Usar la rabia

Hace mucho tiempo que no escribo aquí y no tendría sentido enumerar las razones que me han mantenido apartada de este blog: son muchas. Estoy en otras cosas, eso es todo. Supongo que con el NaNoWriMo de este año volveré a poner entradas como una posesa, pero de momento solo quería hablar de un sentimiento con el que me he levantado esta mañana y que me ha hecho pensar: menos mal que existe la escritura, menos mal que existe la cultura, porque sin ellas todo sería una mierda.

Hablo de la rabia.

No sé cómo sentís vosotros el mundo. Así en general, yo soy un poco bruta con mis emociones. Es curioso, porque la gente me considera a veces una persona tranquila (!) e incluso paciente (?!). No soy ni lo uno ni lo otro y, si hiciéramos una lista de pecados capitales, estoy segura de que para mí en el número 2 (el 1 ya sabéis para qué es) estaría la ira. Gula, pereza, soberbia, sí, por supuesto: eso todos. Pero a mí lo que me corrompe es esa emoción que se origina en el estómago, se extiende por todo el cuerpo y te hace temblar, llorar, odiar (a veces incluso cuando amas), gritar; de enfado, de tristeza, de frustración, de dolor, de ansia por algo a veces inconcreto; eso que te sacude, que te cabrea, que te vence pero no del todo. Eso es lo que yo llamo la rabia.

Mi rabia no me hace ser una persona violenta. En realidad, soy bastante pacífica de puertas para fuera y creo que el mundo sería un lugar muy, muy feo si todos ventilásemos nuestra rabia en forma de puñetazo en la nariz de la persona que nos molestase en ese momento. El problema es que a veces hay mucha rabia que ventilar. El mundo es un lugar bastante bonito, pero también bastante cabrón. Ocurren las mayores injusticias personales y sociales sin que aparentemente nadie pueda evitarlo. De pronto llega la muerte y se lleva a un ser querido. De pronto hay alguien a quien quieres pero vuestra relación no deja de ser una mierda. De pronto a una persona que aprecias le hacen daño y no entiendes por qué le han hecho daño. De pronto tu trabajo es una miseria, si es que lo tienes, y sabes que quien más la chupe será quien obtenga los beneficios. De pronto no entiendes, pero sientes dolor. Eres consciente de las limitaciones y te joden las injusticias; o lo que tú crees que son injusticias, porque la vida es la vida y simplemente sucede, el concepto de justicia nos lo hemos inventado nosotros.

Hay personas que destilan su rabia de muchas maneras. Muchos simplemente esperan a que la rabia se diluya; no todo el mundo puede mantener un nivel de emociones tan intenso todo el rato. Hay otros que las racionalizan y se explican los hechos de manera que solo cabe la aceptación serena. Muchos se refugian en la insensibilidad o el pesimismo para lidiar con este tipo de sentimientos. Hay gente que, por supuesto, deja salir la rabia de forma violenta y, por último, están los que tratan de usarla.

A mí la paz mental se me escapa y, como creo en eso de que uno no puede estar pegando voces y dando bofetadas en cuanto uno se siente jodido, tiendo a quedarme callada. No es una gran idea para una persona emotiva. Al final la rabia encuentra su salida y suele ser de una forma poco civilizada. No soy amable ni inteligente cuando actúo movida por la rabia; y digo rabia y no odio, ni venganza, ni nada parecido, porque para mí es un sentimiento primario y caliente, siempre caliente: burbujeante. Yo no odio, me cabreo. Con mi pareja. Con mi jefe. Con mi familia. Conmigo; muy a menudo, conmigo.

La escritura es para mí una de las mejores maneras de dejar salir la rabia. Ya no hablo siquiera de canalizarla, porque tampoco lo considero un único canal. Uno es un escritor rabioso y punto. Se sienta y rabia escribiendo. Sufre escribiendo. Escribe sobre lo jodido, sobre lo que duele, sobre el dedo en la llaga: eso que hemos oído que ha pasado y que es una mierda; eso que nos han hecho y que es una mierda; eso que hemos hecho y que ha sido una mierda. También escribe sobre lo que despierta curiosidad y reflexión, por supuesto, pero para mí, una de las emociones principales, lo que realmente me mueve de un párrafo a otro, es la rabia. Esas bofetadas que no pegaré. Esas injusticias que no puedo solucionar. Eso que hace daño y a lo que no puedo enfrentarme.

