Un pavo rosa. Acto I, capítulo 5: Nick

—Espérate un minuto, que me vista —había dicho Nick, y Alex se había quedado frente a la ventana del salón.

Pero Nick no dejaba de tener la impresión de que un ojo azul la espiaba por la rendija de la puerta de su habitación, así que la cerró. Después de todo, esta tía ha estado hurgando por todas partes. Puso la silla de su escritorio contra el picaporte, abrió el armario y se quitó el albornoz. Soltó una palabrota. ¿Podría dejar de sangrar como un cerdo allá donde voy? Nota mental: lavar albornoz. P.D.: Lavadora ocupada. Comprobar si el futuro bote de Herbal (recordar nota mental anterior) también vale para esto. Arregló como pudo el desaguisado y se vistió con ropa limpia. Se puso de puntillas y se miró en el espejo del armario. Empicotaos como piedras. Decidió ponerse otra camiseta menos reveladora, pero no encontró ninguna que fuera de su agrado. Esta me hace gorda. Con esta parezco una secretaria como mi madre. ¡Esta la llevaba cuando iba a entrenar con Nuria! La montaña de piezas de ropa sobre la colcha fue creciendo, hasta que en el armario sólo quedaron dos camisetas.

Cuando Nick regresó al salón, con los rostros de los Backstreet Boys estampados sobre la negra superficie de su vieja camiseta, Alex no se había movido. O eso parecía. Tenía las manos metidas en los bolsillos y miraba hacia los edificios de ladrillo de fuera. Nick fue rápidamente hacia la tira de fotos del fotomatón, la agarró y se la metió en el bolsillo. Nota mental: recordar: vaciar bolsillos antes de lavar pantalones. Mi vida corre en un tambor de lavadora.

—Bueno —comenzó. Aquello no iba a ser fácil.

—He puesto el café en un par de vasos limpios —dijo Alex, y señaló con la cabeza a la mesa baja, donde un par de moscas se daban un banquete con lo que quedaba de la pizza de Nick del día anterior—. Con leche para mí y solo para ti. Aunque deberías tomarlo con leche, si quieres mi opinión. El café solo es por propia naturaleza muy indigesto. Y al lado está el plumcake. Yo ahora mismo no tengo mucha hambre.

Nick se sentó en su sitio del sofá, con las piernas sobre el asiento. Tomó uno de los vasos. Alex dio un rodeo y se sentó en el chirriante sillón de su madre. Nick dio un sorbo y tragó. No es whisky, pero tendrá que servir para inspirarse.

—A ver —dijo—, tendremos que hacer esto rápido porque mi madre va a venir en, no sé, antes del mediodía. ¿Qué hora tienes?

Alex consultó su reloj digital. Nada menos que un Casio Data Bank, la piba esta. Las cejas de Nick se enarcaron sin quererlo.

—Aproximadamente las diez y media.

—Bueno. Mira, lo mío con las tías es algo muy reciente. O yo qué sé, quizás no tanto. Pero simplemente, que bueno, por que a veces pasen cosas eso no quiere decir nada malo, ¿no?

Alex la miraba por encima de su vaso de café.

—No, claro —contestó en voz baja.

—Eso mismo. Pues por que pasen cosas tampoco quiere decir, no sé, que tú aparezcas por la puerta con un ramo de flores y nos vayamos a casar…

—¿Quién era el chico de abajo?

—¿Quién?

—El Richi —dijo Alex con retintín.

Nick dio un brinco para cambiarse de postura.

—Pues un novio —contestó.

El azul de los ojos de Alex se tornó gris tormentoso. A Nick le dio la impresión de que iba a dejar caer un rayo encima de la alfombra (nota mental: aspirar la alfombra. Sí, bueno, mañana). El reconcome que sentía se hizo más molesto a la altura del estómago. O quizás fuese el café, que ese día estaba de todo menos en su punto.

—Es decir, un novio-novio ahora mismo, no —aclaró—. Lo fue.

—Entonces es un ex novio.

—Psí.

Nick trató de recordar. Realmente, Richi y ella nunca lo habían dejado. Bueno, sí. Ella le dijo que cortaba. Pero él le pidió que volvieran. Pero ella volvió a cortar. Pero él se lo pidió otra vez. Nick se perdía. De cualquier manera, tenía almacenada en su archivo mental la película en la que ella y Richi subían al piso del tío de este y se magreaban encima del mostrador de la cocina, y eso, desde luego, había sucedido cuando se suponía que ambos no eran nada el uno para el otro.

