Un pavo rosa. Acto I, capítulo 2: Alex

—Ah, ah, ah. I’m so happy. Ah, ah, ah… Today I found my friends.

Alex no sabía si esa música que escuchaba procedía de su garganta o si el río Henares estaba entonando una canción sólo para ella, como los ríos cantan en los cuentos. Al fin llegó a la conclusión de que no, se trataba de ella misma, y el sonido que emitía era una versión algo sui géneris de una conocida canción de Nirvana. Mejor dicho, una mezcla de esa melodía y jadeos entrecortados de cosecha propia, producto de haber bajado cinco pisos a todo correr.

—Ah, ah… —Alex contuvo la respiración y la dejó ir a intervalos regulares, tal como le había enseñado hacía años su cardiólogo—. Ah… ah. Ahhhm… my head.

La tercera a la izquierda y luego a la izquierda otra vez, le había dicho Nick. Sí. Nick. Nick con sus ojos del color de la miel, su naricilla respingona y el angelical cabello rubio platino que enmarcaba —acariciaba, pensó Alex— su rostro. Y sus labios, oh, sus labios. Alex se apoyó contra la pared del edificio y dejó que su nuca descansara en el polvoriento alféizar de una ventana. ¿La tercera a la derecha y luego a la izquierda? Y había que cruzar la calle. Nick tenía la boca tibia y dulce. Sí, no muchos sabían verlo, pero Nick era tan dulce.

—A los buenos días —escuchó Alex a su espalda.

Se volvió, pero su melena había quedado atrapada por algo pegajoso. Dio un tirón y se quejó; varios cabellos largos quedaron atrás, balanceándose en lo que parecían unos restos de chicle. Tras ella, un hombre grueso y descamisado, de pelo y barba gris, había aparecido en la ventana, en mitad de una nube de humo. Alex entrecerró los ojos. Por primera vez fue consciente de que no llevaba puestas las gafas.

—Disculpe, ¿usted no sabría dónde queda por aquí Mercadona, verdad?

—¿Mercadona? Ven pacá. Cruzas la calle, tiras tó pallá y es la tercera a la derecha. Digo la izquierda.

—¿Derecha o izquierda?

—Esta —dijo el tipo, y Alex entrecerró de nuevo los ojos.

—Muchísimas gracias.

—Tú no eres de aquí, ¿verdá?

—¿De Nueva Alcalá? No. Pero claro que soy de aquí, sí. Vivo en el Barrio Venecia.

—Digo del portá.

—Eh, no.

—Y… ¿con quién has venío?

—Con Ni… —Alex se contuvo y dudó, sólo un poco—. Con Verónica Harrington. Quinto piso. Es amiga mía. Una buena amiga.

Suena bastante aséptico y a la vez es lo suficientemente informativo, se felicitó. Usaré el término hasta nueva orden.

—¿La niña rubia? Ah, sí. La de la madre que trabaja con los militares, ¿no? —una voz por detrás del hombre de la ventana gritaba “¡Antoniooooo!”—. Sí, sí. ¡Mu buena chica, la Verónica! Mu majica, sí.

—¡Antonio! ¿Qué pasa aquí?

Una figura de mujer apareció junto al tipo. Alex entrecerró los ojos; juraría que llevaba puesto un pañuelo en la cabeza, pero no sabía de qué tipo. Podía tratarse tanto de un pañolón de lunares como de un hiyab islámico.

—Ná, que esta joven es amiga de la Verónica.

—¿La qué?

—La niña rubia del quinto, mujer. Que no te enteras.

—¡Esa! Menudo elemento. Anda que no la he visto yo veces en el portal, o aquí, aquí mismo, delante de nuestra ventana, dándose el lote como una cualquiera —aun sin gafas, Alex pudo ver los sapos y culebras que salían de la boca de la mujer—. ¡Ahí mismo, acuérdate la otra vez, con el gitanazo ese y metiéndose mano! Yo soy su madre y la doy un escarmiento. ¡Y mira que no me gusta hablar de gente ajena!