No me pago un psicoterapeuta. No puedo sentarme y meditar para distanciarme. Y mi terapia, lo que mejor me funciona, es usar la rabia.

¿Y a vosotros?

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Uno

Últimamente ando leyendo libros de relatos. Los que decimos que escribimos solemos leer (aunque, como siempre, la gente dice más que hace), pero en ocasiones pecamos de escasez de variedad. La mayoría de escritores de narrativa lee novelas. Eso está muy bien porque la mayoría escribe novelas, pero ¿qué hay del ensayo, la poesía o el relato corto? ¿Debemos desdeñar los demás géneros, casi todos más antiguos que la novela, solo porque nuestra escritura se centra solo en uno de ellos?

El relato (también llamado cuento, aunque la sinonimia es discutible) es un género con muchísimos años a sus espaldas y, en su vertiente oral, puede decirse que ha existido siempre. Narro, luego existo. Pocos escritores de narrativa se lanzan directamente a la escritura de una novela; la mayoría comienza escribiendo relatos. Suponen un terreno controlado para la experimentación, márgenes que estirar y que contraer; diálogos (acotados) que mejorar; una descripción muy concreta que aligerar o información que dar en otro momento. Se entiende que son “más sencillos” que escribir una novela, aunque en realidad lo que pasa es que llevan menos tiempo. Una novela implica meses (¡y a veces años!) de desesperación, cuando un relato corto, si queremos, se puede completar en un par de horas (breve) o un fin de semana (más largo).

La sensación que produce un buen relato es de perfección. Es similar a un pequeño cuadro donde todo está donde tiene que estar. No es un enorme lienzo con una gran cantidad de personas representadas, como puede ser una novela; no tiene tiempo ni espacio para serlo. Un buen relato implica perfilar con el más fino de los pinceles hasta el último lugar. Mientras que una novela puede tener pasajes menos interesantes, capítulos donde se abunda en el pasado de los personajes, etc., el relato no puede consentirse semejantes digresiones. Es directo y va al grano. No es que lo diga todo “corto”; es que solo cuenta lo que tiene que contar.

En ocasiones he leído que un relato solo puede narrar UNA cosa. Un cambio de estado. Una acción y una reacción. Aunque los escritores expertos pueden negar esto, para los aprendices y los que sufrimos de sobreabundancia creativa es una restricción bastante útil. Un aspecto, un tema, un dilema: uno. Y aun así, se nos va: el tema era X, pero de pronto nos encontramos hablando de Y; y el tema sigue siendo X, pero hay una escena que trata de X+1, y… Hace falta una persona que entienda la auténtica técnica del relato para que te ponga la mano gentilmente sobre esos dedos que aporrean el teclado y te diga: “mira, un secreto. No se trata de resumir. Solo tienes que ver que X era el tema del relato”. Entonces lo ves claro…, claro.

Mi relación con los relatos es casual. Tenemos cierta amistad desde hace mucho tiempo, pero más del colegueo de quienes se van de fiesta que del resultado de una auténtica comunicación. Creo que se piensan que los encuentro demasiado leves (sobre todo a los más breves, como los minirrelatos, y para qué hablar de los “micro”) y ellos consideran que yo hablo demasiado. En realidad, les tengo mucho respeto… porque expresan cosas que yo no suelo saber decir en ese espacio y tiempo. A veces, cuando leo relatos de otras personas (novelistas), pienso: está bien, pero más que un relato, esto es el comienzo de una novela.

Mi gran intento con los relatos, además de la fanfiction, es Las chicas de Gaylands; y sé de sobra que algunos pierden su casto nombre

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¡Música, maestro!

- Un pavo rosa tiene su propia banda sonora no original con artistas noventeros como Garbage, Gala, Bis, Courtney Love, etc. Muchas de estas canciones aparecen como tal en la historia. Una que no está incluida pero que para mí reune buena parte de su esencia, es Oooh… Aaah… Just a Little Bit, de Gina G. Si no me falla la memoria, fue a Eurovisión en 1996.

