—¡Mierda!
Nick Harrington levantó la cabeza y miró las soleadas colinas que la rodeaban. El nudo de la hamaca se deshizo, Brad Pitt dejó de sujetar amorosamente su rostro y Keanu Reeves emergió de entre sus piernas con la misma expresión de perplejidad. Nick rodó por el suelo, se escurrió sin poder evitarlo por el agujero que en él se había abierto y aterrizó de golpe en el mundo de los vivos. Cerró los ojos con fuerza. Oh, no, ahora no.
Conocía aquella cantinela. Al despertador no se le acallaba con un simple manotazo. Había que cogerlo, desenchufarlo y volver a hacerse un ovillo entre las sábanas si una quería dormir. Y el jodío era persistente, quizás por la pila que llevaba puesta, que hacía que incluso desenchufado fuese capaz de emitir —si le daba por ahí— la melodía de En la granja de Pepito, ía-ía-o, sin nada que lo conectase a la corriente, como una escolopendra partida por la mitad o una lagartija sin rabo que sin embargo seguía correteando por ahí y daba el mismo asco. Pero casi era peor que se callara; vale, una dormía unos cuantos minutos más y tan feliz; pero de pronto comenzaban los manotazos en el lomo y la dichosa voz:
—¡Mierda! ¡Verónica, las siete y cuarto, Verónica! ¡Mierda! ¡El café, Verónica! ¿Qué haces que no te has levantado todavía?
Y aun así, Nick continuó con los ojos obstinadamente apretados. Su otro yo observó con nostalgia por el agujero del techo a Brad Pitt y Keanu Reeves, que se inclinaban para saludarla, con sus camisas vaporosas y sus viriles pechos depilados. Nota mental: los tíos siempre están mejor con el pecho depilado. Proponérselo a Richi si lo vuelvo a ver. Ay, Richi. ¿Qué hostias es esto? Eliminar nota mental. Volveré pronto, a ser posible la noche siguiente, voceó Nick. Pero el deber, fuera lo que fuera aquello, la llamaba; contra sus costados se refregaban las cosquilleantes sábanas de la cama, el puñetero rayo de sol de siempre caía sobre su frente, y si se esforzaba, a medida que se cerraba el agujero que la comunicaba con Brad y con Keanu podía escuchar los pajarracos que cantaban a pleno pulmón junto al río. Ruiseñores, tu padre. El deber. Mierda…
Entonces Nick se dio cuenta de algo.
La voz que había dicho “mierda” no era la conocida voz que le golpeteaba los oídos, perteneciente a la persona que le golpeteaba el lomo cada mañana. Su “mierda” había sonado tentativo, casi desesperado. Los ojos de Nick se movieron un poco bajo sus párpados. No se le ocurría quién podía hacer que esa palabra sonase así.
La comunicación con L.A. se cerró definitivamente y Nick fue Nick de cerebro pastoso sobre la cama, incapaz de hacer mucho más que mover los dedos del pie y ordenar a sus párpados (sin éxito) que comenzasen a ir pensando así como en abrirse en el cuarto de hora siguiente. Hizo un esfuerzo supremo y deslizó el pie hacia atrás, hasta que su talón se topó con el trasero de alguien sobre el colchón. Las nalgas ajenas brincaron y hubo un pequeño estruendo.
—¡Ay, caray! Mi— mi—…
Los ojos de Nick se abrieron como los de su más querida muñeca de su infancia al ser colocada en posición vertical. Se incorporó. Sintió náuseas y un dolor le martilleó las sienes al más puro ritmo tecno-jarcor del Radikal, pero lo desdeñó para darse la vuelta.
La chica le devolvió la mirada. Estaba de pie junto a la cama (se acaba de levantar, pensó Nick) con las manos temblorosas, una enorme camiseta negra desgastada y unos vaqueros de pitillo que habían soportado un sinnúmero de lavados. El cabello se le enredaba por la espalda. Pero lo que desconcertaba a Nick eran sus ojos, aquellos enormes ojos azules con tanto iris que resultaban antinaturales, y su boca. Habitualmente no sonreía, pero de pronto, la comisura de sus labios se curvaba hacia arriba en una especie de tic nervioso.
—Hola. Buenos días. Perdona, pero, ¿dónde tenéis el detergente?
—Qué… —el cerebro de Nick aún se hallaba procesando la información visual—. ¿Qué detergente?
—Detergente de ropa. Como para lavar. Es que he estado buscándolo por la cocina y no lo he encontrado. Y en el baño hay jabón, pero no funciona de la misma manera.