Alex sintió una rabia que la invadía como una llamarada, pero mientras trataba de averiguar hacia quién estaba dirigida y decidir si debía defender la integridad de Nick, el hombre intervino:

—No, mujer. Si yo veo a la niña por las mañanas, mientras fumo aquí, que va a comprá y a hacele de tó a la madre, y se ocupa de la casa cuando la madre anda fuera con su cosa, y no es más que una cría.

—¡Cría pa lo que quiere, que pa lo otro no lo seamos! —respondió furiosa la mujer—. ¡Y a ti ella te gusta por lo que te gusta, que anda que te conozco poco! Anda y entra pa dentro de una vez y ayúdame a sacudir la alfombra. ¡Y no me hagas hablar más sobre gente ajena!

—La puta —gruñó Antonio. Se metió en su casa y cerró la ventana de un golpe. A Alex le llegó una ventolera con tufo a tabaco.

Alex se dio la vuelta y trotó en la dirección indicada. Cruzando la calle y la tercera a la derecha. Imaginaba que el letrero del Mercadona sería lo suficientemente grande como para no pasárselo. Derecha… no, a la derecha una se iba de cabeza al río. ¿Izquierda? Alex guiñó los ojos. No veía el supermercado por ningún sitio, pero podía haberse equivocado. Una, dos, tres… ah, claro, es que si no contaban el callejón como calle, normal que se confundiera. Cuarta a la izquierda. Traspasó la puerta, saludó a la cajera, se golpeó en la barriga con las vallas que tenían pintado un símbolo en rojo y encontró por fin el camino correcto.

Cuando se halló en la sección de bollería, examinó los paquetes uno a uno y de cerca. Bizcocho. ¿Por qué llamarlo bizcocho cuando a lo que se referían era un Kuchen? Suspiró hastiada, pero ese estado de ánimo no le duró mucho. Había comenzado a canturrear de nuevo sin darse cuenta. Ah, ah, ah, come as you are, as you were. No, eso era otra canción. ¿Qué más da? Le dolía la barriga. Le dolía la cabeza. Los párpados le pesaban, los ojos le picaban, tenía el estómago revuelto, la noche en vela había comenzado a hacer verdaderos estragos en su cuerpo. ¿Qué más da? Ah, ah, ah, un mundo ideal…

Aquel día, cuando había comenzado a amanecer, Alex se encontraba junto a Nick en la cama. Por fin la oscuridad se había aclarado un poco y Alex podía empezar a distinguir un cuadro aquí, un mueble allá. Se inclinó sobre el cuerpo dormido a su lado y, con extremo cuidado, le retiró el pelo de la cara. Nick. Nick emitió algo entre una tos y un estornudo y humedeció la mano de Alex. Humm. Esto es saliva de Nick. Alex se acarició la mano y se dio la vuelta. Estaría bien dormir también. ¿Pero quién podía siquiera pensar en dormir, después de lo que había ocurrido?

Nick y ella apenas habían cruzado palabra después de salir en silencio del fotomatón, con la botella de sidra en la mano. Alex había parpadeado a la luz de las farolas. Nick le daba la espalda. ¿Qué haces ahora?, pregunta Nick, como quien no quiere la cosa. Debería irme a casa, mi madre me está esperando, responde Alex, que mira su reloj; es casi la una, una hora más tarde de lo acordado. Se siente un poco Cenicienta, pero está con Nick. Mientras esté a su lado, Alex sabe que no se va a desvanecer ningún hechizo. Al menos, eso es lo que espera… La mía tiene guardia en la base, comenta Nick, y se vuelve un poquito para mirar a Alex con esa sonrisa de pilluela que desarma a Alex. ¿Y? ¿Qué? Que si te vienes. ¿Cómo? ¿A tu casa? Alex no comprende bien. No, si te parece. Ah, dice Alex. ¡Ah!

El fantasma del entendimiento, procedente de los ojos de Nick, se posa de repente sobre la frente de Alex y a esta se le baja toda la sangre de la cabeza. Toca por detrás y encuentra el fotomatón para apoyarse. Se le acelera la respiración. Aquello que subyacía en los ojos de Nick se desvanece. ¡No! ¡Ojos, volved a mirarme con de la misma manera! Oye, solo si quieres, dice Nick. ¡No! ¡No! Digo, ¡sí, sí! Alex se pasa la mano por el pelo y extiende el brazo. Oye, en serio, sí que quiero, pero… ¿puedes darme otro beso? Es que si no no me lo creo.