- Aunque El último verano fue mi punto de partida para conocer la música británica de los cuarenta y cincuenta (gracias a él me compré CD como The Great British Experience), no siempre escucho música de esa época cuando lo escribo. En realidad, tengo predilección por los ochenta y Bonnie Tyler. Una de las canciones que más me recuerdan a él, por lo kitsch y dramática y por la letra, es Total Eclipse of the Heart. Sí, ya sé que la vida nunca ha sido la misma desde esa versión literal del vídeo.

- A Ilustania le va bien el heavy. Las veces que la he escrito, me ha gustado escuchar a Stratovarius y Avantasia. La canción The Seven Angels (“we are the Seven, judgement of Heaven…”) le va al pelo a las escenas de batallas.

- No tengo ninguna preferencia musical para Las chicas de Gaylands. Será porque no son historias muy musicales. Aunque hay una historia que avanza en el tiempo e incluye a los hijos de Sarah bailando como posesos You think you’re a man, de The Vaselines, mientras su madre los mira y trata de averiguar qué error ha cometido.

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La gestación de una novela (IV): los personajes, parte 2

¿Recordáis la entrada de la semana pasada, Los personajes: parte 1? Bien, esta es la segunda parte. En ella me voy a referir a distintas perspectivas sobre la creación de personajes de novela. Entraré en terrenos que exceden el mero tratamiento de los personajes y que se refieren al estilo personal del autor y su forma de abordar la creación literaria. Me convence menos que la anterior, pero había dicho que la publicaría y quiero cumplir con mi palabra. ;)

La voz del personaje

En la entrada anterior me referí a los personajes que se parecen mucho, sospechosamente, a sus creadores. Hay algo que los escritores desarrollan con el tiempo que se llama su voz personal. No solo me refiero al estilo. Un escritor puede aplicar estilos distintos a novelas diferentes (de hecho, un buen escritor sabrá ser versátil), pero siempre habrá un “sello” o esencia común: una forma de expresarse, de usar las palabras, de dividir párrafos y acciones, de distribuir y comentar la información… que será inherente al autor. Cuando leemos el libro, sentimos que alguien nos lo está “contando” y su voz es la voz del escritor.

Ahora bien: ¿eso quiere decir que mis personajes deben hablar como yo (en los diálogos) o pensar como yo (en lo que denominamos, de forma muy laxa y genérica, “monólogo interior”)?

La mayoría de teóricos os dirán que no, por supuesto: cada personaje es diferente. Pero esa es la teoría. En la práctica, entre la voz del autor y la de sus personajes hay una especie de equilibrio inestable. Hay escritores con una voz extremadamente potente, que casi siempre silencia la de sus personajes. Suelen ser personas muy ingeniosas, enérgicas y convincentes. Muchos de ellos son capaces de crear personajes bastante distintos, pero curiosamente (o no tanto) todos hablan, piensan, incluso reaccionan… de manera parecida. Un ejemplo claro es para mí Chuck Palahniuk, el autor de El club de la lucha, o Lucía Etxebarria.

Aquí entramos en un terreno pantanoso. Por una parte, es muy difícil modular esta voz de forma que cambie con cada personaje. Además, ¿por qué habría que hacerlo? ¿No es cierto que en muchos casos estas voces son maduras, personales y alabadas por la crítica? Muchos personajes de Poe hablan con la misma voz, y Poe era un genio, ¿no es así?

Yo tengo mis propios pensamientos al respecto, aunque no son terminantes. Al no ser una autora visual, mi especialidad son las voces. Cuando escribo, me motiva muchísimo escuchar las voces de los personajes e interiorizarlas, intentar pensar, sentir y hablar como ellos. No siempre represento las escenas visualmente, pero las escucho. Cuando leo, me encanta encontrarme con voces distintivas y distintas en el mismo texto.