Nota mental: comprar detergente. Nick rescató la nota del pasado miércoles y dejó que revoloteara libre por la habitación. Se puso de rodillas sobre el colchón y contempló perpleja a su interlocutora, cuyas mejillas cobraron de repente algo de color. Nick miró hacia abajo y se tapó con la sábana de un tirón. Una escalofriante idea se abría paso poco a poco en su soñolienta cabeza. Estoy soñando. ¿Dónde coño están Brad y Keanu?
Había rojo en la sábana y en el suelo, sobre el caído aparato de teléfono, que descansaba sobre la loseta como una especie de rana mecánica destripada. De su larga y delgada tripa colgaba el auricular, con unas marcas alargadas entre rojo oscuro y marrón en las que casi se podían leer huellas digitales. Nick guiñó el ojo. Sus sienes se quejaban.
—Ah… Espera un momento.
Se enredó la sábana a la cintura y bajó de la cama. Pasó al lado de la chica, tiró de la sábana hasta que la sacó por completo y, con ella colgando, fue al cuarto de baño. No quiso mirarse en el espejo. Tomó la esponja y su champú Timotei de la repisa de la bañera —los otros botes que se cayeron, el estúpido Johnson’s Baby de su madre, la espuma de baño que criaba moho allí, eso no fue culpa suya— y volvió a la habitación. Todavía le sorprendió verla allí. La chica continuaba mirando el teléfono como si se tratase de un milagro divino.
—Quita. Vamos a probar con esto —dijo Nick, y tras echarse un poco de champú en la mano, lo restregó por el auricular. Después pasó la esponja por él y las teclas, hasta hacer espuma.
—¿Traigo agua?
—¡No!
Limpieza. Limpieza, martilleaba la cabeza de Nick a ritmo tecno-jarcor. Siempre había pensado que entre eso y el bakalao no había mucha diferencia.
Nick se incorporó y refregó de la misma forma la sábana bajera de la cama. Blanca no quedaba, pero las delatoras manchas se iban difuminando. Por su parte, su vecino eligió ese momento para dar volumen al Play Music mañanero: baila que ritmo te sobra, baila que báilame, retumbó la pared con la voz de Chayanne.
A la derecha de Nick, la chica carraspeó.
—Podría ir preparando el desayuno.
—Oye, namás una pregunta —Nick se volvió—. ¿Tú siempre te levantas con esos ánimos, como si fueras un anuncio de Ausonia? Espérate un segundo a que… —la mención de la marca le recordó algo—. Oh, mierda. ¡Joder!
Nick tiró de la sábana que la recubría. Una nueva mancha roja había aparecido en un lugar estratégico. La chica se movió como si le hubiese picado un bicho y se lanzó bajo la cama. Apareció tirando de la pernera de unos pantalones.
—Aquí.
—No, no, deja eso —dijo Nick, pero alargó los brazos como si fuesen agua de mayo. Entonces la chica se dio la vuelta, Nick dejó caer la sábana y recuperó algo de su dignidad, si se podía llamar dignidad a llevar puestos unos pantalones llenos de polvo y una compresa sucia entre las piernas.
Nick hizo una bola con la sábana y correteó por el piso hasta incrustarla en la lavadora. Cuando regresó, empleó los restos de Timotei en limpiar algunos rastros de sangre que se habían filtrado hasta el colchón. Mientras tanto, la chica se había sentado en la única silla del cuarto, bajo el rayo de sol de la ventana, y hojeaba nerviosamente una de las pocas Bravos que Nick poseía y que no sabía —y ahora no estaba para ponerse a pensarlo— de dónde había sacado. Baila que ritmo te sobra, baila que báilame, acércate un poquito Salomé.
—Bueno —Nick resopló y levantó por fin la cabeza de su tarea—. Tú querías desayunar, ¿no?
—¡Sí!
Nick se dirigió de nuevo a la cocina. Esta vez comprobó que todo estaba en su sitio: Danisuco feliz en su estantería (con un peso similar, al menos en apariencia), las puertas de las encimeras con sus bisagras, la mesa todavía con el envoltorio de las magdalenas de ayer. ¿Ayer? Nick se frotó la cara.
La voz de sus despertares retumbó en las paredes de su cerebro y desparramó sus ficheros de notas mentales. Yo me voy, a ver cómo te las apañas (se vuelve antes de salir), mierda, se me han olvidao las llaves (taconeo nervioso por parte de una madre que en su vida sabrá llevar tacones. ¿Por qué ahora se pone tacones para ir al curro? No será que quiere ligarse a otro cadete. Joder, siempre igual), y ahora dónde coño, a ver, ¿Verónica, dónde están mis llaves? (yo qué sé, mama, en el cajón de la entrada), vale, y oye (se gira de nuevo), no se te ocurra montarme aquí ningún circo, ¿eh?