Le da miedo rozar a Nick. No la ha besado a plena luz. Ni siquiera a luz de farola. No se atreve a besarla si le ve la cara. Nick parece pensar lo mismo. Frunce el ceño. Pero entonces cierra los ojos, engancha a Alex por la trabilla de sus vaqueros y tira hasta acercarla a ella. Lo último que Alex ve son esos párpados cerrados mientras Nick frunce un poco los labios y le da un beso. Y Alex piensa que eso es lo más romántico que existe cuando nota que Nick la toca por la cadera y la agarra del trasero. Y piensa que eso sería lo más vulgar que existe de no ser porque es Nick y no cualquier niñato, y después de todo, tiene todo el sentido del mundo porque para eso es la invitación que Nick acaba de hacerle y además a ciertas partes de Alex le gustan muchísimo ese contacto en el trasero, además del beso, claro.

De pronto, Nick se aparta y bebe un trago largo de la botella de sidra, y sin mirar a Alex, se la alarga. Todavía está fresquita. Alex bebe, pero Nick le quita la botella de las manos y vuelve a llevársela a la boca. Es como si tuviera una sed increíble. Bebe tanto que su propio cuerpo se llena y la sidra rezuma por sus labios. Nick escupe junto al fotomatón. Deja la botella casi vacía en el suelo y da una palmada. ¡Venga, vamos! Echa a andar sin mirar atrás. Alex está perpleja. Si no conociese a Nick, y supiese que nada le da miedo, casi diría que también está asustada.

Nick recorría el camino al trote, unos metros por delante de Alex, con el resplandeciente sombrero blanco de cowboy bien ajustado en la cabeza. Daba patadas a una lata de cerveza, una piedrecilla, un cartón abandonado o la rueda de un coche cuando no tenía otra cosa que patear. Por su parte, Alex intentaba caminar en línea recta, pero era difícil por la cantidad de alcohol en sus venas, el hecho de que no conocía bien ese barrio y la presencia de nutridos grupos de adolescentes que también venían de las fiestas —con botellas, petardos, espantasuegras o incluso grasientos minis de salchipapas— y prácticamente interrumpían el paso en las calles, aunque Nick se escurría entre ellos con una facilidad envidiable.

—¡Tíos! ¡Nos hemos ido demasiado lejos, estamos en el oeste! —gritó en una ocasión un chico y señaló a Nick, lo que provocó las carcajadas de sus amigos. Alex se encogió, pero Nick no pareció prestar ninguna atención.

—¡Eh! ¿Cómo os llamáis? ¡Eh! ¡La vaquera! ¡Se me ha escapado un toro!

Nick miró por encima del hombro.

—¡Haz la vaca y ya verás cómo vuelve! —gritó.

Los adolescentes prorrumpieron en chillidos y mugidos. Nick sonrió, pero para alivio de Alex, siguió caminando. Alex dio una carrerita y cogió de la mano a Nick; Nick se soltó, pero le dio una palmada en el hombro, que Alex entendió que era su manera de mostrar afecto. Alex pudo comprobar que las manos de Nick estaban tibias. No. Calientes. No. Ardían. Supo esto último cuando Nick hizo girar la llave de la cerradura de su casa, se quitó el sombrero por primera vez, lo lanzó rodando por el pasillo y le dedicó una pequeña reverencia.

—Adelante.

Entonces posó la mano en la cintura de Alex, y Alex notó el contraste de temperatura entre su cuerpo y el de Nick. Comenzó a temblar de pies a cabeza, pero se dominó y fue capaz de entrar en aquella casa con la mano en la cintura.