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La gestación de una novela (III): los personajes, parte 1

Ya tienes pensado el argumento y los temas principales de tu novela. Lo habitual es que en este momento andes como una moto, pensando que tu historia es buena que lo flipas, ingeniosa, innovadora y todas las bondades que se te ocurran; que es lo mejor que se te ha ocurrido; que podría ser incluso lo mejor que se ha publicado nunca, pero como decir esto en alto es muy vergonzoso, te callas. Esta sobredosis de adrenalina es normal. Si no la pasásemos, no podríamos sobrellevar los momentos en los que nos sentimos la escoria de la literatura al tratar de llevar estas grandes ideas al papel (o a la pantalla). Pero no nos adelantemos.

Probablemente en esta fase pienses mucho en esos seres que te acompañarán desde el principio hasta el final de tu novela. Me refiero a los personajes. Casi sin quererlo, estarás añadiendo detalles a su aspecto físico y pensando en más rasgos que definan su personalidad. Haces bien: para muchos autores, los personajes son la piedra angular de la novela. Para muchos lectores, suponen la diferencia entre una historia vulgar y un libro que no pueden dejar de leer.

Voy, pues, a hacer un inciso en nuestra “gestación” y hablar sobre la etapa de creación de personajes. Intentaré ceñirme a cómo los definimos al principio y no a cómo realmente se plasman nuestros esfuerzos una vez hemos entrado en materia. Aunque me he contenido, esta entrada ha salido tan gargantuesca y pantagruélica que voy a dividirla en dos: en esta primera parte me centraré en los protagonistas y en la segunda (que llegará la semana que viene) hablaré de tipos de historias, voces y definición de los personajes. Me referiré ocasionalmente a la historia de ejemplo de la entrada anterior en la serie, II: el argumento.

En realidad, el tratamiento de personajes es un tema muy complejo y requeriría muchas entradas como esta, una preparación mayor y conocimientos superiores. Si os interesa, os recomiendo comprar libros específicos, por ejemplo, Cómo crear personajes inolvidables, de la ya mencionada Linda Seger.

Protagonistas, secundarios, episódicos

En una historia, no todos los personajes tienen el mismo peso y deberíamos determinar “de quién” es en realidad esa historia. Una forma tradicional de clasificar a los personajes (en el teatro, en el cine, en la televisión) es valorar su importancia en la trama y cotejarla con el tiempo que solemos pasar con ellos.

Así, tenemos:

  • Protagonista(s): son los personajes que “llevan” el peso de la historia. Con frecuencia nos movemos con ellos y vemos el universo a través de sus ojos. Sus problemas y objetivos son los conflictos principales de la historia; sin ellos, no habría novela.
  • Principales: son personajes con los que pasamos mucho tiempo y que son vitales para la trama, pero no suponen la referencia de la historia, el personaje del que estamos más cerca. Con frecuencia son los antagonistas o los amores, según el tipo de novela.
  • Secundarios: son personajes que realizan un papel más o menos importante, pero no crucial. Con frecuencia son los amigos, los mentores, la familia, etc. Si los extirpásemos de la novela, tendríamos que rellenar su ausencia con otra cosa, pero la novela podría seguir “viviendo” sin ellos.
  • Recurrentes: son personajes que aparecen con cierta frecuencia en la novela, pero no tienen un papel definido. A menudo se usan como recurso cómico o marco de referencia. Son jefes, amigos o antagonistas menores, compañeros de trabajo o de escuela, etc.
  • Episódicos: son personajes que aparecen de forma esporádica (una o dos veces) y que generalmente realizan una sola función concreta en la escena.

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Annie On My Mind, de Nancy Garden

Annie On My Mind, de Nancy GardenHay novelas que han pasado a la historia por la maestría con la que abordan un tema concreto, y novelas que lo han hecho por el corazón con el que fueron escritas. En cuanto leí las primeras páginas de Annie On My Mind (1982), una de las primeras novelas lésbicas para y sobre adolescentes (o, si lo preferís, una de las primeras novelas juveniles de temática lésbica), supe que pertenecía a esta última categoría. Despojada de añadidos, es un bonito cuento de amor en la Nueva York de los años 80. Describe una situación que no es real, pero que se siente como tal y que conmueve al lector hasta la última fibra de su cuerpo.

