—Estoy segura de que podemos llegar a un acuerdo —aseguró Alex, y aunque su voz sonaba como siempre, todo su cuerpo temblaba.
Por un instante coleteó en su cabeza la idea de que fuese verdad. Después de todo, ¿quién querría hacerle daño a una persona que va tranquilamente por la calle sin meterse con nadie, canturreando canciones escritas por Kurt Cobain? Es de locos. Alex no se metía (al menos de forma grosera y a la cara) con nadie, ergo no esperaba que nadie se metiese con ella. Lástima que la lógica de Alex se hubiese revelado tan endeble en los últimos, digamos, trece años.
Además, la chica pelirroja no parecía entender mucho de la verdadera personalidad sensible y curiosa de Kurt Cobain, y ahora estaba tan cerca que Alex no sólo podía ver el lunar, sino también oler su aliento a “buenos días Alcalá” y a alcohol reconcentrado. Menos mal que Nick no olía así ayer, pensó tontamente; en cualquier caso, era Nick y el aliento de Nick, que merecía ser embotellado. Alex miró a izquierda y derecha. Los chicos bloqueaban el paso. Alex carraspeó.
—Después de todo, somos personas civiliza… —y se dobló del dolor; la pelirroja, Nata o como se llamara, le había soltado un directo en la boca del estómago—. ¡Ay, Nick! —la chica rebuscaba a tirones en su bolsillo—. ¡Soco—ooough! —Nunca más pensaría que las mujeres peleaban a grititos y arañazos. Esta chica tenía combinadas la fuerza de Buffy y de Xena.
Alex agarró la mano de la pelirroja para salvaguardar su integridad monetaria, pero esta la golpeó en la cara con uno de sus anillos. Alex sintió dolor y tropezó con la bolsa. Se apretó contra el cristal de la puerta del portal, mientras el chico pequeño rebuscaba en su otro bolsillo.
—¡Niiiiick!
—Suelta —decía la niñata—. ¡Suelta o te doy otra vez!
Cumplió su amenaza. Alex sólo pudo pensar que tenía suerte de no llevar puestas las gafas. De pronto tuvo muchas ganas de estar en su cama, la de su casa, desayunando tranquilamente con un Cola-Cao caliente y el pijama puesto, mirando con ensueño a los ojos de Luke Skywalker en el póster que tenía colgado en la puerta, y no bajo el sol de Nueva Alcalá mientras recibía una paliza por parte de cuatro matones. Alguna parte oscura de su mente, quizás aquella que había encarnado la imagen de Alex desde los once a los quince años, la regañó con la voz cavernosa de monseñor Sebastián: ¿lo ves? Esto es lo que pasa cuando desobedeces a tu santa madre. Alex golpeó el cristal.
—¡NICK!
De pronto, la puerta se abrió y Alex cayó hacia dentro del portal. No lo pensó dos veces. Cuando vio aquella figura envuelta en el enorme albornoz, podría haber sido San Pedro bendito. ¡Alex también tenía que preocuparse de vez en cuando por su seguridad! Veloz como el viento, se refugió detrás de ella.
—¿Qué c…? —dijo desde algún lugar la voz de Nick.
La chica había estirado el puño para darle otra torta a Alex; Alex sintió que el terrible anillo impactaba contra la cabeza de su protectora. Algo se sacudió dentro de ella. Ella era de constitución delicada y físico quejoso, cierto, ¡pero estaban pegando a Nick! ¿No era esa razón suficiente para desdeñar, cual Luke Skywalker, sus propios problemas y pelear? Alex libró una dura batalla consigo misma y al fin emergió, temblorosa, con los puños fuera. Dispuesta a usarlos si hacía falta.
Pero por entonces Nick había experimentado una transmutación. Al recibir el puñetazo, había sido como si algo se activase de pronto en ella. Round 1. Fight! Alex recordó sus sesiones de Street Fighter junto a Jorge y no supo decidir si Nick se parecía más a Dhalsim, a Guile o a Chun Li; peleaba con manos, piernas y dientes a la vez, azotando sin discreción todo lo que se pusiera en su camino. Pasó por encima de Nata y del llamado Manu y se arrojó directamente sobre el chico mayor. Lo empotró contra el capó de un coche, se puso sobre él y, de repente, se detuvo. A su alrededor, el resto seguía gritando.
—¿Richi?
—¿Nica? —balbució el muchacho, y estiró el cuello—. Hostia. Qué vista más buena.
El coro se calló. Nick puso los pies descalzos sobre la acera y Richi se estiró la camiseta. Alex no sabía si bajar los puños, y aparentemente, la pelirroja, que todavía la tenía agarrada de una manga, tampoco.
—¿La meto, Richi? —preguntó el chico pequeño, que se acercaba a Nick con la mano extendida.
—No —contestó este—. No se pega a las tías —y se dirigió a Nick—. ¿Qué pasa? ¿Tenemos ganas de practicar un poco el boxing?
—Si a mí me toquing, hay boxing —respondió Nick, y Alex no entendió nada, salvo que conocía a esos malnacidos—. ¿Qué hacéis aquí?
—Nosotros veníamos de las fiestas. Oye, buen vestido, en serio.
—Pues no veas cómo mejora al natural.
¡Eh! ¿Y qué más?, tuvo ganas de gritar Alex. Esta mujer me estaba haciendo una cara nueva. Pero no le dio tiempo, porque justo la pelirroja intervino, y por su tono de voz, Alex tuvo claro que no le caía demasiado bien Nick:
—¿Qué tal, Verónica? Cuánto tiempo. Ya me han dicho que ayer noche te lo pasaste así como mu bien.
Alex pudo ver cómo la sangre abandonaba el pálido rostro de Nick. Compartieron una rápida mirada, Alex juró “yo no he sido” con los ojos, y Nick volvió la vista a la chica con cara de desprecio.