Había imaginado el sitio donde viviría Nick, pero nunca antes lo había visto con sus propios ojos. Era un piso estrecho y con zonas a medio pintar; frente al espejo del recibidor colgaba una bombilla sin lámpara. Alex olisqueó. Olía a Nick por todas partes: en el pasillo, en el salón —que tenía sillones verdes y restos de pizza cuatro estaciones sobre la mesita—, y cuando entró en el dormitorio, el olor a Nick era allí tan fuerte que mareaba. También olía a alguien más. Alex trató de concentrarse y se fijó en el tipo de habitación en la que se encontraban: espejo blanco en óvalo, mesita blanca (sucia) con teléfono blanco junto a la cama, cama de matrimonio con edredón.

—Uh… —murmuró, muy consciente del movimiento de la mano sobre su costado—. Esto… Disculpa, pero esto parece el cuarto de tu madre.

—Sí, es que lo es —Nick sonrió y acercó la cara al cuello de Alex—. Pero la cama es más grande.

Alex se puso tiesa como un estandarte y tragó saliva varias veces. Nick interrumpió el movimiento nada inocente de su mano, despegó sus labios del cuello de Alex y confesó:

—Oye, pero que tampoco es el cuarto de mi madre solo de ella. Es decir, yo tengo el mío, pero a veces, algunas veces, duermo con ella y eso. Vamos, que es como si fuera mío también.

—Vale —Alex exhaló—. Intentaré no verlo como una profanación. Sí. No. Es decir. Puedes continuar con lo que estabas haciendo —y estiró un poquito el cuello en dirección a Nick.

Alex había visto el cuarto de Nick al pasar ante su puerta abierta en el pasillo, pero ciertamente no había percibido un olor tan embriagador procedente de allí. Había vislumbrado una minicadena, una mesa de estudio con poca pinta de ser utilizada (con la excepción de unas hojas de cuaderno emborronadas con la letra de Nick, que yacían bajo un diccionario Collins inglés-español), un armario del que asomaba la puntita de una manta y otro que parecía almacenar revistas. Pero a Nick no le había gustado pararse allí y la había llevado rápidamente al otro dormitorio.

Nick empujó a Alex suavemente sobre la cama de matrimonio y metió la mano bajo su camiseta.

—Vale —dijo esta casi sin respiración—. Despacio.

—Despacio.

—Sí.

Pero parecía que Nick había alcanzado por fin el sitio al que quería llegar, y de pronto parecía haberse olvidado de la forma y textura de un pecho a juzgar por la manera obsesiva en que lo tocaba, y Alex no podía pensar en términos de despacio o deprisa con la cálida mano de Nick ahí. Nick. Que no soy yo. Que es Nick. Quizás fuese un efecto colateral del ron con Coca-Cola, pero comenzaba a verlo todo como una película ajena a ella, e incluso le pareció que su (hasta entonces increíble) excitación estaba colocada en algún lugar fuera de su cuerpo, que se había sentado sobre la almohada o algo así y Alex no podía hacer otra cosa más que buscarla a tientas. Soltó un grito cuando Nick pellizcó demasiado fuerte.

—¡Ay!

—¿Te duele? —la voz de Nick sonaba más grave. La excitación de Alex se zambulló de nuevo dentro de ella, tocó la campana de “máximo” y de nuevo se escondió sin que Alex pudiera darse cuenta de lo que ocurría.

—No… Sí. No tan fuerte.

—Va —convino Nick, y bajó por el cuello de Alex para besarla allí. Sana, sana, colita de rana, pensó Alex sin querer, y se horrorizó por pensar esas cosas en un momento como aquél, y se horrorizó por horrorizarse. Empezó a llorar un poco, pero por suerte Nick no pareció darse cuenta de nada.

Nick era una exploradora nata. Tocaba como si quisiera cartografiar el cuerpo de Alex y de una forma que Alex todavía no se había atrevido a hacer con ella. Cuando Alex pensaba en algo que querría hacer, Nick ya lo había hecho, y se entretenía en otro tipo de caricia que dejaba a Alex sin fuerzas para tomar la iniciativa para casi nada. Pero entonces Nick bajó y acarició por encima de la ropa la zona más íntima de Alex. La campana se puso a tocar a rebato. Alex jadeó y rodó para ponerse encima de Nick. Muy bien. ¡Muy bien! Quieres llegar hasta el final conmigo. ¡Soy capaz! ¡Ya verás! ¡Si llevo soñando con esto casi seis meses!