Exactamente como sucede con El pozo de la soledad, Annie no destaca por su técnica literaria. Pero hay algo muy visceral en la novela que llama a la identificación; todos esos pensamientos; todas esas sensaciones… Mientras la leía, una y otra vez me encontraba pensando: “esto es lo que yo habría escrito con catorce años (si no me hubiera pervertido demasiado pronto)“, “esto es lo que me habría encantado leer con catorce años”, “esto es justo lo que a mí me pasaba con catorce años”. Las protagonistas de la novela tienen diecisiete, pero yo fijé claramente mi punto de identificación en mi primera adolescencia. Ese oh, Dios mío, creo que me gustan las chicas. Oh, Dios mío, creo que me gusta esta chica. ¿Y ahora qué? ¿Y si me gusta esta chica quiere decir que soy lesbiana? Oh, Dios mío, creo que ella me corresponde. ¿No estaré mezclando cosas? Oh, Dios mío, creo que me estoy identificando demasiado con Lisa…

¡Y claro que me identifico con Lisa, caray! Annie Kenyon está descrita como la novia perfecta. Es lista, imaginativa, sensible, detallista; te habla en italiano en susurros; parece fuera de su época y su mundo, y está locamente enamorada de la protagonista, cuya función principal es Ser Protagonista. La historia es una novela para adolescentes, pero el fondo cumple todas las características del romance más clásico. ¿A quién no le gustaría que una Annie Kenyon se le hubiera acercado en esa época en la que nos sentíamos solas contra el mundo?

It was like a war inside me; I couldn’t even recognize all the sides. There was one that said, ‘No, this is wrong; you know it’s wrong and bad and sinful,’ and there was another that said, ‘Nothing has ever felt so right and natural and true and good,’ and another that said it was happening too fast, and another that just wanted to stop thinking altogether and fling my arms around Annie and hold her forever. There were other sides, too, but I couldn’t sort them out.

La novela se lee bien hoy día. De hecho, diría que si queréis leer UN clásico lésbico en vuestras vidas (desde la perspectiva de “voy a leer una novela que hable exclusivamente sobre el romance entre dos chicas”, porque novelas con bollerío, en realidad, hay muchas), os leáis este o El pozo de la soledad. No encontraréis nada más representativo. Mientras leía Annie, iban pasando por mi cabeza fragmentos de fanfics que he leído, historias que me han contado, relatos que escribí cuando era joven y enamoradiza, etc. Yo no había leído la novela en sí y estoy segura de que mucha otra gente tampoco; pero como ocurre con otros clásicos, su influencia se deja sentir detrás de cada esquina.

- Lo mejor: una pieza característica de una historia y un estilo que es casi un género en sí mismo. Una historia tierna y conmovedora con espacio para la anticipación, del tipo “¿¿pero se van a magrear ya o quéee??”.

- Lo peor: Annie y Lisa son tan morales y responsables para su edad que sobrepasan el límite de la credibilidad. No hay sorpresas y la historia tampoco sorprendería a nadie hoy día, aunque pasa el tiempo y, sorprendentemente, se siguen (y seguirán) publicando Annies.

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Marzo

En qué ando ahora, literariamente hablando:

- Imgrot y yo nos hemos impuesto una cierta disciplina laxa con objeto de terminar las novelas que más trabajo nos han dado en los últimos años. En mi caso, tengo varias para elegir… Fundamentalmente me he centrado en el Pavo, que es 1) la que más guerra ha dado y 2) la que más cerca está de una primera versión legible y completa. ¿Sabíais que, en realidad, solo me faltan por escribir unos cinco capítulos? Llevo tanto tiempo viendo la luz al final del túnel que no me lo voy a creer cuando por fin salga de él.

- Las semanas más laxas menos ocupadas de dicha disciplina me las paso puliendo historias de Las chicas de Gaylands (tengo grandes planes para una de ellas) o dando forma a futuros proyectos. La mayoría no quiero empezarlos ahora, por razones evidentes. Sin embargo, la semana pasada surgió en mi cabeza el bosquejo de una novela para adolescentes en tan solo 24 horas; había sido un impulso tan claro y concreto que tenía que escribir el primer capítulo, aunque solo fuese por ver si acertaba con la voz y el estilo. Ahora tengo que cambiar los nombres de dos de los personajes principales, porque son danesas y se llaman como dos de mis jefas. MALA idea.

