Es curioso cómo los guionistas no tienen problema (salvo los que van de artistas) en reconocer la aplicación de cierta mecánica en su arte. Hablan de personajes con un rol en la historia y de roles “amalgamados”, de tipos de personaje, de picos de tensión narrativa, de pinzas y convenciones narrativas que han utilizado para escribir la historia. Una de las que yo descubrí, cuando estuve en ese mundo, fue el hispano “cortamiel”: si una pareja se pone cariñosa en una serie fundamentalmente cómica, para evitar que la escena caiga en la ñoñez, se mete un cortamiel. Ejemplo: una pareja se encuentra en la oscuridad, se besa y se asegura que se quieren más que nada… para que de pronto se enciendan las luces y se descubra que aquello era una fiesta sorpresa para ella/él y que todo el mundo estaba allí agazapado. ¿Quién no ha empleado un cortamiel para rebajar un poco el exceso de rosa de una escena?
Poner nombre a las convenciones ayuda a usarlas de forma consciente. No nos vamos a librar de las convenciones porque se han utilizado para la narrativa desde hace milenios (y es curioso ver cómo la Odisea o el Romance de los tres reinos funcionan como un reloj). Por tanto, solo cabe reinventarlas y aplicarlas de forma inteligente. Me ha sorprendido descubrir TVtropes.com: contiene una cantidad inmensa de clichés y recursos narrativos comunes al cómic, la televisión y la literatura… algunos establecidos y otros, me temo, acuñados por los usuarios de la web. Mirad, por ejemplo, Schoolgirl Lesbians u otro que yo uso mucho: Betty and Veronica (aunque habitualmente con una chica en el papel del “héroe”).
A mí me encantan los estereotipos y, por ende, sé que uso muchas convenciones en lo que escribo. No obstante, y según mi experiencia, los escritores son gente que confía más en su, er… ¿talento innato? a la hora de escribir. Me explico. En la escritura de novelas se da la siguiente conjunción de factores:
- Se considera más íntimo y todavía hoy tiene infinitamente más prestigio que la escritura para otros medios, como la televisión, el cine o los videojuegos.
- No es un acto colaborativo ni tan “filtrado” como la escritura de guiones. Uno tiene casi todo el control sobre lo que escribe (salvo si te pasa como a mí, que me crecen los enanos).
- Muchos escritores le tienen alergia a la palabra entretenimiento (véase la entrada anterior).
- Muchos escritores se creen más profundos de lo que son y asocian escribir novelas con sesudos análisis sobre la sociedad de hoy y el comportamiento humano. Si no hacen eso, sienten que no están escribiendo una novela “de verdad”.
Todo esto lleva a que muchos escritores, tanto profesionales como aficionados, miren estas mecánicas de la narrativa con desconfianza, porque piensan que pueden afectar negativamente a su proceso creativo. Creen que en el momento en que sean conscientes de las convenciones que usan (y, para ser sinceros, todos nos sorprendemos al ver lo universales y manidos que son los argumentos que “se nos ocurren”), su escritura se volverá fatigosa y acartonada. Además, una novela no es exactamente como un cómic o una serie de televisión. El estilo y el lenguaje tienen un peso específico y, en ocasiones, pueden sostener fragmentos que en el lenguaje audiovisual serían imposibles de tragar o siquiera de representar.
Pero no se trata de hacer una historia que sea pura mecánica. Para eso, sinceramente, mejor elegimos otra profesión, aunque está claro que a muchos productores de bestsellers les funciona. Se trata de entender qué estamos haciendo y tener la oportunidad de modificarlo, o de abundar en ello si es lo que deseamos. La chispa creativa, vital para los comienzos (y los desarrollos), se apoya en técnica, técnica y más técnica, además de una enorme dosis de constancia.
En ocasiones hablo con otras personas que también escriben novelas. Mientras que los guionistas están acostumbradísimos a describir “de qué va” su nuevo proyecto (tienen que contárselo al productor, al director y a muchos otros intervinientes en el proceso, además de venderlo), los escritores tienen una enorme dificultad a la hora de explicar estas cosas de una manera simple y comprensible para el ser humano medio. A menudo me dicen cosas como:
- “De todo”.
- “De muchas cosas”.
- “De la soledad y la incomunicación”.
- “De nada en particular”.
No me cabe duda que una novela es un medio más apropiado que un guión para explicar ciertas cosas. Pero, sinceramente, haríamos bien en bajar un poco todas esas expectativas. Una novela no puede ir de todo porque no, porque el mundo es muy grande y no se puede hablar de todo en un tomito de trescientas páginas. Tampoco habla siempre de la soledad y la incomunicación, por mucho que el autor crea que lo está haciendo; es difícil transmitir sentimientos con una única idea en mente.
No es un pecado decir que una novela va de un chico y una chica que se conocen, se enamoran y después descubren que el amor es más difícil de lo que pensaban, por ejemplo. (De hecho, cuando sondeas un poco más a esta gente, sueles descubrir que sus argumentos que tratan “tantos temas” son tan poco sofisticados como esto.) El amor es algo complejo y siempre nos van a fascinar las novelas que traten del amor. Nunca nos cansaremos de este tipo de historia, al igual que querremos saber más acerca de la muerte, los enfrentamientos, el poder, la amistad… ¿Qué tiene de malo admitir que, despojado de toda parafernalia, tu argumento es un cliché como tantos otros? Si se aplican los recursos y convenciones adecuados, combinados con la originalidad que seguro que tienes y que, esa sí, procede de tu chispa creativa, la idea más vulgar puede convertirse en una historia brillante y potente.
El conocimiento es poder. En lugar de tenerle miedo, conozcamos, averigüemos y luego empleemos lo que nos sea útil en nuestras creaciones; el resto, si no nos vale, podemos relegarlo al cajón de sastre en nuestro cerebro. Pero es mucho mejor tener un cajón nutrido que uno medio vacío; nunca se sabe cuándo una puede necesitar un dedal narrativo que cree haber visto por allí en algún momento…