Richi había aparecido un día con Natalia, mejor dicho, una noche que todos estaban desperdigados sobre los cacharros medio rotos de los niños en el parque de los patos. Traía los bolsillos llenos y enseguida se formó un corrillo en torno a él. Richi cobraba primero y luego repartía, y después contaba los billetes uno a uno. Nata le miraba por encima del hombro.

—¿Y a mí, no me haces descuento?

—¿Por qué?

—Joder, soy tu hermana.

—El día que yo llegue a casa y no me encuentre los cartones de la píldora o tres condones usaos en el contenedor de enfrente, ese día te hago descuento —Richi dio un manotazo a Natalia, que pretendía comprobar uno de los billetes—. A veces no sé quién es peor, si la Carmen o tú. Cada una con lo vuestro, me ponéis negro.

—¡Eh, Richi, Richi! —llamó Manu desde la distancia—. ¡Mira lo que hago!

Estaba encima del tobogán. Se tiró con fuerza y salió despedido, puso un pie en el suelo y se golpeó con la cabeza contra la farola. El ruido retumbó por el parque como una campanada. La gente, menos Richi, se echó a reír; Manu se tambaleó un poco, mareado pero sonriente.

—¡Niño, ya está bien, que te vas a quedar tuerto del otro ojo! —berreó la Natalia, y fue a buscarlo para darle una colleja. Nick se quedó frente a frente con Richi. Él la examinó con la mirada.

—¿A ti qué te pongo?

Nick no estaba muy segura.

—¿Cuánto es el mínimo? —preguntó.

—Tres —se tocó el otro bolsillo—. También tengo costo. Una china sólo te vale mil —Richi hizo algo así como guiñarle un ojo—. Te la dejo en novecientas.

Aquel gesto hizo que Nick se sintiera con más confianza en sí misma de lo que se había sentido en los últimos meses. El viernes que viene lo volvió a ver, y Richi se había cortado la coleta. En su lugar, se había echado algo parecido a mechas rubias por el engominado pelo negro, un poco desgreñado. Nick se sentó en un columpio y se puso a observarlo mientras daba vueltas a las cadenas. Más allá de lo que alcanzaba su campo de visión —salvo por sendos pares de pies enfundados en deportivas sobre el asiento del banco—, la Tore y el Rafa estrenaban su amor recién descubierto esa semana. Zorra, pensó Nick. Ya sabía yo que en cuanto te liaras con él me ibas a dejar tirada.

—¿Te gusta mi hermano? —preguntó entonces una voz junto a Nick.

Nick echó un vistazo. Natalia sostenía un cigarro entre los dedos. Alargó la mano, se lo cogió y le dio una calada.

—¿Por qué me iba a gustar?

—Porque tú a él le molas.

—¿Y eso? ¿Te lo ha dicho o qué?

Natalia chasqueó la lengua.

—Pero yo conozco a mi hermano y lo veo bastante pillao.

Nick echó un vistazo en derredor. A su derecha, Manu hacía una de sus salidas del tobogán y aterrizó contra la farola con un sonoro dong. Los chavales sentados en los respaldos de los bancos se rieron; incluso Tore y Rafa abandonaron su posición horizontal unos momentos para echar un vistazo. Manu se frotó la cabeza e imitó al Pájaro Loco.

—Es un poco pequeñajo —dijo Nick.

—No el Manu, idiota —la voz de Natalia se había vuelto áspera—. El Richi —y le quitó el cigarrillo de las manos a Nick.

Nick se sujetó de la cadena enredada del columpio y trató de trepar por ella. Nata seguía esperando una respuesta. La miraba desde abajo con desdén, incluso con asco. ¿Qué pasa, Nata? No te caigo bien. Te jodes. Te jodes porque encima le molo a tu hermano. ¿Os pensáis que sólo vosotras podéis liaros con uno distinto cada noche, que sólo tú les molas a los tíos? Yo soy un diamante en bruto, que lo sepas. Y soy mejor que tú en todo. Sólo hay que saber apreciarlo. (Nota mental: se ve que por fin están comenzando. Eliminar nota mental a la voz de ya.)

