La gestación de una novela (III): los personajes, parte 1

Ya tienes pensado el argumento y los temas principales de tu novela. Lo habitual es que en este momento andes como una moto, pensando que tu historia es buena que lo flipas, ingeniosa, innovadora y todas las bondades que se te ocurran; que es lo mejor que se te ha ocurrido; que podría ser incluso lo mejor que se ha publicado nunca, pero como decir esto en alto es muy vergonzoso, te callas. Esta sobredosis de adrenalina es normal. Si no la pasásemos, no podríamos sobrellevar los momentos en los que nos sentimos la escoria de la literatura al tratar de llevar estas grandes ideas al papel (o a la pantalla). Pero no nos adelantemos.

Probablemente en esta fase pienses mucho en esos seres que te acompañarán desde el principio hasta el final de tu novela. Me refiero a los personajes. Casi sin quererlo, estarás añadiendo detalles a su aspecto físico y pensando en más rasgos que definan su personalidad. Haces bien: para muchos autores, los personajes son la piedra angular de la novela. Para muchos lectores, suponen la diferencia entre una historia vulgar y un libro que no pueden dejar de leer.

Voy, pues, a hacer un inciso en nuestra “gestación” y hablar sobre la etapa de creación de personajes. Intentaré ceñirme a cómo los definimos al principio y no a cómo realmente se plasman nuestros esfuerzos una vez hemos entrado en materia. Aunque me he contenido, esta entrada ha salido tan gargantuesca y pantagruélica que voy a dividirla en dos: en esta primera parte me centraré en los protagonistas y en la segunda (que llegará la semana que viene) hablaré de tipos de historias, voces y definición de los personajes. Me referiré ocasionalmente a la historia de ejemplo de la entrada anterior en la serie, II: el argumento.

En realidad, el tratamiento de personajes es un tema muy complejo y requeriría muchas entradas como esta, una preparación mayor y conocimientos superiores. Si os interesa, os recomiendo comprar libros específicos, por ejemplo, Cómo crear personajes inolvidables, de la ya mencionada Linda Seger.

Protagonistas, secundarios, episódicos

En una historia, no todos los personajes tienen el mismo peso y deberíamos determinar “de quién” es en realidad esa historia. Una forma tradicional de clasificar a los personajes (en el teatro, en el cine, en la televisión) es valorar su importancia en la trama y cotejarla con el tiempo que solemos pasar con ellos.

Así, tenemos:

  • Protagonista(s): son los personajes que “llevan” el peso de la historia. Con frecuencia nos movemos con ellos y vemos el universo a través de sus ojos. Sus problemas y objetivos son los conflictos principales de la historia; sin ellos, no habría novela.
  • Principales: son personajes con los que pasamos mucho tiempo y que son vitales para la trama, pero no suponen la referencia de la historia, el personaje del que estamos más cerca. Con frecuencia son los antagonistas o los amores, según el tipo de novela.
  • Secundarios: son personajes que realizan un papel más o menos importante, pero no crucial. Con frecuencia son los amigos, los mentores, la familia, etc. Si los extirpásemos de la novela, tendríamos que rellenar su ausencia con otra cosa, pero la novela podría seguir “viviendo” sin ellos.
  • Recurrentes: son personajes que aparecen con cierta frecuencia en la novela, pero no tienen un papel definido. A menudo se usan como recurso cómico o marco de referencia. Son jefes, amigos o antagonistas menores, compañeros de trabajo o de escuela, etc.
  • Episódicos: son personajes que aparecen de forma esporádica (una o dos veces) y que generalmente realizan una sola función concreta en la escena.

Como os habréis dado cuenta, esta clasificación (que, por otra parte, yo he adaptado a mis gustos) es un tanto engañosa. Por lo general, si pasamos mucho tiempo con un personaje, este será importante en la historia; pero no siempre ocurre así. A veces las acciones de un secundario son vitales para el desarrollo de la trama, mientras que un personaje principal actúa más bien de apoyo para el lucimiento del protagonista (véase el “efecto Don Quijote y Sancho”).

