Harry Potter se despertó gay (fanfic “vintage” de 2001)

Fandom: Harry Potter
Calificación:
+13 (aunque sé de buena tinta que lo ha leído gente más joven)
Advertencias:
Slash (relaciones entre chicos) y femslash (entre chicas), parodia, ensañamiento con un personaje
Notas previas:
Y ustedes se preguntarán por qué subo esto ahora. Me explico: esta historia fue escrita por una tal Elenis (ex-estrambotica.com) en el año 2001, es decir, cuando yo (porque, evidentemente, Elenis = Rain Michael) no era más que era una joven y lozana estudiante de facultad que se entretenía leyendo fanfiction. Fue, de todos mis fanfics, el que más comentarios generó (recibí cientos de e-mails sobre él, aunque no creo que respondiese ni a la mitad) y uno de los más apreciados (creo que gracias a él descubrí que la gente podía reírse con las cosas que escribía). Como todavía hoy me escriben personas preguntándome dónde podrían encontrarlo y dándome las gracias por su positiva influencia (!), he decidido subirlo a RainMichael.Com y dejarlo aquí como testimonio. Con ustedes, con respeto y con nostalgia…

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Harry Potter se despertó gay

Por Elenis (Rain Michael), 27/05/2001

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Amanecía en Hogwarts un cálido día de verano. En particular, el día que acababan las clases. Aquella tarde, todos los alumnos harían las maletas para marcharse a la mañana siguiente a sus respectivas casas. La noche anterior había reinado un clima de juerga y distensión muy típico de los días previos a las vacaciones, y todo hacía pensar que dicho ambiente no iba a cambiar el último día en el colegio; se gastarían bromas, habría llorosas despedidas y grajeas de todos los sabores, quizá alguna confesión de amor.

Sin embargo, ese día…, ese día había algo extraño, Harry Potter pensó. Se incorporó en la cama, soñoliento, y trató de averiguar qué era lo que le hacía distinto al día anterior. Pronto lo descubrió: era gay. Se relajó al comprobar que, por tanto, su estado eufórico no tenía nada que ver con tener que encontrarse con los Dursley en menos de treinta horas. Pero aun así, se preocupó un poco, porque desconocía los recovecos de su nueva sexualidad. Estuvo cavilando unos minutos, hasta que finalmente resolvió que ser gay era maravilloso, moderno y sensual, y por tanto lo único que casaba con un héroe como él, tan valiente y atrevido. Sería toda una aventura -mejor que las chorradas que solía vivir- descubrir las excelencias de ser homosexual. Así que Harry se levantó con una sonrisa en la boca.

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El último verano. Capítulo 3

Capítulo 3

En el que Mary y Jordan tienen insomnio

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No hay nada que le guste más que pasar las vacaciones en Hartfield Island. Su costa salvaje y apacible al mismo tiempo; el mar sin límites a un lado y, al otro, la costa inglesa en el horizonte. La franja de tierra que desafía las mareas se confunde a veces en la bruma matinal y desaparece bajo las olas, teñida de rojo, cuando cae la tarde.

Hartfield Cottage, una acogedora casa rodeada de hiedra a pocos pies de la playa. Su tío Peter y su tía Judy, altivo y gruñón él, cariñosa y poco habladora ella. Y Jordana. ¡La buena de Jordana! Dylan sonríe para sí. Con sus maneras de chico y su mal carácter. De alguna manera, es la chica más fascinante que ha conocido… y se lo ha hecho saber.

Pero Jordana es impredecible. Se ha puesto roja, muy roja, como una chica; lo ha evitado durante toda la mañana; y ahora, sin embargo, corre a sentarse a su lado a la hora de la comida. Dylan le roba en broma el tenedor y ella le da un puñetazo en las costillas. ¡Dichosa Jordana! Tiene casi tanta fuerza como su hermano Bob.

—¡Caray, prima! Me has hecho daño.

—Deberías habérmelo devuelto —murmura Jordan.

Y pone la mano sobre el tenedor. Dylan no sabe si se refiere al cubierto o al puñetazo, pero no piensa pegar a una chica. Nunca, jamás en la vida. Y menos si se trata de ella.

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El último verano. Capítulo 2

Capítulo 2

En el que se escribe una carta

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Siempre le han dicho que es demasiado tímida, demasiado cobardica. Sus padres y sus hermanos la llaman Ratita. ¡Cómo se rieron en el colegio cuando se enteraron de esto! Su amiga Sarah Morgenlane gritaba: “¡Ratita, Ratita!” y la persiguió en broma por todo el comedor hasta que la hizo llorar… por supuesto.