—No está mal —dijo al fin Nick, que había llegado a la barra superior del columpio—. Pero se da el caso de que no es guapo. Y yo me los busco guapos.

Natalia se rió fríamente.

—Como lo veas. El próximo guapo con el que te enrolles, me avisas.

—Lo haría, pero es que no eres mu de fiar —tensó la conversación Nick, pero en ese momento se oyeron unos gritos provenientes de un banco cercano.

—¡Eh, Nata! ¡Nata! —los chicos agitaban los brazos, sacudían las caderas y hacían gestos de todo tipo—. ¡Pásate por aquí, anda, que sin ti está esto como mu aburrío!

Natalia abandonó a Nick y trotó con gracia hasta allá. Los chicos la recibieron con alegres rebuznos. Nick se descolgó de la cadena del columpio y se dio un paseo por alrededor. ¿Dónde está este? Echó un vistazo detrás de la fuente y se topó con alguien que parecía el Richi. Estrujaba el cuerpo de una chica contra el tronco de un árbol; Nick sintió como si le diesen una patada. Pues vaya. Caminó arrastrando los pies hasta regresar al banco de Tore y Rafa y se sentó de un brinco en el respaldo.

—Hey, Nica —la Tore levantó la cabeza. El Rafa, que estaba debajo, apartó un poco las manos de su trasero, tampoco demasiado.

—Hey, Tore.

—¿Qué pasa?

—No tendrás un cigarro. O mejor aún, un tripi. ¿Sabes quién puede tener tripis? O que sepa quién los puede conseguir. Que esté cerca.

—Pues como no sea el Richi —respondió Tore, mientras el Rafa le besaba el cuello—. Qué machine, el tío. Va cargado hasta los topes, ni que fuera un agente secreto. ¿No te gusta?

—¿Tú estás mal? Yo paso. A mí esas cosas no me dicen ná, y el Richi es, yo qué se, mu feo. Anda, pásame un piti, que yo te dejé el otro día. Los tienes en el bolsillo de atrás. Y un mechero, porfis. ¿Me lo enciendes?

—¿Verónica, no tienes nada que hacer? —dijo Rafa.

—Pos no —Nick soltó el humo poco a poco—. Esta es una noche la mar de aburrida. ¿Por qué no nos vamos al Lenon? O podríamos irnos a Radikal. Nos pillamos el tren…, bueno, a esta hora ya no hay… Pillamos un tequi de estos y nos vamos pa Torrejón.

—Yo a Radikal no voy con estas pintas —protestó Tore, que de pronto se mostraba menos interesada en darse el lote con Rafa, y se miró un poco de arriba abajo—. Además, paso de meterme en follones. El otro día me contaron que hubo mazo de bakalas que salieron mal de una pelea que hubo por allí.

—Los bakalas dan asco en general —intervino Rafa.

—Y a este lo mismo le curran por ser negro. Que no, tía.

—Vale. No os pongáis así. Si yo también soy rapera como vosotros —aseguró Nick.

—¿Rapera de los Backstreet Boys? —gruñó Rafa.

—Oye, Rafa —Nick dejó caer la ceniza y lo miró mal—, si tienes algún problema conmigo me lo dices, ¿eh?

—¡Ninguno! Si yo sólo lo digo por la camiseta que llevabas el otro día. Namás. Bueno, y que estás aquí tocando los cojones a dos manos, porque qué quieres que te diga, me das un poco de pena, ¿eh?

—Ya vale, no te pases —intervino Tore, pero Nick ya había vuelto a poner los pies en el suelo. Enfadada, se alejó de allí. No hay ná como las amigas. Y los novios de las amigas. Esa puta Nuria Monago con el niñato ese del Migue. Menos mal que yo ya no espero nada de nadie. ¡Nada!

Se tropezó con el Richi, que volvía de detrás de la fuente.

—Hola.

—Tú déjame pasar.

—Espera —el Richi la detuvo con la mano—. Yo quería decirte algo.

—Dime.

—Vamos un poco más pallá —ambos avanzaron unos metros y se detuvieron en una zona mínimamente oscura—. Tú eres amiga de Natalia.

—Bueno, más o menos —contestó Nick—. Soy amiga de Tore.

—Yo soy el Richi.

—Yo soy la Verónica.