Pero qué circo, mama. Nick pone su cara más inocente. Tú lo sabes, que estamos en fiestas y yo no soy tonta, ¿eh? Ahí todo el día tumbada, ahí sin hacer nada, y por la noche salimos con los amiguitos y nos ponemos contentos (la madre de Nick se lleva la mano a la nariz, se da unos golpecillos y hace un gesto como de aspirar), ¿eh? Que yo trabajo mucho pero tonta no soy. Y deso aquí ni se te ocurra meterlo, vamos, que sales pitando de esta casa por la ventana. Que sí, mama. Pues vale. Pues vale. Entendido queda. Anda, pírate ya y déjame en paz, piensa Nick de mal humor. Y desde su postura horizontal en el sofá, sólo se ve a Yinyeroyers acurrucada en su rincón del techo y más allá, el viejo perchero del abuelo con los tres sombreros hongos y el enorme sombrero blanco que destaca en medio de todos ellos.
Una tos resonó detrás de ella. Se fijó en que la chica la había seguido hasta la cocina, Bravo en mano, y se sintió perseguida. Vale, momento: le has dicho de desayunar. No es culpa suya. ¿Cuál era su nombre? Alex, eso. Alex se llama. Clavó por un instante su pupila en el iris azul y se giró para cargar la cafetera.
—¿Te gusta el café?
—Sí —contestó la chica, Alex—. Con leche.
—Leche no sé si quedará —Nick abrió la nevera y sacó el cartón de la puerta. Hizo el ademán de verter la leche en un vaso y un líquido blanquecino, apestoso, goteó desde la abertura—. Vale, no hay.
—Oh… es que no tomo café solo. Cuando tenía doce años me bebí un vaso sin nada de leche, con tan sólo una galleta para acompañar, y me sentó fatal al estómago. Estuve tres días vomitando. El médico me dijo que es que tenía un tracto digestivo bastante sensible. No me gustaría repetir la experiencia.
Nick la miró por encima del hombro.
—Tampoco hay madalenas ni galletas.
—En casa siempre tomo tostadas. Si quieres las hago. Sé hacerlas en sartén. ¿Y sabes una cosa que me sale muy bien? Las tortitas.
—¿Cómo tortitas?
—Sí. De esas que compras una masa, la bates y luego la vas echando en una sartén con un poco de mantequilla —Alex agitó las manos como complemento de su explicación y Nick volvió a girar la cabeza—. O bueno, yo las hago con aceite. Hay que cuidar que la tortita no salga demasiado fina ni demasiado gruesa; las finas se parten y las gruesas son demasiado pesadas. Y luego también hay que dejarlas el tiempo justo en el fuego para que no se quemen ni salgan crudas. Si las tomas con nata o con caramelo, están muy buenas. ¿Tienes nata?
—No.
—También saben bien con mermelada.
—Hay margarina.
—¡Oh! —Alex hizo una pausa y Nick escuchó cómo jugueteaba con el envoltorio de las magdalenas—. Bueno, tendrá que valer. Aunque puede saber como a cosa mantecosa con manteca por encima. Muy americano, desde luego.
Nick se restregó los ojos. A su lado, la cafetera comenzaba a borbotear, y un poco de café se derramó desde la juntura hasta la llama azul del gas. Era posible que, en cualquier otro día, Nick hubiese aprovechado para correr hasta su cama y lanzarse a los brazos de Brad y Keanu un minuto, dos, antes de que su conciencia o la voz de sus pesadillas chillara “¡Verónica!” una vez más y hubiese que correr a quitar la cafetera del fuego. Pero ahora tenía a una chica de pantalones de pitillo que reposaba su huesudo trasero (que Nick había palpado previamente con el pie) en la silla de formica de la cocina y no se callaba, y hablaba de unas cosas que a Nick le traían a la cabeza imágenes de pelis estilo Siempre queda el amor y similares, y a Nick, que sentía náuseas ante la simple idea de echarle al estómago medio vaso de café, le estaban entrando unas ganas terribles de meter la cabeza en el horno sobre el cual se supone que se cocinaban las tortitas. Lástima que ya lo hubiese intentado una vez. Para suicidarse de esa manera hacía falta un horno de gas, y la manera más fácil de encontrar uno en aquellos tiempos era vivir en Estados Unidos. Y punto.
—El caso —dijo mientras se volvía lentamente hacia Alex— es que tampoco hay pan.
—¿Bimbo, tostado?
—De ninguna clase.
—Oh, vaya —por primera vez, los ojos azules mostraron algo parecido a preocupación—. Claro. Porque no vamos a untar la mantequilla en la pizza que yace en el salón, me temo.