Aunque ya no llora tanto como cuando era pequeña, no deja de sentir que, a su alrededor, todo el mundo es mayor, más fuerte y más inteligente. Solo hay que ver a sus hermanos. ¿Quién ha visto jamás a unos chicos más extraordinarios? Jamás se ponen enfermos. Cuando, en plenas vacaciones, Mary tose o tiene jaquecas y debe quedarse en la cama, ellos salen a jugar. ¡No les importa la lluvia ni el frío! Y vuelven a casa con los pies embarrados y amplias sonrisas, mientras Mary los contempla con admiración y un poco de aprensión desde detrás de su vaso de medicina.

Solo hay una ocasión en que la enfermiza y callada Ratita se transforma: cuando va de vacaciones a la casa de sus tíos. En esos momentos, ni un repentino ataque de bronquitis ni los peores sabañones del mundo habrían podido con ella.

Cuando atraviesa en coche la escasa línea de tierra que separa Hartfield Island del resto, siente que el corazón le late a toda velocidad. ¡El mar! ¡El viento! ¡Los hermosos acantilados que se distinguen más allá de la playa! A su manera, es un camino de no retorno. Solo pueden cruzar ese sendero cuando la marea está baja; dentro de unas horas volverá a subir y sus hermanos y ella estarán presos en esa hermosa cárcel de naturaleza.

Hartfield Island alberga innumerables secretos en sus bosquecillos agrestes, entre sus rocas repletas de musgo y los escarpados barrancos cerca de la bahía. Junto a esta se encuentra Hartfield Cottage, pequeña, apacible, que ya aparece al final del camino, esperando su vuelta.

—¡Dylan! ¡Bob! ¡Mary! —grita una conocida voz.

De pronto Mary también tiene ganas de gritar, de correr. Aún no han aparcado y su voz ya retumba dentro del coche, a la par que las de sus hermanos. Grita su prima Jordana desde fuera; Jordana…, Jordan, que cuando está de vuelta en Hartfield Island lleva siempre vaqueros y no siempre zapatos. Con la piel bronceada y el pelo desgreñado, parece tan distinta a ellos y, sin embargo, ¡qué felices están de volver a verse de nuevo! Jordan es la mejor amiga de sus hermanos. También la de Mary, pero depués de todo, ellas ya se ven a menudo en el colegio. Mary lo entiende.

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El último verano. Capítulo 1

Capítulo 1

En el que se recibe una carta

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Su madre siempre dice que no tiene que ser tan impulsiva, pero no puede evitarlo. Cuando ellos vienen —ellos—, apenas puede dormir la noche anterior. Está tan nerviosa que cualquier crujido en Hartfield Cottage, cualquier ruido entre aquellas conocidas paredes, la despierta y la desvela. Tommy golpea con la cola la alfombra a los pies de su cama; Jordan lo acaricia, Tommy le lame la mano.

Hartfield Island. Solo cuando vuelve a ese sitio se siente como es en realidad. No sabe qué es… pero tampoco tiene prisa por descubrirlo. Puede ser el señorito Jordan, el de los vaqueros desgastados y el pelo rizado. Darles órdenes al señor y la señora Khan, que sonríen con sus rostros tostados y la miran como una persona un tanto excéntrica a la que deben tolerar.

Puede salir de las paredes de piedra y madera de Hartfield Cottage con sus pies por todo vehículo, y recorrer la isla de arriba abajo hasta caer rendida. ¡Su isla! Hartfield Island fue de su madre. Ergo, de alguna manera es suya: su tierra. Puede hundir los pies en la arena de sus playas, trepar por sus acantilados y correr por el bosque con Tommy asustando a zorros y conejos, y cuando hace esto se siente en casa. Con la gente siempre se siente constreñida, incómoda. Con Tommy, con los animales, con la naturaleza como único testigo, Jordan es solo ella misma.

Pero hay tres excepciones. Tres personas que son parte de ella, compañeros de viaje, que la conocen hasta extremos insospechados. Jordan también los conoce desde hace mucho tiempo. Solo con ellos es capaz de compartir las cosas que la hacen disfrutar. Lleva haciéndolo cada verano… desde que llegaron por primera vez a Hartfield Island.