Para ser sincera, yo pocas veces pienso en esta división como tal. Cuando escribía guiones, me enseñaron a tenerla siempre presente, desde la creación de la sinopsis: escribías qué personaje era el protagonista, quién el antagonista, quiénes los secundarios, etc. En las series de televisión es muy importante para “tramar”: tienes que saber cuál es el lugar de cada personaje antes de que se te ocurra un argumento en el que un secundario tiene el papel estelar. Que cada uno actúe como mejor le convenga. Como en todo, más rigidez implica más seguridad, pero menor libertad de actuación.

Un aspecto para lo que es útil esta clasificación, en esta fase de la gestación, es para definir en qué personajes te debes centrar. Un protagonista, o un personaje principal, DEBEN estar mucho más definidos que un personaje recurrente. A veces ocurre que ese personaje recurrente es tan gracioso y está tan claro en nuestras cabezas que es muy divertido pensar en el color de sus rizos o la forma en la que pronuncia la “s”, y por comparación, resulta muy aburrido pensar en el protagonista. Bien: el problema es que con el protagonista vamos a pasar mucho más tiempo y, si todos estamos aburridos hasta que aparezca el recurrente, convendría repensar el argumento. A lo mejor el recurrente puede convertirse en principal o secundario. O a lo mejor es que el protagonista es MUY aburrido de por sí, y entonces lo mejor sería reemplazarlo por alguien más interesante o dotarlo de rasgos distintos.

El protagonista múltiple

Muchas escuelas sostienen que solo puede haber UN protagonista. Incluso en las historias corales (con muchos personajes), hay un personaje que se toma como referencia y que es el centro de todas las acciones. Pero entonces… ¿qué pasaría en una historia como el Pavo o El último verano, con dos chicas “on the spotlight”? Según esta idea, solo una de ellas es la verdadera protagonista. ¿Quién, entonces? ¿Alex o Nick? ¿Mary o Jordan? Y si recordáis el ejemplo de la entrada anterior… ¿Phi o Zhu?

Voy a dar mi opinión al respecto. Se suele entender que el protagonista es el vencedor de estas tres batallas:

  1. es el más normal de todos. Sí, normal. Normativo. Estándar. Conforme a las reglas. Vulgar, si queréis. Hasta hace muy poco, en las series corales, ¿quién era siempre el protagonista?
  2. es el más activo. Hay mucha gente que insiste en que el protagonista debe ser acción y no reacción. Son gente muy entendida y deberíais hacerles caso, aunque un debate encendido sobre los protagonistas activos o pasivos sobrepasaría los límites de esta entrada.
  3. es con quien más se identifica el autor (y, teóricamente, también el lector). Sus emociones y pensamientos son universales.

En estos casos, yo diría que quienes ganan la guerra del protagonismo son Alex y Jordan, que pierden la batalla de la normalidad pero ganan, con reservas, las otras dos; y tal vez Phi, que gana en normalidad, pierde quizás en actividad y posiblemente gana en identificación. Hay otros aspectos que entran en juego, como quién toma las decisiones o quién está presente al principio y al final de la historia, pero creo que se pueden englobar dentro de 2).

De todas formas, solo debéis aplicar esto si necesitáis determinar desesperadamente a quién se refiere la historia. Yo lo hago porque casi siempre tengo dos o tres personajes principales y me divierte (más que me sirve) saber quién sería el protagonista. A menudo me llevo sorpresas, y con frecuencia no es quien se lleva la mayor cantidad de párrafos. De hecho, en los casos del Pavo y El último verano ocurre justo al contrario.

Una nota: en el último caso, ya que contamos con un enfrentamiento entre los dos personajes principales, la división podría incluso ser más simple: Phi (el normativo) es el protagonista y Zhu (el “salvaje”) el antagonista.

El protagonista vacío

Habréis intuido algo importante acerca de muchos protagonistas. Algo que ocurre a menudo cuando leemos libros o vemos películas. Pensamos: qué interesante es el malo, la chica (cuando le dejan serlo), la amiga, el secundario, el vecino pesado. No pensamos demasiado en el protagonista y, es más, a veces nos resulta incluso un poco molesto.

