Uno

Últimamente ando leyendo libros de relatos. Los que decimos que escribimos solemos leer (aunque, como siempre, la gente dice más que hace), pero en ocasiones pecamos de escasez de variedad. La mayoría de escritores de narrativa lee novelas. Eso está muy bien porque la mayoría escribe novelas, pero ¿qué hay del ensayo, la poesía o el relato corto? ¿Debemos desdeñar los demás géneros, casi todos más antiguos que la novela, solo porque nuestra escritura se centra solo en uno de ellos?

El relato (también llamado cuento, aunque la sinonimia es discutible) es un género con muchísimos años a sus espaldas y, en su vertiente oral, puede decirse que ha existido siempre. Narro, luego existo. Pocos escritores de narrativa se lanzan directamente a la escritura de una novela; la mayoría comienza escribiendo relatos. Suponen un terreno controlado para la experimentación, márgenes que estirar y que contraer; diálogos (acotados) que mejorar; una descripción muy concreta que aligerar o información que dar en otro momento. Se entiende que son “más sencillos” que escribir una novela, aunque en realidad lo que pasa es que llevan menos tiempo. Una novela implica meses (¡y a veces años!) de desesperación, cuando un relato corto, si queremos, se puede completar en un par de horas (breve) o un fin de semana (más largo).

La sensación que produce un buen relato es de perfección. Es similar a un pequeño cuadro donde todo está donde tiene que estar. No es un enorme lienzo con una gran cantidad de personas representadas, como puede ser una novela; no tiene tiempo ni espacio para serlo. Un buen relato implica perfilar con el más fino de los pinceles hasta el último lugar. Mientras que una novela puede tener pasajes menos interesantes, capítulos donde se abunda en el pasado de los personajes, etc., el relato no puede consentirse semejantes digresiones. Es directo y va al grano. No es que lo diga todo “corto”; es que solo cuenta lo que tiene que contar.

En ocasiones he leído que un relato solo puede narrar UNA cosa. Un cambio de estado. Una acción y una reacción. Aunque los escritores expertos pueden negar esto, para los aprendices y los que sufrimos de sobreabundancia creativa es una restricción bastante útil. Un aspecto, un tema, un dilema: uno. Y aun así, se nos va: el tema era X, pero de pronto nos encontramos hablando de Y; y el tema sigue siendo X, pero hay una escena que trata de X+1, y… Hace falta una persona que entienda la auténtica técnica del relato para que te ponga la mano gentilmente sobre esos dedos que aporrean el teclado y te diga: “mira, un secreto. No se trata de resumir. Solo tienes que ver que X era el tema del relato”. Entonces lo ves claro…, claro.

Mi relación con los relatos es casual. Tenemos cierta amistad desde hace mucho tiempo, pero más del colegueo de quienes se van de fiesta que del resultado de una auténtica comunicación. Creo que se piensan que los encuentro demasiado leves (sobre todo a los más breves, como los minirrelatos, y para qué hablar de los “micro”) y ellos consideran que yo hablo demasiado. En realidad, les tengo mucho respeto… porque expresan cosas que yo no suelo saber decir en ese espacio y tiempo. A veces, cuando leo relatos de otras personas (novelistas), pienso: está bien, pero más que un relato, esto es el comienzo de una novela.

Mi gran intento con los relatos, además de la fanfiction, es Las chicas de Gaylands; y sé de sobra que algunos pierden su casto nombre

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Acerca de Rain Michael

El numen cacumen detrás de RainMichael.Com. Esa que es artista, cuentista, partidista y un montón de cosas más que acaban en -ista. La autora de Un pavo rosa, Las chicas de Gaylands y demás novelas sobre chicas adolescentes que hablan mucho, piensan un poco y suelen querer irse a la cama unas con otras. Lee más sobre mí aquí o contáctame. No muerdo... salvo si me lo piden.
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