El reloj de pared del salón da las ocho. Jordan está despierta. Baja a desayunar y la señora Khan le sirve leche con cereales. Ya no pueden tardar mucho; el sol se ha alzado por el horizonte e ilumina la franja de mar que se ve a través de la ventana. Entonces distingue, o cree distinguir, el sonido de un motor; salta de la mesa, corre por la moqueta del recibidor y abre la puerta. Tommy la sigue.

El señor Khan está aparcando la furgoneta roja delante del porche. Los ojos de Jordan se iluminan cuando ve unas sombras conocidas en los asientos traseros. Antes de que el hombre haya echado el freno, Jordan ya ha salido corriendo. Está descalza sobre el suelo polvoriento. Tommy ladra una y otra vez, salta y se mete entre sus piernas. Jordan también salta de alegría, golpea los cristales de las ventanas y grita a voz en cuello:

—¡Dylan! ¡Bob! ¡Mary!

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La siembra

SiembraEl concepto guionístico de la “siembra” y “sembrar” es muy interesante para novelistas. ¿Qué es “sembrar”? Como su propio nombre indica, consiste en plantar semillas en momentos tempranos de la narración que conectan con acciones, eventos, revelaciones, etc. que florecerán más adelante. Ejemplo típico: en una historia romántica, la protagonista dice en un momento emotivo de la narración: “nunca me han esperado bajo la lluvia con flores”. Bien: podemos estar seguros de que, al final, el protagonista la esperará bajo la lluvia con flores. Evidentemente, esto tiene que ser algo genérico, porque si dice: “por desgracia, nunca me han llevado en góndola por el Támesis mientras el gondolero hacía el pino”, nuestro sentido común nos dice que cumplir ese deseo va a ser más complicado. Es más, si le cumplen ese deseo, más le vale a la película ser una parodia o lo más probable es que nos riamos de ella.

Lógicamente, no siempre sembramos para confirmar. Muchas veces se hace para desmentir o contraponer un acontecimiento futuro con algo que se ha dado por supuesto al principio. Ejemplo: historia de zombies o catástrofes: “¡qué tranquilo se vive aquí en [nombre de pueblo pequeño pero agradable]!”. Os imagináis, ¿no? Obviamente, hacer que esa línea de diálogo aparezca COMO TAL es muy poco sofisticado y, para nuestros contemporáneos versados en la narrativa actual, equivale a hacer que el autor enseñe un inmenso plumero. Pero hay muchas formas de decir sin decir: mostrar a la gente feliz en su pueblo y entregada a cuidar sus jardines, por ejemplo, es lo mismo de forma menos burda.

La “siembra” existe en todos los géneros y sus variantes: comedia, drama, thriller, etc. Ha sido la base de buena parte del cine y la televisión estadounidenses (la narrativa asiática va por otros caminos). Cuando uno de los buenos nos dice lo bien que se lo ha pasado haciendo algo malvado, podemos estar seguros de que eso no es simplemente un comentario para enriquecer nuestra visión del personaje, como podría ocurrir en la narrativa japonesa. Tampoco es una reflexión sobre la violencia… por mucho que algunos quieran convencerme de la profundidad de determinadas series actuales. Es nada más y nada menos que una siembra: está diciendo eso porque en algún momento se va a sentir tentado por el “lado oscuro”.

La tradición occidental, especialmente la americana, es de dejar todo atado y bien atado. (O mejor dicho, de dar la impresión de que todo está bien atado: es imposible no dejar algunos cabos sueltos. Más sobre el engañosísimo cine de Hollywood en otra ocasión.) Como me dijeron una vez, el relato es el reino de la causalidad y en él nada en él es inocente: las acciones provocan reacciones, que a su vez desencadenan más reacciones. Por el contrario, en la vida pasan muchas cosas que no necesariamente están relacionadas. Cuando uno escribe una biografía, sin embargo, o una novela histórica, se esfuerza por encontrar un sentido y una dirección en los hechos que describe: si a la reina Elizabeth le negaron algo de pequeña y eso aparece en la novela, esto necesariamente debe tener consecuencias en su vida adulta. ¿Por qué? Porque si no, no lo contaríamos.

Por supuesto, también podemos negarnos a todo esto y decir que nuestra historia no tiene sentido por voluntad propia, o que no tiene un sentido unívoco. Después de todo, una literatura pasada por el tamiz de la causalidad y la siembra es, por derecho propio, falsa. Las cosas no son exactamente así. Pero creedme si os digo que la siembra está tan arraigada que los postmodernos más radicales, aunque desprecien la causalidad (“he metido esta escena porque me sale de los huevos”), hacen un uso continuo de ese recurso. Porque conecta con nuestra forma de entender el mundo, de ordenarlo y darle sentido: esto que ocurre ahora ya se presagió en otro momento.