- Leo un montón. Hace tiempo que no leía tanto. Había perdido la costumbre de sentarme con un libro y concentrarme durante horas. Esto tiene cierto efecto negativo en mis piernas, mi espalda y mi peso, pero espero contrarrestarlo con los viajes a los literarios terrenos de Gaylands y El último verano que he planeado para los próximos meses:


Ver Las rutas de El último verano en un mapa más grande

La verdad es que no sé por qué no he hecho esto antes, pero nunca es tarde para explorar la campiña inglesa. El mapa muestra la localización aproximada de Gaylands, Hartfield Island, la casa de Mary y sus hermanos y el colegio St. Catherine, entre otros. No he estado en ninguno de estos sitios, aunque todos estaban decididos desde la primera versión de la novela (me llevé una sorpresa cuando consideré cambiar uno de ellos y vi que el cambio era inviable por la falta de infraestructuras de transporte en 1957). Supongo que haré tres viajes, aunque no necesariamente siguiendo las mismas rutas a pie que mis personajes. Tengo muchas ganas de ver esos paisajes que he descrito sin conocer… :D

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Self-Editing for Fiction Writers, de Renni Browne y Dave King

Self-Editing for Fiction WritersEncontré este libro aproximadamente hace dos años, en una de mis fases de “quiero leer libros sobre cómo escribir”. Este tipo de libros son como los de autoayuda: hay de todo, para bien y para mal, y mucho de lo que se dice no son más que repeticiones. Hay mucho libro sobre escritura de guiones (porque, como ya sabemos, los guionistas son más dados a abrazar su uso de técnicas y convenciones narrativas), unos cuantos sobre cómo enfrentarse a la página en blanco (problema que no tengo ni he tenido nunca) y bastantes con recetas más o menos efectivas para volverse escritor de la noche a la mañana (demasiado genéricos para mí, me temo, y buena parte de lo que dicen ya lo tengo superado).

En su momento, yo buscaba sobre todo ejercicios y consejos para la escritura y reescritura de novelas. Ya sabemos que yo tengo un pequeño problema con eso de la reescritura y la revisión, que a veces me dificulta seguir adelante. Estaba un poco cansada con que me dijeran cómo tenía que ser una novela. Se empieza con consejos muy buenos acerca de los personajes, el conflicto, la acción, etc. y se acaba como Linda Seger, que en su momento me dejó perpleja al pontificar que no debíamos hacer a los personajes invertidos (homosexuales) protagonistas de nuestras historias, puesto que esto bloqueaba la identificación del público. (En su defensa diré que esto lo escribió en un libro de finales de los 80, pero aun así, creo que refleja la finísima línea entre asesoría narrativa y preferencia personal.)

Antes que eso, prefería leer acerca de los fallos que todos cometemos al crear nuestras propias historias. Y uno de los libros que compré fue precisamente este, que iba fundamentalmente sobre la revisión de novelas. Una de las críticas en Amazon lo calificaba como “the only fiction editing book you’ll need“, cosa que, supongo, me decidió a comprarlo. Y después de leerlo, no llegué al extremo de compartir esa opinión… pero me quedé sospechosamente cerca.

Ahora que he vuelto a hojear sus páginas, me reafirmo en las bondades de este libro para todos los que deseen darles una vuelta a sus escritos o, incluso, aplicarse el cuento antes de comenzar a escribir capítulos y escenas. Los autores consideran que uno de los capítulos básicos es el primero, Show and Tell, disponible aquí mismo de forma gratuita. Sin duda refleja la obsesión anglosajona con el mostrar antes que el contar, pero es una obsesión razonada y desde una perspectiva consciente de su momento y su época: no lo toman como una verdad inamovible y absoluta. El peligro de leer este tipo de libros escritos y pensados en inglés es, lógicamente, que no se puede establecer una equivalencia inmediata entre los patrones narrativos y literarios de una y otra cultura. Aun así, creo que Self-Editing for Fiction Writers es lo suficientemente bueno y flexible como para aplicarse a la ficción en español y a todos aquellos con un nivel medio-avanzado en la creación literaria. Recomiendo también los capítulos de Characterization and Exposition (cuánto, cuantísimo caigo yo en todo lo que ahí se describe), Proportion y Voice.