—Espera, no. ¡Espera!

—¿Qué? —murmuró Alex.

—Es que estoy mala.

—¿Uh? —Alex salió por un instante del trance y se incorporó—. ¿Te encuentras mal?

—No, joder. Que tengo la regla.

—Ah. Bueno, pero eso no es problema. Quiero decir, a mí personalmente no me importa —tartamudeó Alex.

—¿No? —dijo insegura Nick.

—Puedo, puedes, es decir. Hay muchas formas. Puedes. O sea. Puedo mirar. Podemos ir a la ducha. Yo hago muchas cosas con la ducha.

De pronto la fina línea entre las fantasías de Alex y la realidad se había roto de tanta tensión, y ninguna de estas sugerencias parecía fuera de lugar. Si estamos haciendo esto, ya qué más da, ¿no? Pero Nick no pareció encontrarlas demasiado alentadoras. Se quitó el pantalón y la ropa interior, eso sí; los arrojó debajo de la cama, y Alex tocó. Estaba húmedo. Olía a menstruación. Los propios muslos de Nick estaban mojados con algo que Alex no sabía muy bien qué era. Vale, quizás no debería haber propuesto tanto…

—Ahí —murmuró Nick—. Mete un poco. Un dedo solo.

Alex apretó los ojos con fuerza e hizo lo que Nick le pedía. Ambas estaban de rodillas sobre el colchón. De súbito, Nick agarró la mano de Alex y empujó con ella hacia dentro, y Alex estuvo a punto de gritar de terror; sintió cómo el dedo resbalaba, cómo los muslos la sujetaban en posición… Nick no la soltaba. Alex notó que ella también se acariciaba por delante. Diría que se está masturbando, de no ser porque está usando mi mano, ¿no?

—Ahí —siseó Nick de nuevo, y se movió algo más rápido.

Se sacudió un poco y se quedó quieta. De súbito, apartó la mano de Alex y se apartó ella misma del cuerpo de Alex, cuya excitación volvió de pronto a colocarse en el correspondiente lugar entre las piernas. Nick resopló y se derrumbó sobre la cama.

—Uf. Dame un minuto.

Alex esperó. A su alrededor no había más que oscuridad. Esperó de rodillas, sin atreverse a moverse apenas por temor a molestar a Nick, a tener otro de sus orgasmos psicodélicos sin poder evitarlo, a hacer cualquier cosa que pudiese romper la fantasía en la que estaba inmersa y de la que se habría resistido con todas sus fuerzas a despertar. Aunque, pensándolo bien, ese sueño había resultado un poco demasiado real; la próxima vez, Alex pensó, se esforzaría por que pareciese menos… terreno. Esperó. Y entonces le llegó el sonido de un suave ronquido.

—¿Nick? —susurró.

Nick roncó otra vez.

—Nick —dijo Alex, más alto.

Nick no contestó. Alex se inclinó sobre ella y la sacudió. Nick emitió un ligero ruido, pero siguió durmiendo. Alex palpó por la mesita de noche junto a la cama hasta encontrar el teléfono, descolgó el auricular y marcó a ciegas un número conocido.

—Urgencias, ¿dígame? —ladró una voz femenina.

—¿Oiga? Mire, es que estoy… —Alex calló un momento—. Mire. Le cuento desde el principio, que será mejor. Estoy en casa de una amiga, y estábamos, bueno, haciendo algunas cosas cuando ella se ha quedado un poco traspuesta.

—¿Traspuesta qué quiere decir? —volvió a ladrar la voz.

—Como dormida. Pero no responde. Mire, ahora estoy hablando con usted y sigue durmiendo sin enterarse. A mí me preocupa que creo que ha bebido bastante, y no sé si algo más.

—¿Pero respira?

—Sí, claro —¿cómo no va a respirar?, pensó Alex. Si no respirase no estaría yo hablando con usted tan tranquila, caray—. Profundo. Vamos, si ya le digo que es como si estuviese dormida.

—Vale. Por lo que me cuentas, tu amiga está dormida.