Yo soy una gran seguidora de la siembra. A veces me sorprendo a mí misma cuando leo historias anteriores y veo (yo veo mis intenciones a distancia, claro) que hay líneas de diálogo que obviamente están hechas para repetirse más adelante, por ejemplo. Como le comentaba a Imgrot, mi problema no es sembrar… sino, ejem, determinar las líneas del campo de labranza.

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Lo que ellos ven

Lo que ellos ven

Una historia de Navidad del internado Gaylands

Por Rain Michael

Notas previas: Pensaba subir esto el día 25, pero la tecnología me ha sido adversa. ¡Ah, que tengo el horario British! ¡Feliz Navidad! Se puede leer en el trabajo sin peligro ;)

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Nadie más que ella sabía cuánto trabajo se necesitaba para organizar la función escolar de Navidad. ¡Cielo santo! ¡Seis cursos, nada más y nada menos! ¡Cerca de cien chicas de distintas edades, cada una con su forma de ser y sus circunstancias, esperando que ella (como profesora de Lengua inglesa y Literatura) las convirtiera en estrellas en el escenario!… O, al menos, para las tímidas, que hiciera que ese mal rato pasase lo antes posible.

Sí, la señorita Clayton lo tenía difícil. Cada año parecía más complicado que el anterior y aquel había sido sin duda el peor. Apenas había regresado de Cambridgeshire al colegio y se estaba de nuevo instalando, cuando recibió el aviso de que se acercaba la fecha crítica. En pocos días tenía que aprobar las sugerencias. Y, como siempre, quedaba el quinto grado por ponerse de acuerdo.

Deseaba que no se le hubiese ocurrido aquella idea optimista al escuchar por casualidad por los pasillos. ¡No debía haberlo hecho! Pero al oír aquellas voces que cantaban O Come All Ye Faithful, pegó la oreja a la puerta de la sala de música, donde las chicas de quinto se encontraban ensayando. Podía distinguir claramente la voz de Sarah Morgenlane, “come and beho-o-old Him”, y detrás de ella, la de Babette Lanthenay, con mucho sentimiento: “bo-o’n ze King of E-e-engels!”. Sonaba casi hermoso.

Pensó que, ya que las alumnas de quinto no eran especialmente buenas actrices, quizás podían cantar una canción de Navidad… ¡Ay! ¡En qué mala hora fue a pedirle su colaboración al señor P.!

La señorita Clayton se detuvo y tomó aire antes de abrir la puerta de la sala de música. Se había metido en un lío monumental y no sabía cómo salir de él. Solo tenía claro que, de no haber ningún cambio, la función iba a ser un fracaso.

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Estado actual de El último verano

Me han deseado Merry Christmas en el supermercado: la Navidad anda cerca. Sobre todo en este país, donde se quitaron los adornos de Halloween para poner los de Navidad. Y yo, cómo no, estoy sumergida hasta las cejas en trabajo, que menos mal que me gusta.

El último verano ha alcanzado la nada desdeñable cifra de 67.000 palabras, en parte gracias a un par de escenas “copipegadas” de la versión anterior. (No estaba segura de si iban a estar en esta, pero de momento ahí se quedan, hasta que se me ocurra algo mejor.) Es una de estas novelas que, por alguna razón, fluye. En ningún momento me quedo sin nada que decir; los personajes tienen cada vez más pasado, más circunstancias. Los ambientes son cada vez más detallados: tendré que volver atrás para añadir aspectos en la descripción que se me han ido ocurriendo al vuelo. :)

Para mi gran alivio, no es un problema llevar a los chicos. Siempre me siento más insegura con los personajes masculinos (sobre todo en una novela como esta), pero el truco es tratarlos como si fueran chicas. ¡En serio! Tienen casi tantos líos mentales como cualquier chica de Gaylands.

Imgrot ha leído los primeros capítulos y le han gustado, aunque sigue teniendo más preguntas que respuestas (y esta vez no creo que sea solo cosa suya). También se confundía un poco con algunos nombres, lo que me ha hecho pensar que conviene cambiarlos. Siempre me he resistido un poco a eso, porque el significado de los nombres de las chicas de Gaylands coincidía con el aspecto más evidente de su personalidad (ah, ¿u os creíais que yo pongo un nombre solo porque suena bien?), pero después de todo: a) eso estaba interfiriendo con mi intención de homenajear a múltiples personajes de libros clásicos de internados, y b) tampoco importa. Así que al menos dos muchachas van a sufrir un cambio de nombre repentino. Para el resto… confío en que quienes lean Las chicas de Gaylands ya estén familiarizados con ellas.