—Me molas, Verónica.

—¡Joder! Tú también a mí.

Eso ha sonado a desesperación, pensó Nick. Pero nunca le había gustado dar vueltas a las cosas cuando se podían hacer la mar de simples. El tonteo estaba bien si, y sólo si, era un paso previo a conseguir lo que una quería. Al menos, eso era lo que pensaba entonces. Y no estaba una como para desaprovechar oportunidades, sobre todo si venían en la forma de tíos con mechas rubias y vale, guapo guapo no era pero desde luego tampoco feo para nada, y entonces sonrió y Nick sintió que algo se le arrugaba dentro del estómago, y le dio un beso y Nick estaba haciendo palmas con las orejas y maldita sea mi madre está hoy en casa y el tío era el tío más bueno y más cojonudo que se había echado a la cara y sería por todo lo que llevaba encima ella o él pero desde luego este Richi, este Richi tenía algo mágico en torno a él. Porque Nick nunca había sentido que las farolas se apagaban cuando alguien la besaba. Como mucho, una vez se había roto una de verdad por una piedra que habían lanzado.

—¿Quieres salir conmigo? —preguntó él después.

—¿Va en serio?

—¿Tú qué crees? —susurró Richi.

Pues que creo que mejor me ahorro lo de que nunca he salido con nadie, se dijo a sí misma Nick, mientras repasaba mentalmente su lista de diversiones/rollos/líos de una noche/líos de dos/estúpidos amores frustrados que no le interesan a nadie.

—Creo que estás de coña.

—En serio, tía.

—Si te estabas enrollando con la otra.

Richi se encogió de hombros.

—Ah, sí, se puso a tiro… ¿y qué? Mira, yo soy un cazador. Eso que te quede claro de antemano. Soy un tío de los pies a la cabeza. De espíritu salvaje. Pero eso a vosotras en el fondo os gusta —Richi le cogió el cigarrillo de las manos y se apartó—. Tú me dirás si te compensa.

Nick se quedó patidifusa. Evidentemente, sí, le gustaba. Nunca había conocido a un tío así, al menos no en esa dosis. Richi era auténtico: independiente, orgulloso y caradura. Justo lo que ella quería ser. Se acercó a él, volvió a tomar el cigarrillo de sus dedos y se lo llevó a los labios. Un cigarro es lo mejor para calmar los nervios. El corazón le latía tan fuerte que creía que se le iba a salir por la boca.

—Yo soy una cazadora —dijo, soltando el humo de una forma que sabía que podía resultar sexy—. Un espíritu libre. Vive y deja vivir es lo mío. A mí nadie me dice lo que tengo que hacer.

—¿Sí? —Richi le cogió el cigarro y se lo puso en la comisura de la boca—. Ya te domaré.

Cuando regresaron al bullicio, sus manos agarradas sellaban un pacto. Y Nick se sentía increíblemente bien, genial, no cabía en sí de excitación y de orgullo —chúpate esa, Natalia—, porque se veía de lejos que el Richi podía conseguir a cualquier tía, a la del árbol y la del sube y baja y la de más allá, pero la había elegido a ella. Porque soy un diamante en bruto, pensó Nick. Sólo hace falta que alguien tenga los huevos para descubrirlo.

—De mantequilla.

—¿Cómo dices?

Alex se cambió de postura en el sillón.

—Me fijé en que el plumcake, es decir, el Kuchen, fuera de mantequilla. A mí personalmente me gustan más los que llevan pasas, pero respeto tu preferencia —se frotó la mejilla de forma algo compulsiva—. Menos mal que he recuperado mis gafas. Sin ellas me siento indefensa ante el mundo. Y me duele toda la cara por los puñetazos que me ha pegado esa chica, tu amiga o lo que sea.

Nick volvió en sí.

—La Natalia no es mi amiga. Siempre le he caído como el culo.

—Bueno. Hay amistades que surgen de la forma más estúpida. Fíjate en Cheli y yo. ¿Nadie diría que tenemos nada en común, verdad? Pues somos amigas desde hace ya como dos años. Claro que Cheli no va por ahí metiendo la mano en los bolsillos de nadie, ni golpeando a la primera persona que se encuentra por la calle, al menos que yo sepa. Y a mí no me gusta el hermano de Cheli. Por otra parte, sólo tiene una hermana.