—Pero oiga, podría estar en coma. Ha sido de repente. Se ha tumbado sobre la cama y adiós.

—¿Qué ha sido lo último que ha hecho?

Alex abrió y cerró la boca. Cerró los ojos con fuerza, a pesar de que no era necesario —porque no se veía nada y porque a la ladrante voz del auricular no le importaba en absoluto si los ojos de Alex estaban cerrados o abiertos— e informó con tono neutro:

—Creo que tener un orgasmo, pero es que ni de eso estoy segura. Y por eso también me preocupo, porque no sé si la actividad, usted me entiende, actividad sexual, ha podido desencadenar cualquier reacción que yo desconozco. Mire, le voy a decir la verdad: tengo diecisiete años, es la primera vez que hago esto y estoy asustada. Y encima es con una chica. Dios, si mi madre se enterase. Usted es médico, podria ayudarme. ¿Sabe que estoy perdidamente enamorada de ella? —Alex abrió los ojos—. Si le ha pasado algo me muero.

Al otro lado del teléfono se escuchó algo así como un gruñido de perro pastor, que fue aumentando de volumen hasta convertirse en algo que a Alex le sonó a una especie de inmensa carcajada contenida. De pronto le dio la impresión de que podía escuchar los sonidos de alrededor, como si alguien hubiese conectado la llamada a un amplificador.

—¿Estás ahí? Mira. Bueno. Si aquí oímos de todo. ¿Diecisiete años, dices? Bien, no te preocupes. A vuestras edades es bastante habitual lo que cuentas, es decir, estar teniendo un contacto sexual y que la otra persona se quede dormida después de un orgasmo. Habitualmente es el chico, pero bueno, por qué no va a pasar entre chicas, qué sé yo —Alex escuchó más ladridos y golpes—. Te diré lo que vas a hacer: vas a dejar dormir a tu amiga, que lo que necesita es dormir la mona, y vas a colgar este teléfono. Y a partir de ahora usarás el cero sesenta y uno para asuntos verdaderamente importantes, como cuando necesites pedir una ambulancia porque tu madre se ha roto una pierna o cosas por el estilo. Y por cierto, tienes razón: mejor no le cuentes nada de esto a tu madre. ¿Te parece?

Alex no pudo contestar. La llamada se cortó. Humillada, colgó el teléfono y se acurrucó al lado de Nick en la cama.

Lentamente, fue transcurriendo el tiempo, y la vergüenza de Alex fue reemplazada por una cierta sensación de irrealidad, hasta que los ruiseñores del exterior cantaron más fuerte y se hicieron visibles las primeras luces del amanecer. Debería llamar a mi madre, pensó Alex con culpabilidad. Pero nada bueno podía salir de una llamada para decir que estaba en una casa de alguien que su madre no conocía y que no se preocupara. Lo mismo su madre había tenido la ocurrencia de avisar a la policía y en esos momentos se hallaban buscándola con coches patrulla y rastreando los fondos del Henares. Entonces su llamada vendría a empeorar las cosas. Se presentarían, con las pistolas desenfundadas, en casa de Nick; Alex abrazaría el cuerpo dormido de Nick en plano medio; se oirían pasos fuera de campo, y su madre asomaría la cabeza por la puerta. ¡Destrucción! ¡Muerte! ¡Mi hija con otra chica! A la madre de Alex seguro que le daría el soponcio delante de los policías. O, a lo peor, no se desmayaba justo inmediatamente, sino que aún le daba tiempo para quedarse mirando a Alex con esos ojos enormes y llorosos —que Alex odiaba porque se parecían a los suyos— en los que se leía con escritura muy clásica: Alejandra, me has decepcionado. De pronto Alex se sentía tan agobiada que hasta tenía ganas de apartarse de Nick. Mamá, espero de todo corazón que no hayas llamado a la policía.

Alex abrió los secos ojos, los cerró y los volvió a abrir. La luz entraba por los huecos de la persiana. ¿Así que me he acostado con Nick?, pensó con incredulidad. ¿A lo que habían hecho se le podía llamar sexo? ¡Me he enrollado con Nick! Eso era suficiente: desde luego incluía lo que había pasado. La luz se abría paso lentamente a través del cuarto; Alex observó con veneración el cuerpo tendido entre las sábanas. Luego miró la pared, y el teléfono. Y entonces vio las manchas.