Esto ocurre porque, en la época contemporánea, los protagonistas se han creado desde una perspectiva normativa. Estándar, conforme a las reglas, etc., etc. Por supuesto que hay muchos modelos y que estos modelos se basan en patrones con siglos de antigüedad, pero buena parte de ellos han sido reutilizados tantas veces que resultan vacíos. Los protagonistas suelen ser demasiado predecibles, demasiado equilibrados para que nos llamen la atención.

¿Por qué también son aburridas las “chicas” del protagonista? La razón es muy similar. No son más que estereotipos que se utilizan para rellenar el espacio que debería ocupar un personaje. Nadie ha pensado que se necesite más; nadie se ha sentado a pensar en sus particularidades, sus miedos, sus aficiones secretas. El protagonista es “un hombre cobarde y anodino de mediana edad”, la chica es “una rubia guapa de piernas largas” (citando de nuevo a Linda Seger). ¿Cómo se puede hacer nada con gente tan plana? Es necesario darles una vuelta de tuerca, humanizar esos clichés, personalizarlos. Hoy día estamos demasiado pasados de todo para aceptar meros estereotipos como personajes principales y, además, los propios estereotipos están cambiando.

El protagonista-autor

Hay otro aspecto de los protagonistas que es tan inevitable como la muerte. Pensadlo antes de responder: ¿se parece el protagonista de vuestra novela a vosotros? Pensadlo un segundo. Al menos un segundo. ¡Vale!

Si habéis contestado: “hombre, parecerse, parecerse, así como ser exactamente iguales, pues no… pero sí que tiene algunos rasgos míos, ha vivido cosas que yo he vivido, etcétera”, ¡enhorabuena! Estáis en ese rango de autores cuyos protagonistas SE PARECEN mucho más a ellos mismos de lo que nos gusta admitir. El resto de autores se dividen en aquellos cuyo protagonista, directamente, es ellos, o la idea de ellos mismos que tienen o que querrían proyectar; y luego está ese grupo privilegiado cuyos personajes son completamente distintos. Por mi experiencia, son los menos.

Como dicen algunos de mis personajes adolescentes, al final los padres siempre se parecen a los hijos. Cuanto más personal sea un escritor, más se parecerán sus protagonistas a él o ella. Por supuesto que no serán exactamente iguales: vivirán en distintos entornos, tendrán algún que otro rasgo que el autor considera que le es ajeno… pero con todo, siguen siendo su reflejo distorsionado.

Pero un momento: ¿es que se parecen en algo Jordan, Alex y Phi? Pues sí. Lo que pasa es que Rain Michael, que sabía que tendía a poner demasiado de ella en sus protagonistas (o mejor dicho: cayó del guindo, como todo el mundo), decidió que el remedio pasaba por dejar de ser solo el protagonista y ser todos los personajes a la vez. Esto hace que me haya acostumbrado un poco a crear protagonistas de diversa índole (porque, je, sé que cuento con una vía de escape en otro personaje), aunque como cualquiera, tengo mis preferencias y kinks bastante claros.

Es cierto que la férrea identificación autor-protagonista se va debilitando a medida que se escriben más novelas. Por eso se dice que las primeras novelas siempre son autobiográficas. El problema es que, sobre todo al principio, la unión protagonista-—autor puede ser la causa de un error garrafal que estropea novelas enteras: el egocentrismo visible.

Creo que es evidente que el egocentrismo es uno de los más típicos defectos de los escritores. No hay nada más aburrido que estar en una conversación de escritores, escuchando cómo cada uno habla de su libro y solo espera a que acaben los demás para hablar de su libro. Por esta causa, los personajes-autores reciben un tratamiento extraño. A menudo somos o excesivamente indulgentes con ellos (porque son nosotros) o muy crueles (¡porque son nosotros!). Fijaos en las reacciones que causan en otros personajes. ¿Son normales o anormales? ¿Los aman o los odian en exceso? ¿Es vuestro protagonista escritor? (Una se pregunta por qué siempre hay tal avalancha de novelas sobre escritores, guionistas, poetas, artistas, etc. No será necesario que lo explique) ¿Es demasiado “perfecto” o “adorablemente imperfecto”? Todos esos protagonistas son muestras de egocentrismo visible.