—Ah —dijo Nick, y trató de retomar el hilo—. Mira. Justo eso. Lo que te quería decir es que, yo no sé tú, pero a mí no me dejan de gustar los tíos por esto. Por lo que hayamos hecho, quiero decir.

—No es un problema —Alex se encogió de hombros—. Alfred Kinsey concluyó ya a principios de siglo que esto de la sexualidad era un asunto muy fluido. No seré yo quien juzgue a nadie.

—Y… —Nick hizo una pausa—. Tú, claro, sabes lo que es un rollo.

—Claro, claro que sé —convino Alex—. Si he tenido…, sí, como ya te dije, varios de esos. Sí. Claro está que la palabra rollo es bastante indefinida, ¿no? Un rollo continuado podría ser lo que tuviste tú con el energúmeno ese de abajo, que a ti no sé, pero a mí me ha parecido, hum, bastante rollo en sí mismo. Y en cambio, lo que hicimos anoche, bien, pues según como se mire también puede ser un rollo. Lo siento, pero es que no me gusta nada la palabra. Tiene demasiados matices.

Nick empezaba a sentirse agotada.

—Pues uno de esos matices es importante. Además, mi madre está al llegar, seguro que viene enseguida.

—Por otra parte, el café está realmente bueno —pió Alex—. ¿De qué marca es vuestra cafetera? En casa tenemos una americana. Un trasto, sinceramente. Siempre le he dicho a mi madre que las cafeteras italianas son mejores. Pero vaya, en este país, donde ni siquiera saben que el bizcocho se llama Kuchen

—¿QUIERES CERRAR EL PICO CON LA MIERDA DE LA CUJEN DE UNA VEZ? —aulló Nick.

Se hizo el silencio. Por primera vez, Nick se fijó en que Alex tenía en la mano un cuchillo del pan y abrió mucho los ojos. Alex hundió el cuchillo de forma vertical en el bizcocho de marras, hasta que este golpeó contra la mesa, y le devolvió la mirada. La tormenta había estallado. De pronto, Nick se sintió mal. Peor que mal. Nota mental: pensar antes de hablar. Puf. Paso, ya esta edad no voy a cambiar.

—Lo siento —escupió—. Pero no podía más.

—Déjalo —respondió Alex, con la voz temblorosa—. Estás muy enfadada. Yo también lo siento.

—Pero no tenía que haberte gritado. Tú eres como eres, y oye, me parece de puta madre como eres, lo digo en serio. Eres una tía muy… —Nick hizo el esfuerzo de pensar antes de hablar—, muy especial. Lo que pasa es que yo me cabreo enseguida. Y hoy estoy especialmente sensible. Ya está.

—No está. Tenía que haberlo imaginado antes —Alex suspiró y se frotó los párpados—. Va a ser que mi madre tiene algo de razón. Ella siempre dice que pongo mis necesidades por encima de las de los demás. Que actúo como si el mundo no existiera. Imagino que se refiere al mundo exterior, porque ella siempre anda metiéndose con los mundos que a mí me gustan, el rol, mis libros, los videojuegos, todo con lo que yo sé manejarme. Y ya lo sé —Alex hizo un gesto de desesperación—. Tengo que fijarme más en lo que las personas necesitan y en lo que sienten, sobre todo si se supone que las quiero. ¡M—mierda! Te aseguro que lo pensé. Nada más salí del Mercadona. Me dije: “Alex, Nick querrá sus magdalenas”. Y seguí andando. ¿Por qué? Porque creí que no te importaría. Y, en realidad, a la que no le importaba un pimiento era a mí. Mierda. Lo siento de verdad. Ahora sí que me duele la cabeza.

—¿Quieres un Gelocatil?

—Creo que necesito dormir.

Alex puso la cabeza entre las rodillas. Nick no supo qué hacer. Cuando su madre se ponía en esa postura, solía ser después de una de sus sesiones de quejas constantes contra el mundo. Los tíos son todos unos cerdos, nadie vale la pena, tengo una hija que no vale para nada. Cuando esas cosas ocurrían, Nick simplemente la ignoraba. Tomaba el mando a distancia y encendía la tele. Un poco por inercia, eso fue lo que hizo, y en la pantalla aparecieron un montón de patinadores dando palmas.

—¿Qué es eso? —preguntó Alex, levantando la vista.