—Ah, ah, ah, I love you, I’m not gonna cry

Sin darse cuenta, ya había pagado y llevaba las bolsas del Mercadona en la mano. ¿Qué era? Plumcake, o sea Kuchen, leche y magdalenas. ¿Magdalenas? Vaya. Bueno. Después de todo, si tenía Kuchen, Nick seguro que podía pasarse sin magdalenas. Alex reanudó su marcha y pasó por delante del callejón, cuando dos chicos que salían del mismo se cruzaron con ella.

—Sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, síguelo… —cantaba el más bajo, que acompañaba su canción con aspavientos con los brazos. Dio un brinco cuando vio a Alex—. ¡Au!

Alex también se asustó. O mejor pensado, no creía que esa gente se asustase de ella. Aun sin verlos bien, era capaz de distinguir el tufo a tabaco, alcohol y fuegos artificiales de las peñas, en suma: a adolescente venido de las ferias. Era mucho más probable que hubiese querido hacer la gracia. A todo esto, ¿qué gracia tiene hacer que te asustas de alguien?, reflexionó, sin hallar aparente respuesta.

—¡Manu! Querrás ya dejar de hacer el mono de una puta vez —voceó desde atrás una voz de chica.

—Sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, este López.

Alex observó que había dos chicas que seguían a los chavales a corta distancia, una morena y otra pelirroja. ¿Por qué en grupos mixtos las chicas siempre marchan detrás?, se preguntó, y tampoco encontró una contestación satisfactoria.

Pero lo que sí hizo su profunda reflexión fue distraerla del camino recto, y una piedra se las apañó para ponerse en su camino. Alex manoteó, y las monedas del cambio que llevaba en la mano —lo había contado varias veces antes de salir del Mercadona— saltaron por los aires y aterrizaron con un sonido tintineante en la acera y el asfalto. En aquel momento, Alex habría jurado que vio con toda claridad cómo los cuatro adolescentes se detenían en seco y extendían las orejas como las de un perro, en la dirección del sonido del dinero.

Alex recogió a toda prisa las monedas. ¿Dónde está la de cincuenta? Ah, ahí… Entrecerró los ojos y miró en derredor. Faltaban veinte duros.

—Sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, síguelo… —cantaba el chaval, ahora mucho más suave.

Alex carraspeó.

—Perdona.

Nadie le hizo caso, así que insistió.

—¿Qué quieres? —dijo el otro chico. Era mayor y tenía la voz mucho más grave. Alex entrecerró los ojos y los abrió de golpe. No hablar con gentuza del Lianchi. Pero ya había abierto la caja de Pandora.

—Es… mi moneda.

—¿Qué moneda?

—Cien pesetas. Juraría que han rodado por aquí —dijo Alex.

Yo con los niñatos del Lianchi y de Nueva Alcalá y de estos sitios lo que hago es ponerme firme, retumbó en su cabeza la voz de Migue. Les miro así —la mente de Alex proyectó la imagen de su amigo, tratando de mirar por encima del hombro desde su escasa altura— y les digo: tú de qué vas, niño. Que eres un niño. Porque después de todo no son más que criajos y como tal hay que tratarlos. No hay que darles más importancia pa que encima se lo crean.

—Por aquí no ha pasao ná —canturreó el otro chico.

—¿Tú qué pasa? ¿Nos estás llamando ladrones? —dijo la chica de antes. Se acercó a Alex y la miró de arriba abajo. Ahora Alex podía distinguir un lunar que la chica tenía en la punta de la barbilla y que, si Alex no hubiera sido tan alta, apuntaría directamente a su cara como el turbio agujero del cañón de una pistola—. ¿O es que buscas guerra? Di.

—No es mi intención hacer acusaciones. Simplemente creo que… bueno, ha podido ser una coincidencia —Alex tragó saliva—, pero me pareció ver que mi moneda se metía ahí debajo.

