Hace mucho tiempo que no escribo aquí y no tendría sentido enumerar las razones que me han mantenido apartada de este blog: son muchas. Estoy en otras cosas, eso es todo. Supongo que con el NaNoWriMo de este año volveré a poner entradas como una posesa, pero de momento solo quería hablar de un sentimiento con el que me he levantado esta mañana y que me ha hecho pensar: menos mal que existe la escritura, menos mal que existe la cultura, porque sin ellas todo sería una mierda.
Hablo de la rabia.
No sé cómo sentís vosotros el mundo. Así en general, yo soy un poco bruta con mis emociones. Es curioso, porque la gente me considera a veces una persona tranquila (!) e incluso paciente (?!). No soy ni lo uno ni lo otro y, si hiciéramos una lista de pecados capitales, estoy segura de que para mí en el número 2 (el 1 ya sabéis para qué es) estaría la ira. Gula, pereza, soberbia, sí, por supuesto: eso todos. Pero a mí lo que me corrompe es esa emoción que se origina en el estómago, se extiende por todo el cuerpo y te hace temblar, llorar, odiar (a veces incluso cuando amas), gritar; de enfado, de tristeza, de frustración, de dolor, de ansia por algo a veces inconcreto; eso que te sacude, que te cabrea, que te vence pero no del todo. Eso es lo que yo llamo la rabia.
Mi rabia no me hace ser una persona violenta. En realidad, soy bastante pacífica de puertas para fuera y creo que el mundo sería un lugar muy, muy feo si todos ventilásemos nuestra rabia en forma de puñetazo en la nariz de la persona que nos molestase en ese momento. El problema es que a veces hay mucha rabia que ventilar. El mundo es un lugar bastante bonito, pero también bastante cabrón. Ocurren las mayores injusticias personales y sociales sin que aparentemente nadie pueda evitarlo. De pronto llega la muerte y se lleva a un ser querido. De pronto hay alguien a quien quieres pero vuestra relación no deja de ser una mierda. De pronto a una persona que aprecias le hacen daño y no entiendes por qué le han hecho daño. De pronto tu trabajo es una miseria, si es que lo tienes, y sabes que quien más la chupe será quien obtenga los beneficios. De pronto no entiendes, pero sientes dolor. Eres consciente de las limitaciones y te joden las injusticias; o lo que tú crees que son injusticias, porque la vida es la vida y simplemente sucede, el concepto de justicia nos lo hemos inventado nosotros.
Hay personas que destilan su rabia de muchas maneras. Muchos simplemente esperan a que la rabia se diluya; no todo el mundo puede mantener un nivel de emociones tan intenso todo el rato. Hay otros que las racionalizan y se explican los hechos de manera que solo cabe la aceptación serena. Muchos se refugian en la insensibilidad o el pesimismo para lidiar con este tipo de sentimientos. Hay gente que, por supuesto, deja salir la rabia de forma violenta y, por último, están los que tratan de usarla.
A mí la paz mental se me escapa y, como creo en eso de que uno no puede estar pegando voces y dando bofetadas en cuanto uno se siente jodido, tiendo a quedarme callada. No es una gran idea para una persona emotiva. Al final la rabia encuentra su salida y suele ser de una forma poco civilizada. No soy amable ni inteligente cuando actúo movida por la rabia; y digo rabia y no odio, ni venganza, ni nada parecido, porque para mí es un sentimiento primario y caliente, siempre caliente: burbujeante. Yo no odio, me cabreo. Con mi pareja. Con mi jefe. Con mi familia. Conmigo; muy a menudo, conmigo.
La escritura es para mí una de las mejores maneras de dejar salir la rabia. Ya no hablo siquiera de canalizarla, porque tampoco lo considero un único canal. Uno es un escritor rabioso y punto. Se sienta y rabia escribiendo. Sufre escribiendo. Escribe sobre lo jodido, sobre lo que duele, sobre el dedo en la llaga: eso que hemos oído que ha pasado y que es una mierda; eso que nos han hecho y que es una mierda; eso que hemos hecho y que ha sido una mierda. También escribe sobre lo que despierta curiosidad y reflexión, por supuesto, pero para mí, una de las emociones principales, lo que realmente me mueve de un párrafo a otro, es la rabia. Esas bofetadas que no pegaré. Esas injusticias que no puedo solucionar. Eso que hace daño y a lo que no puedo enfrentarme.
No me pago un psicoterapeuta. No puedo sentarme y meditar para distanciarme. Y mi terapia, lo que mejor me funciona, es usar la rabia.
¿Y a vosotros?
Hay novelas que han pasado a la historia por la maestría con la que abordan un tema concreto, y novelas que lo han hecho por el corazón con el que fueron escritas. En cuanto leí las primeras páginas de
Encontré 
La respuesta es simple. Antonia Forest es una perfecta desconocida en el mundo hispano. En realidad, ni siquiera es tan conocida en el universo anglosajón, porque sus libros no entraban dentro de lo esperado del género de chicas en colegios internos que posteriormente crecen. Leí con mucho interés la reseña: decía que Trimestre de otoño estaba considerado distinto a todos las de su género. Suficiente para llevar a Rain Michael a amazon.co.uk y hacerle encargar el libro. Suelo leer una novela de internados a la vez que una o dos de otro tipo: mi práctica del “libro serio + libro de water” que tan buenos resultados me ha reportado hasta ahora.