Sigo un poco sorprendida con el interés de algunas personas por El último verano, sobre todo comparado con el recibimiento (seamos sinceros, más bien frío) de Un pavo rosa, mi novela más mimada en los últimos años. Supongo que esta es una idea más universal, pero a lo mejor simplemente es una mejor idea. De todas formas, creo que voy a comprobarlo… En unos días subiré los tres primeros capítulos como “taster”. :D

También tengo otra sorpresa, pero esa me la guardo para Navidad. ;)

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(En defensa de) Enid Blyton

Ahora que 2010 toca a su fin (¿adónde han ido las últimas décadas de mi vida?), he sabido por casualidad de la existencia de una TV-Movie de la BBC de 2009 y me la he ventilado en menos que canta un gallo: Enid, basada en la vida de la escritora Enid Blyton.

No descubro nada nuevo si pongo de relieve que me gusta Enid Blyton, ¿verdad? Creo que es evidente, aunque probablemente algunos fans ortodoxos desaprueben mi enfoque de los mundos inspirados por ella; pero para gustos, traseros.

La cuestión es que la susodicha película, pese a ser bastante fiel a la realidad (de hecho, se parece a la visión que hace años plasmó servidora en un relato llamado Twinkle, Twinkle, Little Star), es un poco sui géneris en lo que respecta a la elección de los testimonios. Al final, en mi opinión, acaba siendo “todas las críticas a Enid Blyton, ahora juntas en una sola película“.

Nadie dice que las críticas a Enid Blyton no tengan fundamento. Yo soy la primera en admitir la simpleza de sus argumentos, lo formulaico de sus historias, lo estereotipado de sus personajes y el derroche de clasismo del que todas hacen gala. Pocos fans pueden defender a su muy inglesa autora de esas acusaciones. Pero Enid Blyton está entre los cinco autores más leídos del mundo y eso, para una autora de libros para niños, no es decir poco.

De adulta, y desde una perspectiva cuasi-literaria, me han sorprendido algunos aspectos de las novelas de Blyton. Imaginad un primer capítulo en el que hay diez personajes a la vez, todos importantes, como es el caso de los libros de Santa Clara o Torres de Malory. ¿Es posible que un lector recuerde los nombres de todas tus chicas después de ese primer capítulo? He hecho el experimento y creedme, Enid Blyton lo consigue. ¿Podría decirse eso de muchos autores?

Por supuesto, es más fácil cuando todos tus personajes son clichés, pero ya querrían otros autores de novelas juveniles (… y para adultos) imprimir a esas relaciones entre clichés la suficiente dosis de emoción (sin caer en el “oh, ¡vamos a ser amigos!” repentino) a la vez que mantienen la tensión en el desarrollo de la historia. A mí, como poco, me cuesta más que a Enid Blyton. Es difícil jugar con una amplia baraja de personajes y que X, además de hacer o decir X porque es lo único que casa con su perfil de personaje, hace Y porque está previsto en el argumento. Y la Blyton, creo, era una maestra de orquesta en estas cosas, por mucho que todas las piezas que tocara sonasen siempre a un fondo parecido.

Pero con Enid Blyton hay, además, un encarnizamiento especial (¡y a qué extremos!). Supongo que en parte se lo merecía, por haber querido venderse como madre de familia modelo y hogar repleto de virtudes. Pero hijos míos, es que en todas partes cuecen habas y los escritores y artistas ponen muchos pucheros al fuego.

Lo curioso es que hay muchos biopics de gente que en vida estuvieron considerados gilipollas integrales y luego las películas los ponen de genios un poquito excéntricos (como es el caso de Una mente maravillosa). Supongo que si la Blyton se hubiese dedicado a las matemáticas en lugar de a la literatura infantil, a lo mejor se le habrían perdonado muchas cosas que esta película se complace en señalar, o se habría proporcionado una explicación adicional. Pero somos especialmente crueles con los muertos y, entre ellos, con los que se dedicaron a hacer cosas para niños; pensad en Lewis Carroll o Walt Disney y en todos los rumores en torno a su biografía, sus simpatías políticas, sus inclinaciones sexuales. Al margen de lo que hicieran en vida, Enid Blyton tiene que estar junto a ellos en el otro mundo, poniéndose un gin-tonic cada vez que alguien que no sabe escribir su nombre (con “i”) se burla de ella.