—¿Y a ti quién te ha contao eso?
—Oh. La Tore. La Tore que ve muchas cosas. Creo que se lo podrás preguntar cuando la veas.
—Pues ya te digo que se lo voy a preguntar.
—Encantada estará —Nata soltó una risa—. Me parece que la ha agradao un montón, aunque tendrás que pedirla que te lo confirme.
Alex tenía que hacer un esfuerzo para entender a la chica y a la propia Nick cuando hablaban. No parecían pronunciar, sino masticar las palabras y escupirlas. El chico mayor intervino:
—¿Y vosotras dos, de qué os conocéis?
Alex habló, pero Nick también lo hizo:
—De ayer en las ferias.
—Del insti.
—Eso, de las ferias y del insti.
Alex comprobó que el chico la miraba y se encogió. Pero entonces fue consciente de que alguien más estaba mirándola con mucha atención: la chica morena, que hasta ese momento había permanecido más al margen. Se había vuelto a poner el pañuelo en la nariz y, por encima de él, las miraba alternativamente a ella y a Nick, mientras aspiraba con fuerza. Por primera vez Alex fue consciente de que ese pañuelo no tenía nada que ver con ningún resfriado.
—Están súper bien las ferias este año, ¿no? —dijo con voz gangosa desde detrás de la tela—. Los nuevos coches de choque que han puesto molan un huevo.
—¡Que te calles, Carmen! —Nata le dio un empellón y le arrancó el pañuelo. Se lo puso en su propia nariz y aspiró.
—Este año mola la nube —dijo el chico pequeño, Manu—. Sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, síguelo… Hosti, tú. Tengo ganas de mear otra vez. Será que me he quedao a medias.
—¿Y qué haces ahora, Nica?
Ese había sido el chico mayor.
—Pues… ná. Nada especial. Aquí con esta —a Alex no le gustó esa denominación—. ¿Tú qué? Ya veo que te lo pasas bien.
—Psé. Ahora voy pal curro.
—¿Que tú estás currando? —Nick se rió.
—Si soy técnico —respondió el chico, dándose importancia—. Técnico reponedor de productos de alimentos. En el Simago.
—Qué fuerte. ¿Y hasta qué hora curras?
—Las cinco, las seis, depende del día.
—Es que los lunes no está el jefe y se pira antes —informó la chica morena. El chico alargó la mano y le dio una colleja.
—¿Te quieres callar la boca de una puta vez?
—¡Pero si no he dicho ná! —sollozó la morena, Carmen.
—¡Hala, Richi! Has dicho que no se pega a las tías —el chico pequeño volvió, abrochándose la bragueta.
—Esta sólo es tía en apariencia.
—Entonces me apunto —celebró Manu, y pegando un salto, le dio una colleja a la morena tan fuerte que casi la tira. Alex sintió el dolor en sus propias carnes. Carmen se echó a llorar.
—¡Ya vale!
Salió corriendo, entre las risas de los otros. Manu le quitó a Nata el pañuelo de Carmen. “¡Niño!”. A Alex le dolía todo el cuerpo, y sobre todo, no tenía ningunas ganas de ver cómo continuaba la conversación entre Nick y… Richi o como quiera que fuese el nombre de ese tipo salido del arroyo.
—Nick —dijo—. Hay que subir las cosas. O lo que quede de ellas. Y esta me ha quitado el cambio —señaló a la pelirroja.
—¿Quién, yo? Qué mentirosa. ¿Qué buscas? ¿Guerra?
—Natalia, devuélvele el dinero —ordenó Richi.
Natalia abrió mucho la boca. Sin mirar a nadie en particular, se sacó las monedas del apretado bolsillo y las puso en la mano de Alex. Nick miraba a Richi. Richi miraba a Nick. Y Alex estaba a punto de ponerse enferma.
—Pos ná —Richi se encogió de hombros.
—¡Pos ná! —Nick imitó el deje y el gesto a la perfección—. Ya nos veremos. ¿Así que ahora te vas a currar?
—Sí.
—Pues nada. Que te vaya todo bien.
—Y a ti también. No te cambies mucho de ropa.
—Sólo cuando empiece a apestar.
Nick sonreía. Richi hizo un gesto y comenzó a andar; Manu lo siguió, pero Natalia se quedó unos instantes con la mirada fija en Nick, desafiante. Después se dio la vuelta y fue detrás de ellos. Nick continuaba sonriendo cuando se topó con los ojos de Alex. Su sonrisa se borró.
—¿Qué pasa?
—Nada —respondió Alex, indolente, e hizo una pausa—. Digo yo, si esto pasa en los libros y en las películas por qué no va a ocurrir en la vida real. Pero, por supuesto, tú eres libre de hacer lo que quieras. ¡Qué va! ¡Nada! —agitó las manos—. No pasa absolutamente nada.
—¿Eh? Pero si yo…
En ese momento, una nube de humo acarició la delicada nariz de Alex.
—A los buenos días. ¿Qué tal estamos, Verónica?
Nick miró hacia la ventana y tardó en contestar.
—Buenos días.
—Bonito albornoz.
—Gracias —dijo Nick, y empujó a Alex dentro del portal—. Tú no le habrás dicho a ese viejo verde cómo me llamo.
—No recuerdo.
Nick se quedó parada, con los brazos cruzados. Abrió la boca como si quisiera decir algo, pero se contuvo. Emitió algo parecido a un suspiro.
—Vale. Vamos a subir para arriba un momento y nos sentamos, que me da que tú y yo tenemos que hablar sobre todo esto de los tíos y de las tías. Que no estamos muy en sintonía, diría yo. ¿Dónde tienes las madalenas?