En el caso de que alguien señale que han habido novelas exitosísimas, incluso obras maestras, con un claro protagonista-autor: sí. Y no niego que puedan ser muy buenas, como algunas obras de Unamuno o Simone de Beauvoir. Solo digo que mirarse el ombligo siempre tiene sus peligros. De la misma forma que los protagonistas vacíos pueden funcionar para historias plagadas de acción, por ejemplo, los protagonistas-autor son útiles para novelas intimistas, análisis minucioso de sentimientos, etc., como sucede en Annie On My Mind. ¿Pero qué pasa cuando el protagonista resulta a todas luces antipático y el autor no para de ser indulgente con él, porque se siente identificado? ¿Qué ocurre si el autor se desliza, sin querer, a lugares que solo le interesan a él? Es muy difícil valorar todo esto cuando el protagonista somos nosotros. Lo mejor, en mi opinión, es tratar de distanciarse de antemano y ser conscientes de que vamos a crear una obra de ficción. Si no somos capaces de hacerlo… bueno, esto es como la gripe: hay que pasarlo antes de poder hacer nada distinto.

Hasta aquí lo que se daba esta semana. El fin de semana que viene: continuará

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Acerca de Rain Michael

El numen cacumen detrás de RainMichael.Com. Esa que es artista, cuentista, partidista y un montón de cosas más que acaban en -ista. La autora de Un pavo rosa, Las chicas de Gaylands y demás novelas sobre chicas adolescentes que hablan mucho, piensan un poco y suelen querer irse a la cama unas con otras. Lee más sobre mí aquí o contáctame. No muerdo... salvo si me lo piden.
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4 respuestas a La gestación de una novela (III): los personajes, parte 1

  1. Charlie dice:

    Un «problema» que me he encontrado en mi primera novela es que, aparte del protagonista, no he tenido muy claro si muchos personajes eran realmente principales, secundarios, recurrentes… Así que a veces he puesto el foco demasiado en personajes que no lo necesitaban (y así quedaba la cosa :P ), y al revés, ahora estoy escribiendo más de los que sí que son interesantes para la historia y pueden aportar más como secundarios o incluso principales que como recurrentes. Es lo malo que tiene escribir de una forma orgánica cuando la historia no está muy clara, que hay que dar bastantes vueltas… Pero ahí está la aventura, ¿no? :)

    Me ha encantado el artículo, y me está encantando la serie. ¡Gracias por publicarla!

    • Rain Michael dice:

      Gracias a ti por el comentario. :) Sí, eso también pasa muy a menudo, sobre todo al principio. Habitualmente se recomienda tener uno o dos protagonistas, un antagonista, un par de personajes principales, de tres a cinco secundarios y los demás al gusto, pero yo recuerdo que al hacer mis primeras novelas la división era más o menos esta:

      - Protagonista.
      - Dos o tres personajes principales.
      - Inmensa cantidad de personajes con roles diversos y que aún no se sabe cuánto (ni cuándo) saldrán en la novela.

      No es que haya cambiado tanto, en realidad. :D

      A veces, como dices, también pasa que te das cuenta de que un personaje es interesante en el transcurso de la novela. Eso es un fastidio… Por una parte, oponerse a los propios caminos que toma la novela nunca es una buena táctica, pero por otra, implica echar por tierra lo que habíamos definido en un principio. Yo intento tener presente algo que leí en uno de mis libros de escritura sobre los secundarios: “If they are interesting, let them star in the sequel”. Juraría que fue Chris Baty quien lo dijo. Sirve de mucho, aunque engorda el número de posibles secuelas. XD

  2. Pingback: La gestación de una novela (IV): los personajes, parte 2 | Tantas mujeres y tan poco tiempo

  3. María dice:

    Hola! Acabo de descubrir tu blog y ya tienes una seguidora más :)
    Me estoy enfrentando a la difícil tarea de escribir una novela y posts como los tuyos me ayudan muchísimo. Un saludo!

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