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Simone

Oh, Simone. Simone. Es de esas veces en mi vida que una mujer me deslumbra y, aunque Simone de Beauvoir ya me había fascinado en el pasado (con obras de ensayo como El segundo sexo), he tenido una recaída al leer Memorias de una joven formal (1958), una autobiografía de sus años mozos en la que explica todo, o casi, sobre su infancia y adolescencia y su “caída” al mundo adulto.

Espacio para algunas citas de las muchas que he subrayado:

“Los adultos no solamente contrariaban mi voluntad, sino que me sentía la presa de sus conciencias. Estas solían representar el papel de un amable espejo; también tenían el poder de embrujarme; me transformaban en animal, en cosa. ‘¡Qué lindas pantorrillas tiene esta chica!’, dijo una señora que se inclinó para palparme. Si hubiera podido decirme: ‘¡Esta señora es una tonta! Me considera como si fuera un perro’, me habría salvado. Pero a los tres años no tenía ningún recurso contra esa voz melosa, esa sonrisa golosa, salvo la de arrojarme aullando contra la acera”.

“La literatura permite vengarse de la realidad esclavizándola a la ficción”.

“Ya empezaba a desear transgredir el círculo en que estaba confinada. Un andar, un gesto, una sonrisa me conmovían; hubiera querido correr tras el desconocido que doblaba la esquina y que no volvería a cruzar nunca más. En el Luxemburgo, una tarde, una muchacha alta, de traje sastre verde, hacía saltar a unos niños a la cuerda; tenía mejillas rosadas, una sonrisa deslumbrante y tierna. Esa noche le declaré a mi hermana: ‘¡Sé lo que es el amor!’. Había entrevisto, en efecto, algo nuevo. Mi padre, mi madre, mi hermana: los que yo quería, eran míos. Presentí por primera vez que uno puede sentirse tocado en el propio corazón por un resplandor venido de otra parte”.

“Por poco que le negáramos era demasiado si Dios existía; por poco que le concediéramos era demasiado si no existía”.

Y esta que, si nada me detiene antes, será una de las citas de apertura de El último verano:

“En verdad el mal del que sufría era haber sido arrojada del paraíso de la infancia y no haber encontrado un lugar entre los hombres”.

Simone de Beauvoir es un personaje contradictorio, que no siempre pudo poner en práctica en la vida privada su sistema de creencias. Es una filósofa de la vida cotidiana, de la emoción en el pensamiento y del pensamiento en la emoción. Memorias de una joven formal es la primera parte de una autobiografía reveladora que sigue con La fuerza de la edad (1960), La fuerza de las cosas (1963) y Final de cuentas (1972)… que pienso leer a su debido tiempo, por supuesto. :D

Por si lo estáis pensando y solo porque me toca un poco las narices que no se mencione en tantos artículos sobre su vida: sí, a Simone de Beauvoir le gustaban las mujeres de una forma parecida a la que me gustan a mí, embriagada de vida, urgencia existencial y deseo cósmico por las personas y la naturaleza, aunque el individuo a la que permaneció ligada su vida fue Jean-Paul Sartre.

(Alguna vez, borrachilla, le he dicho a Imgrot que él era mi Sartre.)

Lo mejor: Simone. Simone en toda su gloria presartriana, como niña y adolescente, haciéndose constantes preguntas que nadie de su entorno le contesta, deseando la transgresión sin realizarla, queriéndolo todo y nada. Hacía MUCHO que no disfrutaba tanto con una autobiografía; y aun si esto no os llama la atención tanto como a mí, seguro que alguna de sus muchas obras (Los Mandarines, El pensamiento político de la derecha…) os seduce.

Lo peor: Un ligero exceso de teenage angst en versión filósofa y un final un poco abrupto que deja en el aire el desenlace de todas las cuestiones, pero espero que sigan adelante en el resto de libros.

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Qué dulce es la victoria…

… en la escritura y el lacroooosse…

NaNoWinner 2010*se sienta a descansar después de haber escrito hoy sobre la histeria, el odio de Dylan por la directora de Gaylands, Jordan contemplando el ocaso desde Hartfield Island, Henry tratándose de ligar a dos mozos de cuerda por obligación y mucho más*

Y ahora podré consultar los archivos de la versión anterior. ¡MENOS MAL, LOS NECESITABA!

Gracias por todos los ánimos de última hora. :D

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