución. Primero los pechos, que Jordan trató de sujetar con una sábana prieta. Y por fin llegaron las manchas. Jordan trataba de hacerlas desaparecer antes de que nadie supiese nada. Avergonzada de sí misma, a medio vestir, de rodillas en el suelo y frotando su ropa con jabón, era más Jordana que nunca.

-¡No entres! -gritó una vez al ver a Mary.

Mary se quedó paralizada, con una mano en el pomo de la puerta. Su prima se hallaba inclinada sobre un barreño, acalorada y con lágrimas en los ojos. Mary sintió tanta compasión que tuvo ganas de ir hasta ella y abrazarla, pero no lo hizo. Sabía que a Jordan no le gustaban esas cosas.

-Jordan, es… normal. Lo que te pasa -murmuró.

Jordan sollozó. Y Mary se sorprendió mucho, porque Jordan nunca lloraba.

-No para mí.

-Después de todo, eres una chica -dijo Mary.

-¿Vas a empezar tú también como tus hermanos? -dijo Jordan con furia-. “Jordan, tienes que admitirlo. Jordan, ríndete ya. Eres una chica, a pesar de todo”. ¡Malditos seais todos!… Oh, cielos. ¿Qué he dicho? Lo siento -dijo, mientras se llevaba una mano a la boca.

Mary no contestó.

Hacía tres años de aquello. O quizás algo menos. Los últimos años habían transcurrido rápido. Pero Mary guardaba la foto religiosamente bajo la almohada y, cuando Jordan no estaba en el cuarto, la sacaba para mirarla. Echaba de menos aquellas sonrisas, aquellos abrazos.

Un aire de verano limpio y libre de secretos.

La figura de la tía Judy, agitando la mano frenéticamente, se iba haciendo más pequeña en el espejo retrovisor, hasta que al final desapareció tras una curva. Tommy, el pequeño perro de Jordan, gimoteó y se acurrucó en su regazo. Todo era como antes, y sin embargo…

Dylan encendió la radio. Entre interferencias se escuchó la melódica voz de Petula Clark, cantando una suave canción. Bob, que adoraba la música, comenzó a canturrearla. Mary esperaba ver unirse a Dylan y a Jordan, pero ambos permanecían en silencio. Sin que nadie la oyera, ella cantó por los dos.

When the heart is a distant rainbow
And you think you can’t find a friend
Suddenly there’s a valley
Where hope and love begin.

Compartir:
  • Print
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Twitter
  • Google Bookmarks
  • Google Buzz
  • Live
(Más información sobre la novela: El último verano)

Acerca de Rain Michael

El numen cacumen detrás de RainMichael.Com. Esa que es artista, cuentista, partidista y un montón de cosas más que acaban en -ista. La autora de Un pavo rosa, Las chicas de Gaylands y demás novelas sobre chicas adolescentes que hablan mucho, piensan un poco y suelen querer irse a la cama unas con otras. Lee más sobre mí aquí o contáctame. No muerdo... salvo si me lo piden.
Esta entrada fue publicada en El último verano. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>