—Es que estaba puesto el vídeo —explicó rápidamente Nick.

—No, espera. ¿No es esa la película de Xanadu?

—¿Sí? No sé —mintió.

—Sí, lo es. Me gustaba muchísimo de pequeña —Alex se inclinó hacia delante—. Bueno, de pequeños, ya sabes. No tenemos ni idea de lo que significa la palabra hortera.

—Me imagino —Nick jugueteó con los botones del mando y echó un vistazo a la pantalla, sin decidirse a quitarla—. Yo también le tengo mucho cariño.

—Qué mona es Olivia Newton-John.

—Ya te digo.

Nick fue consciente de lo que había dicho y, sobre todo, el tono con el que lo había dicho. Sin poder evitarlo, enrojeció un poco y miró a Alex. Alex le dedicó una sonrisa y volvió la vista a la televisión. Xanadu, Xanadu, cantaba Olivia, toda brillantina y felicidad. La cabeza de Nick sentía ganas de tararear, y eso fue lo que hizo. Puede que no se supiera la canción como tal, pero desde niña la cantaba con su propia letra, y ésa era la que contaba.

Xanadu… —canturreó también Alex.

Xana… —Nick se interrumpió—. Oye, que el tío tampoco está mal, ¿eh?

—Para nada. Todos llevan el look de los primeros ochenta al extremo. No es que me guste, pero al menos podías llevar el pelo cardado sin que nadie te dijese pelo-escoba. A veces creo que nací en la época incorrecta.

—Sí, yo también —convino Nick, y se pasó los dedos por un lacio mechón—. Aunque lo habría pasado de pena si me tengo que cardar estos pelos. Ya no se rizan allá esté seis horas con la tenaza. Pero oye, la ropa que llevan mola un huevo. A mí no me parece hortera.

Alex sonrió ligeramente.

—Yo a ella la conocí por Grease. Y me fastidió un montón que no saliese en Grease 2, porque me había comprado el vídeo pirata sólo para verla. Michelle Pfeiffer no es lo mismo.

—¿Que no? —se burló Nick—. Es todavía mejor. Oye… ¡conoces Grease 2! No conozco a nadie que le guste.

—Pues tiene un par de canciones que merecen toda la película.

—¡Hostia! La que cantan en el aula, ¿a que sí? —Nick se puso en pie de la excitación—. ¡Reproduction o como se diga! La del sexo.

—¡Sí, sí, esa! —Alex se levantó también—. Y la otra, cuando él quiere llevarse al huerto a la chica y la mete en el refugio a prueba de comunistas —se llevó la mano a la sien en postura militar—. Let’s do it for your country, the red, white and the blue

—¡Let’s do it for your country! —gritó Nick, encantada. Paró el vídeo—. No te lo vas a creer, pero me están entrando unas ganas tremendas de verla.

—Te la traería, pero es que mi vídeo viejo se la comió.

—Si yo también la tengo.

—¿En serio? —los ojos azules de Alex brillaron.

—Sí. Bueno —Nick carraspeó—. Tenemos vídeo comunitario y a veces me grabo pelis. No sé por qué, pero echan un montón de musicales. Debemos de tener algún vecino que le gusten.

—¿Vi…? —Alex se atragantó—. A mí es que me encantan los musicales desde siempre. No tenía ni idea de que tú… Mi amigo Jorge siempre se ríe de mí. Y una vez intenté decirle a Cheli que una de mis películas favoritas era Hair y casi se muere del susto. Bueno, no se murió porque no se acordaba bien de cuál era.

—Te entiendo —contestó Nick—. A mí no se me ocurriría contarle a nadie que programo el vídeo para grabar estas cosas. Pero es que tía, es que a mí también me encantan. Hair, la de los jipis, es una peli de putísima madre. Y tiene una calidad y un, un… —Nick hizo un gesto. Las palabras eran difíciles—. Un mensaje, que no tienen muchas de las pelis de hoy.

—Un mensaje… —dijo Alex en tono soñador—. Supongo que todas lo pretenden transmitir, aunque no logro vérselo a películas como Dirty Dancing. Pero es agradable de ver y de oír.

Nick estuvo a punto de pegar un grito. Agarró a Alex de la mano y la arrastró hasta el armario más bajo del mueble del salón.