El libro también contiene muchos ejemplos y ejercicios (en inglés) sobre cada tema. Y una interesante corrección de El gran Gatsby (!) que nos sirve, a los fans de los libros de otras épocas, para darnos cuenta de la evolución de los gustos y por qué muchos libros de hoy parecen más “desnudos” que la prosa esponjosa de hace cincuenta años. Que en ocasiones sigue teniendo cabida, por supuesto.

- Lo mejor: consejos fundados y probados sobre distintos aspectos de una novela escrita o a medio escribir, ideales para los estudiosos rebeldes que aun así quieren mantener las características propias de su escritura.

- Lo peor: el equivalente en español no siempre es evidente, sobre todo con los capítulos dedicados al diálogo y al “sonido” del mismo. La perspectiva histórica existe, pero se echa de menos algo más de extensión sobre propuestas más atrevidas o innovadoras.

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La gestación de una novela (II): el argumento

Es hora de retomar esa interesante serie que había dejado colgada el año pasado con una de mis entregas favoritas: la creación del argumento de una novela.

¿Qué es?

El argumento (también llamado en otros ámbitos sinopsis, descripción, etc.) consiste, ni más ni menos, en contar la historia de principio a fin en pocas palabras (habitualmente de uno a cuatro párrafos), explicando “qué sucede” en ella. Vaya por delante que no todos los autores de novelas trabajan con un argumento fijado desde el principio. Añádase a esto que, con todo, la mayoría de los que escribimos tenemos una idea de lo que vamos a contar, aunque sea muy general y no siempre la hayamos plasmado.

Esta es una de las fases que más disfruto a la hora de desarrollar nuevas ideas. Yo soy lo que se llama una creativa ordenada, es decir, una persona moderadamente creativa a la que le gusta aplicar cierto orden (también moderado) a las historias que imagina. El argumento —que, en mi caso, todavía puede variar y pasar por distintas versiones— es una primera aproximación al orden en el caos. Y normalmente, se realiza en una fase en la que uno todavía bulle con la excitación de la idea y aún no ha sido aplastado por el tedio de los detalles o la cruda realidad de las incoherencias en el planteamiento.

Ejemplo de trabajo

Este es un ejemplo de argumento para una novela fantástica:

Versión breve:

El marítimo reino de Ansurbamtijonia* vive una larga época de guerra entre los seguidores del rey Midus y sus enemigos. Los jóvenes Phi y Zhu son hijos de la misma madre, una poderosa gorgona del Mar Boreal, pero Phi es también hijo del rey Midus y se ha criado a su lado. Phi y Zhu combaten en distintos bandos sin conocer sus lazos de sangre y, tras un enfrentamiento, se hacen enemigos acérrimos. Cuando por fin Phi descubre la verdad, toma la decisión de hablar con Zhu, pero la lucha ha ido demasiado lejos. Zhu lo destruye con sus poderes mágicos. Una vez muerto Phi, Zhu se da cuenta de lo que ha hecho y convoca una tormenta que aniquila a ambos bandos de combatientes, para acabar arrojándose él mismo al mar.

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Trimestre de otoño, de Antonia Forest

A algunos les da por morder picaportes o leer libros del siglo catapum y a mí me da por coleccionar libros de internados. Más específicamente, de internados femeninos y británicos, aunque tengo cierto conocimiento de la cara masculina de la moneda y algunas historias de otros países (Puck; Ulrike; mangas tipo Marimite, etc.).

Claro está, después de un tiempo te conoces a todas las autoras (porque la mayoría eran autoras, aunque no todas; y tampoco todas eran lesbianas, qué os vais a pensar) y llegas a la conclusión de que, efectivamente, Enid Blyton no era el mejor ejemplo del género, aunque sí uno de los más representativos. Pero ves que la despistada “Mademoiselle” ya aparece en los libros de Angela Brazil; que las amistades inquebrantables y escrupulosamente morales protagonizan las historias de L. T. Meade; y te ronda la cabeza una sensación de “been there, done that” que te hace pensar que, por mucho que te guste, hay que admitir que el género no tiene demasiadas novedades que ofrecer.