—¿Debajo de mi pie? —dijo el muchacho mayor. Levantó la pierna y soltó una risotada—. No, aquí no hay nada.

—En realidad es el otro —explicó Alex, pero la primera chica ya gritaba:

—Esta está mal. Está loca.

—Sigue, sigue, sigue, sigue… oyes, tío, me están entrando ganas de mear —dijo el chico pequeño.

—¿Y quién te lo prohíbe? —respondió el mayor.

—Tú has llamado a mi hermano ladrón —la chica le dio un empujón a Alex—. ¿De dónde has salido tú, a ver?

—Esta viene del Mercadona —intervino entonces la chica que aún no había hablado nada, la morena—. Oye, ¿tienes un cigarro? —y se llevó un pañuelo a la nariz como si de pronto le sangrase.

—¡Cállate, Carmen! —berreó la primera chica—. Di, cosa: ¿tienes cinco duros?

Alerta: amenaza de seguridad, saltó el dispositivo de Alex, fielmente inspirado en los sistemas de la Estrella de la Muerte de La guerra de las galaxias. Frente a ella se alzó de pronto la imagen de Cheli. Cheli le sonrió, se puso las gafas oscuras y moduló su rostro en su mueca de desdén para espantar pretendientes, amigos de lo ajeno y chusma variada. Yo si uno de esos me pide cinco duros, no se los doy. Seguirles la corriente es lo peor que se puede hacer. Les dices: paso, y te vas. En mi barrio hay muchos de esos, yo estoy acostumbrada.

—No. Paso —dijo Alex.

—¿Y diez? —preguntó el chico mayor.

—Pero cómo que no —la chica pelirroja volvió a empujarla—. Si te has echao las monedas al bolsillo, que lo he visto yo.

—Pero tampoco era mucho —metió baza Carmen de nuevo, con el pañuelo en la nariz—. No eran ni doscientas pesetas.

—¡Cállate, Carmen! —bufó el mayor.

La pelirroja le dio una colleja a la morena, que soltó un grito.

—¡Ay, Nata, tía, que duele!

—¡Te jodes!

—Sigue, sigue… guau —el chico pequeño recogió el pañuelo de la morena del suelo y se lo puso en la nariz del mismo modo—. Bueno, yo voy a mear.

—¡Devuélveme mi pañuelo!

El chaval se echó a reír y se puso a hacer pis junto a la rueda de un coche aparcado, con el pañuelo apretado en la nariz. La morena no se atrevió a acercarse. Alex miraba al chico mayor, miraba a la pelirroja, y no sabía cómo salir de aquel embrollo.

—A ver —comenzó de nuevo con buen tino—. Las monedas son mías. Bueno, esperad. Es que no. Son de otra persona. Me gustaría…

—¡El bolsillo! —dijo Nata.

—… me gustaría mucho recuperarlas. O, al menos, conservarlas. Las que tengo, quiero decir.

Dio unos pasos atrás. Nata avanzó; el chico mayor dio un certero taconazo y atrapó la moneda que había estado pisando. Alex no podía ver bien sus ojos, pero no le gustaba lo que intuía en ellos. Ante ella apareció la imagen de Jorge, todo gafas, camiseta negra y pelo largo, lo más parecido a Alex que ella había encontrado en el instituto. Jorge la miró comprensivo. Yo a mí si me viene gentuza, no me lo pienso dos veces. Que digan lo que quieran. Yo corro.

Alex se dio la vuelta y puso en práctica el consejo de Jorge. Lo que en apariencia él no le había contado era que a veces la gentuza está avisada sobre dichas prácticas. Y se ponen a gritar como indios cherokees a cuatro bandas, mientras corren a toda pastilla detrás de ti.

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Acerca de Rain Michael

El numen cacumen detrás de RainMichael.Com. Esa que es artista, cuentista, partidista y un montón de cosas más que acaban en -ista. La autora de Un pavo rosa, Las chicas de Gaylands y demás novelas sobre chicas adolescentes que hablan mucho, piensan un poco y suelen querer irse a la cama unas con otras. Lee más sobre mí aquí o contáctame. No muerdo... salvo si me lo piden.
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