—Mira —dijo, y lo abrió.

—Oh, Dios —Alex se echó sobre las cintas de vídeo—. ¡Un americano en París! ¡Si esta es del año catapum! ¡Nashville! ¡Tienes Nashville! ¡Y Alta sociedad! Y My Fair Lady, y Fama, y… —pareció que se iba a echar a llorar—. Y Fiebre del sábado noche

—Y Dirty Dancing —Nick sacó la cinta de su sitio—. ¿Quieres verla?

Alex miró a Nick con incredulidad.

—Tengo un problema contigo —confesó—. Quiero decir, no. Contigo no. Tengo un problema con mi imagen de ti. Confieso que hace unos minutos la Nick con la que hablaba me parecía muy diferente a la de ahora.

—Yo soy la misma —Nick se encogió de hombros—. Eres tú la que eres una caja de sorpresas. Vas por ahí toda… —Nick se mordió la lengua—, en fin, con esas pintas y esa música, y luego dices que te mola este rollo. No sé.

Nick se sintió súbitamente insegura. ¿Y si ahora ya no le gusto? Para una tía que me hablaba de sentimientos y de destinos y todas esas polladas, que estaba que no cagaba por mí. He hecho una gilipollez. Mejor cierro esto y dejo de enseñar tonterías a la peña así por la cara, que no me extraña que crean que estoy loca. Pero entonces Alex se sentó y la miró tan seriamente, y tan de cerca, que Nick se mareó un poco.

—Nick.

—Ep —balbuceó Nick—. ¿Qué pasa?

—No me importa tu pasado —dijo Alex—. No me importan los ex novios que hayas tenido, siempre que sigan siendo eso. Tampoco me importa el rollo…, mal rollo…, que hayamos tenido antes de ahora mismo —Nick tragó saliva—. Me gustaría dejar todo eso atrás. ¿Te importa si hago como que este beso es el primero?

—Eh…

Pero Alex no le ofreció oportunidad de considerar la oferta, porque le puso la mano en la nuca y Nick puso la mano y sus nalgas en el suelo. Sí, había hecho lo que había amenazado con hacer, pero sorprendentemente, a Nick no le importó. Incluso fue ella la que hundió las manos en el pelo y la espalda de Alex y tiró de ella para profundizar en el beso.

Entonces supo que la magia estaba dentro de sí misma. Porque era mucha casualidad que el Richi y la Alex tuviesen en común eso de poder arrugarle el estómago con un beso, que con Richi había sido el primero, pero con Alex estaba siendo solo en ese momento. Y podría decir que estaba colocada, con Richi por lo que llevaba encima y por su intoxicante sonrisa y a lo mejor por todo lo que llevaba él en los bolsillos, que te dejaba mala de sólo aspirar los vapores o cosa así, y con Alex porque, bueno, le estaba tocando un —no pensar mal— tema delicado que nunca había compartido con nadie, no ya el asunto de las tías, sino simplemente de Olivia en Xanadu y pensar que estaba buenísima y, mejor aún, que la ropa que llevaban era cojonuda. Alex era cojonuda. Nick era cojonuda. Y, estaba claro, Nick estaba predestinada a volverse un poco loca por alguien que supiese ver lo cojonuda que era. Tan loca como para apretar la cara de la tía en cuestión contra la suya, tirar de ella hasta tumbarse contra el suelo y echarle los brazos encima.

En esa postura se encontraba cuando escuchó un ruido herrumbroso en la puerta, después un chirrido y, por último, una voz que cayó sobre ella como un cubo de agua fría. No puede ser.

—¿Verónica?

——

Y hasta aquí lo que se daba, al menos de momento. ¿Te gusta? ¿Te emociona? ¿Te repugna? ¿Te interesa, aunque sea por una curiosidad inexplicable? Contáctame y te enviaré la propuesta editorial en PDF y/o la novela completa.
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Acerca de Rain Michael

El numen cacumen detrás de RainMichael.Com. Esa que es artista, cuentista, partidista y un montón de cosas más que acaban en -ista. La autora de Un pavo rosa, Las chicas de Gaylands y demás novelas sobre chicas adolescentes que hablan mucho, piensan un poco y suelen querer irse a la cama unas con otras. Lee más sobre mí aquí o contáctame. No muerdo... salvo si me lo piden.
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