—Yo no, desde luego —Nick levantó a Danisuco de su sucio tapete de cuadros,
le dio la vuelta y le quitó el tapón de corcho de la barriga—. Mira. Veinte, cuarenta, sesenta, trescientas cincuenta pelas. Sales de aquí, cruzas la calle y a la izquierda está Mercadona. Tienen pan de todas clases. Y madalenas.
—¿Cómo? Pero yo no conozco…
—La tercera a la izquierda —Nick derramó las monedas sobre la mano extendida y la cerró con una palmadita—. Si vas por la calle lo ves.
—Me podrías acompañar.
—Es que me duele mazo la cabeza.
—Pero la casa es tuya.
Había una leve queja en aquel maullido.
—No, es de mi madre. Bueno, ni siquiera, es del banco —Nick se frotó la sien y contuvo un bostezo—. Si vas yo preparo el café y… —retiró la cafetera del fuego y lo apagó— lo sirvo en los vasos.
—Vale. Compro leche…
—… madalenas…
—Leche, magdalenas y pan. Ahora que lo pienso, también podría comprar tortitas. Aunque no recuerdo qué marca es la que teníamos en casa. Sé que hay una buena y otra no tanto, porque deja grumos. ¿Tú tienes idea de qué marcas puede haber en el Mercadona?
—No compres tortitas —Nick condujo a su interlocutora hacia la puerta—. No hace ninguna falta.
—A lo mejor preferirías un plumcake. ¿Te gustan las pasas?
—No —Nick empujó a Alex hacia el descansillo.
—Entonces un plumcake de mantequilla. En Alemania lo llaman Butterkuchen. Traigo uno de esos y todo lo demás. ¿Qué te parece?
—Que… como veas.
Cuando iba a cerrar la puerta, Alex puso la mano en la juntura y asomó por allí la cabeza.
—¿Y la leche, cómo la quieres? Yo, en general, prefiero Pascual. Y eso sí, desnatada. De pequeños nos llevaron a visitar una central lechera o algo así y fue horrible. Desnataban toda la leche y luego le echaban una especie de proteínas a la entera que no eran más que huesos y pezuñas machacados.
—Ah.
—Entonces leche Pascual desnatada, Kuchen y pan. ¡Ah! Y magdalenas. ¿Alguna preferencia?
—Sí. Las que tú quieras.
Nick volvió a poner la mano en el pomo de la puerta, pero aquel comentario hizo que su interlocutora abriera mucho los ojos (lo que creó una especie de cerco blanco en torno al azul habitual) y, sin que Nick pudiera evitarlo, sintió cómo la puerta se abría como empujada por una ventolera, una mano la tomaba por la nuca y un par de labios fríos le plantaban un seco y apretado beso. Un seco y apretado beso en los morros. Nick volvió a abrir los ojos como la muñeca de sus recuerdos de infancia —perdona, perdona, pero tú quién te crees que eres, quién coño te crees que eres, tú— y se echó para atrás, pero Alex ya la había soltado. De nuevo con las mejillas coloradas y un proyecto de sonrisa colgado de la boca, dio unos pasos hacia la escalera.
—Enseguida vuelvo. ¡Tan rápido como pueda! Lo prometo.
La larga figura desapareció a la carrera junto con su larga sombra. Nick dio un portazo, se apoyó contra la puerta y se dejó deslizar hasta el suelo. De pronto, la música del vecino había enmudecido. Dentro y fuera de Nick, todo era un extraño silencio. Hasta sus sienes habían dejado de bombear en su particular versión de tecno-jarcor alias bakalao.
Sintió algo que le pinchaba en el bolsillo y tiró para sacárselo. Era una tira, algo arrugada, de cuatro fotos de fotomatón. Nada más la vio, los cables de su cabeza se conectaron otra vez y la música volvió a sonar a todo volumen; Chayanne gritó acércate un poquito, Salomé; las sienes martillearon y los martillazos retumbaron de un oído a otro, descolocando ficheros de memorias, tirando al suelo notas mentales y convirtiendo en un amasijo de información sin sentido el archivo de datos personal de Nick, que nunca se había jactado de estar muy ordenado pero prefería con mucho existir sin que nadie le molestase.
Nick emitió un jadeo rabioso. Al fondo del pasillo, tirado en mitad del suelo del salón, yacía el sombrero blanco. Su boca la miraba sorprendida, quizás un poco falsa, como una gran O. Nick levantó peligrosamente el dedo índice y le apuntó con él.
—¡Túuuu! —rugió—. Tú tienes la culpa de todo.