Hasta que vas y lees a Antonia Forest.

Resulta que servidora se compró la enciclopedia 1001 libros infantiles que hay que leer antes de crecer, así porque sí, porque me gusta comprarme libros gordísimos que no me caben en la maleta. (Pero tenía a Matilda en la portada: toda resistencia era fútil.) En dicho libro aparecía una reseña de Trimestre de otoño (Autumn Term), de la autora inglesa Antonia Forest (seudónimo) y publicado en 1948. Rain Michael se fija en el año y las tres colegialas dibujadas en la portada y se pregunta: ¿cómo es que yo no conozco este libro?

La respuesta es simple. Antonia Forest es una perfecta desconocida en el mundo hispano. En realidad, ni siquiera es tan conocida en el universo anglosajón, porque sus libros no entraban dentro de lo esperado del género de chicas en colegios internos que posteriormente crecen. Leí con mucho interés la reseña: decía que Trimestre de otoño estaba considerado distinto a todos las de su género. Suficiente para llevar a Rain Michael a amazon.co.uk y hacerle encargar el libro. Suelo leer una novela de internados a la vez que una o dos de otro tipo: mi práctica del “libro serio + libro de water” que tan buenos resultados me ha reportado hasta ahora.

Hoy ha llegado el libro. Voy por la página 49 y solo puedo decir una cosa: la reseña es escrupulosamente cierta. Trimestre de otoño es una novela de internados que no es como ninguna otra novela juvenil de internados que haya leído antes, y he leído muchas. Hay una maestría literaria muy, muy adulta en ella que la hace diferente. No solo eso: para una conocedora del género como yo, resulta, más que “realista” (como veo que la definen en otras páginas), aguda e irónica. Por ejemplo: las protagonistas, obviamente, tienen nombres extraños (y masculinos), pero el asunto, lejos de ser una mera llamada a la complicidad con la lectora, llama la atención… y no para bien:

‘(…) That’s Lawrence and I’m Nicola. Nicola Marlow.’

‘Well’, said the other girl. ‘I’m glad other people have odd names too. It makes me feel better.’ (…)

‘They’re not odd at all,’ said Nicola affronted.

‘Not odd,’ conceded the other girl, ‘but not ordinary. Not like Joan and Peggy and Betty.’

La primera profesora que sale no solo no es sensata y responsable, sino que odia a las habitualmente sensatas y responsables prefectas:

On principle, Miss Cromwell did not approve of prefects. She gave as her reasons that their duties interfered with scholarship work, and their so-called responsibilities made them conceited and altogether above themselves.

Esto es lo que responde la mejor amiga de las dos gemelas protagonistas (y, por tanto, un personaje “de los buenos”) cuando le dicen que, como es lógico, no querrá ser tratada de forma diferente solo porque su tía es la directora del colegio:

‘No’, said Tim tranquilly. ‘I want a lot of special privileges, actually. All I can get.’

Y esta es la descripción del té de la tarde:

You helped yourself and took your laden wooden tray over to the form table, laid cup and plate on the table and put the tray at the table’s end to be collected by the scurrying tea-monitresses who had their own meal when everyone else had finished. Occasionally there were accidents, when over-careful juniors collided with clumsy middle-schools, but Miss Keith, for some obscure reason of her own, appeared to think it valuable social training.

Las gemelas protagonistas, Nick y Lawrie Marlow, están lejísimos de ser los encantadores estereotipos que conocemos; son complejas, ariscas, oscuras. Llegan a su colegio con los mismos aires que las O’Sullivan en Santa Clara, pero creedme que no creo que aquí vaya a reconocer su valía ninguna jefa de deportes a los pocos días (aunque Lawrie tiene un cuelgue muy divertido con la suya, hasta el punto de es incapaz de hacer nada con ella delante). No estoy segura de si llegaré a leerme toda la saga (que la hay), pero por lo pronto, está siendo una experiencia interesantísima que recomiendo a cualquiera mínimamente interesado… a.

Lo mejor: Único en su género. Todo lo que leáis al respecto es verdad.

Lo peor: No creo que me hubiese gustado tanto cuando tenía once años.

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